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El placer de tener entre las manos un incunable o una obra de la que existen muy pocos ejemplares, el espectáculo de oler y contemplar miles de volúmenes intercalados en estanterías de piso a techo, los nombres más o menos familiares estampados en sus guardas, el aprecio por un tomo singular encuadernado a su gusto o grabado con su propia marca de fuego, son algunos de los motivos del bibliófilo, celoso amante del pasado, lector ávido, erudito y, sobre todo, defensor de la sabiduría que entraña el libro.