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Pedro J. Acuña

México, 1986

 

"Sólo escribo cuando tengo algo que decir. No me moriría si no vuelvo a escribir, pero me gusta y quisiera hacerlo toda la vida"

 

Nací el 23 de julio de 1986. Tres meses antes, el reactor 4 de Chernóbil explotó. Greenpeace estima que 270 mil casos de cáncer en el mundo serán atribuibles a este accidente. Como la mayoría de mi generación, moriré por causa de algún tumor. Me pregunto si el mío estará entre los radiactivos.

Mi madre se alivió de mí en una ciudad del norte, Chihuahua, pero sólo estuve seis meses ahí (lo sigo poniendo en las fichas porque es verdad y porque me hace sentir más interesante). En realidad, crecí en Toluca hasta los 18. Estudié desde los seis en la misma escuela católica; sólo dos personas y yo nos llevamos una constancia tipo C “Trece años”; no supe cómo sentirme cuando pasé al podio a recoger ese papel y nos agradecieron a mí y a mis padres por la fidelidad a la institución: le había rogado a mis padres que me dejaran estudiar en una prepa pública. Después emigré al DF a estudiar filosofía en la UNAM y me dejé el cabello largo. Necio, pero ya con incipiente calvicie, estudié la maestría en filosofía en la misma universidad. Nunca he ejercido la filosofía (si es que se ejerce), pero seguramente buscaré hacer un doctorado en la misma disciplina.

Empecé a escribir a los trece y me aventuré con algunos cuentos durante la preparatoria; no conservo ningún material de esa época. Por mi nostalgia crónica, creo que es lo mejor que he escrito en mi vida. Durante la licenciatura me dediqué exclusivamente a leer filosofía (aunque no tanta y tampoco creo haber entendido demasiado). Empecé a escribir en serio en 2010, cuando frecuenté un taller de escritura creativa.
Estuve en la generación 2012-2014 de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el área de narrativa, y fui becario del Fonca Jóvenes Creadores 2014, en el área de cuento.
Mi primer libro se llama Metástasis McFly (Tierra Adentro, 2015) y gané el Premio Juan José Arreola 2016 con mi segundo libro, La compañía de las liendres.

Durante año y medio, tuve una columna sobre cine en la revista Tierra Adentro, Cine ex machina. He publicado cuentos en Registro.mx, Este país, F.I.L.M.E. Magazine, Icónica y Cuadrivio.  

Soy parte de Kinotecnia cineclub.

Fragmento de "Los asesinatos de octubre"

(Acuña, Pedro J. La compañía de las liendres. México: Editorial Universitaria: Universidad de Guadalajara, 2016)

La cuenta oficial eran quince víctimas. Según el archivo de Gómez, iban más de treinta. El Ciudadano Universal no respondía muy bien al patrón de Ressler: metódico pero no predecible, el acomodo humorístico de los cuerpos era un esquema más que una marca personal. Algunos periódicos mostraban pudor y recortaban las fotografías de manera que no se notara. Gómez pugnó para que en el nuestro el encuadre se respetara siempre. Llevábamos semanas de portadas desternillantes y terribles.
En un mes, vendimos más que los cinco años anteriores juntos.

El teléfono de mi escritorio sonó.
—¿Viste las fotos? —dijo Elba.
—Sí.
Eran las dos de la mañana. Me había dejado las pruebas en el cuarto oscuro desde las diez de la noche.
—¿Ya lo sentiste? —preguntó.
—¿Qué?
—No sé. Tengo una sensación extraña cuando veo las fotos. Me da miedo ese cabrón.
—Estás cansada nada más.
Colgó. El cadáver, otro hombre caucásico, portaba su hígado hecho tiras como mutton chops. Sonreía y entrecerraba los ojos, cuencas vacías y negras.
Mi café tenía ceniza. Me di cuenta hasta el tercer trago.

Ver un riñón humano bajo la lluvia no es para estómagos ligeros. El asesino fue puntilloso. Mientras Elba disparaba, traté de seguir la descripción del perito.
“Individuo masculino, treinta y cinco aproximadamente. En posición genocubital, trauma craneal severo. La base de la espalda muestra dos lesiones ovoides profundas. Epidermis, dermis, grasa y músculo, retirados quirúrgicamente en esas dos lesiones. Un riñón ausente. El otro, externo. Con dos elementos de bonetería. Simulan ojos. Tiene una sonrisa dibujada con algún material de color amarillo; posiblemente marcador. No mames”. Me pareció necesario anotar la última parte.
El séptimo que nos tocaba en tres semanas.
Regresamos a la camioneta. Decidí apagar la onda corta y prender el fm. Necesitábamos silenciar el mundo un rato. Elba condujo con decencia. Nos atoramos en un inexplicable tráfico de media noche. Sonó un vals en el radio; se oía que la grabación era mala y vieja. Había más ruido que violines. Elba habló.
—¿Nunca quisiste ser astronauta?
—Todos los niños quieren eso. ¿Tú no?
—Tenía planeado estudiar ingeniería y luego irme a la Roscosmos, la NASA soviética. Pero mi papá no me dejó, así que me conformé con estudiar periodismo. Ahí me gustó la foto y me di cuenta de que era buena. Mi gran fotorreportaje iba a ser sobre Laika, el primer ser vivo fuera del planeta. Bueno, de éste por lo menos. Laika era callejera, un ingeniero de la RKA la encontró recién nacida junto a sus hermanos en el frío de Leningrado. La llamó Kudryavka; Laika es el nombre de la raza. El ingeniero la entrenó durante meses para ser el primer cosmonauta de la historia. A los pocos días se dieron cuenta de que nunca ladraba: creyeron que era muda. Los soviéticos planearon desde el principio que el Sputnik II no regresaría a la Tierra. Orbitaría y sería un ataúd espacial, un eco de información sobre los efectos de la microgravedad en un organismo vivo. El lanzamiento fue un 3 de noviembre. Una semana antes, el ingeniero llevó a Kudryavka a su casa. Le dio de comer estofado de papas y dejó que durmiera en la cama de sus hijos. La mujer le enseñó a dar la pata y le puso un apodo: Kurchavvy, “Rizadita”. Kudryavka murió por sobrecalentamiento minutos después de romper la atmósfera; u orbitó viva durante semanas, depende de quién cuente. Dicen que movió la cola cuando la subieron a la cabina del Sputnik II y ladró una vez, un ladrido corto y fuerte; luego se quedó quieta, con la vista fija en los controles.
—¿Para qué me cuentas esto?
—Con Gómez a veces platicaba de cosas así. Tal vez me siento como Kurchavvy: condenada a orbitar. Tal vez todos somos una perrita que morirá quemada en una cabina de uno por uno. Lo único que nos queda es una semana de cariño antes de lo inevitable.
Llegamos a mi departamento. Cuando abría la puerta del edificio, Elba gritó.
—Hoy es 27 de octubre.
Era el aniversario de la primera víctima del Ciudadano Universal y de la llegada de Laika a un hogar.

Otro asesinato: el cuerpo estaba acomodado como si hiciera yoga, boca arriba y con la espalda arqueada; sólo que éste no tenía genitales y su cabeza quedó en el cuarto contiguo.
Siempre pensé que la muerte era roja, que la sangre robaba el foco. O eso parece cuando uno ve fotografías comunes de asesinados. Pero las de Elba eran distintas; tienen una especie de intención oculta en sus encuadres y sus composiciones: son descuidadas, cortan los objetos como si fuera un trabajo de aficionado y no respeta las líneas naturales del entorno, pero eso hace que se muestren otras cosas.
Una de las fotos del cadáver yogui lo toma en picado a unos 45 grados; se aprecia el corte horizontal del cuello y las distintas capas: hueso, músculo, tendones y grasa. Grasa amarilla. Al morir, la piel humana pierde flexibilidad, se pega al cuerpo como si quisiera mantener la vida asfixiándola. Por eso, los cadáveres siempre parecen a punto de reventar. La piel se vuelve traslúcida y la grasa se asoma sin timidez desde el interior. La sangre se seca, pasa del rojo al negro y se pierde en el fondo. El amarillo nunca desaparece, se abrillanta con el tiempo.
Eso es la muerte: un lago de cuerpos amarillos.