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Arnoldo Gálvez Suárez

Guatemala, 1982

 

"Escribo para vivir vidas posibles y dialogar con vivos y muertos. Escribo sobre barquitos de papel en la cresta de un tsunami"

 

Escritor de ficción, y a veces de no ficción. Nací en Guatemala en 1982. El año de Blade Runner. El año de The Wall. El año en que el general Ríos Montt, nuestro dictador carnicero por antonomasia, se sentó en la silla presidencial.

En la adolescencia borroneaba poemas, como hacen los adolescentes para curarse de la tristeza o del aburrimiento. A lo mejor la escritura no es más que un gesto adolescente, y si seguimos escribiendo quizá sea porque nunca nos llegó la adultez; porque nunca superamos la rebeldía, el malestar; porque creemos, como los adolescentes, que si le damos cancha a la imaginación, las cosas pueden ser de otro modo.

Durante mi primer año de universidad (estudiaba comunicación, la carrera predilecta de quienes no sabíamos qué diablos hacer con nuestras vidas), leí casi al mismo tiempo el Pedro Páramo, de Rulfo, y las Crónicas marcianas, de Bradbury. No había llegado a la mitad del segundo cuando terminé mi primer cuento. No sé qué tengan en común Rulfo y Bradbury, Juan Preciado y el capitán John Black, a lo mejor mucho más de lo que en principio aparentan. Lo que sí sé es que sembraron en mí el deseo definitivo de leer y de escribir ficciones, y desde entonces, hermosos santos laicos, les pongo sus veladoras.

Poco después me puse a trabajar. Trabajé tomando fotos. Trabajé en la televisión. Trabajé en un programa del gobierno que atendía a las víctimas de un huracán. Y de las muchas cosas que aprendí en esos primeros años, que me marcaron la conciencia como marcan los vaqueros a las reses, es que nuestra vida no transcurre sino en la intersección donde se encuentran lo individual y lo colectivo, el presente y la historia, y desde allí escribo, debajo de ese semáforo en amarillo intermitente.

He publicado el libro de cuentos La palabra cementerio (2013), y las novelas Los jueces (Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo en 2008) y Puente adentro (Premio BAM Letras en 2015). La primera es el relato de un barrio y de un grupo de vecinos que, de espaldas a la ley, deciden juzgar y castigar a un violador. La segunda es la historia de un padre y un hijo separados por un crimen y veinte años de silencio.

Fragmento de Puente adentro

(Arnoldo Gálvez Suárez Puente adentro. Guatemala, 1982 novela, FyG Editores, 2015)

Leo narra episodios de su vida. Episodios nocturnos, casi siempre ambiguos, en donde tipos rudos irrumpen en la oscura noche del Valle de San Fernando ostentando toda suerte de cicatrices, mujeres de piel pálida y pezones negros separan sus muslos en un motel ruinoso en las afueras de El Paso, un hombre herido en el vientre se derrumba junto al dispensador de gasolina de una vieja estación de servicio en Tulsa. Con su voz como surgida de las profundidades de un pozo, esa misma voz que luego imita a la de Mick Jagger, con calma y rigor y solemnidad, como un médico que diagnostica cáncer terminal diez veces en un día, Leo nos habla de una prostituta adolescente que se le escapó de los dedos y desapareció corriendo carretera adentro. Se la tragó la noche, dice y luego nos ilustra: porque la carretera es el esófago de la noche. O nos habla de un líder del sindicato de estibadores del puerto de Nueva York que se abalanzó sobre él empuñando un cuchillo de carnicero. ¿Y qué hiciste Leo? ¿Cómo te defendiste? Pero Leo nunca responde a nuestras preguntas. En cambio salta de una historia a otra. Salta, por ejemplo, de la historia de un misionero mexicano que tatuaba adolescentes pobres en la frontera de San Isidro (los adolescentes pedían calaveras, incomprensibles símbolos góticos, revólveres ensangrentados, y el misionero les decía que cerraran los ojos y en cambio les tatuaba crucifijos, leyendas bíblicas, rosarios) a la historia de un rastro en Hanford, California, en donde además de matar a las reses a balazos, una muchacha salvadoreña les chupaba la verga a los capataces para que no la denunciaran con la migra.

***

Había muerto el conquistador, el adelantado, el rubio Tonatiuh, el hombre-sol torturador de indios detrás de cuyos talones se abren zanjas en la tierra, se producen masacres y traiciones. ¿Lo mataron los hombres? No. ¿Lo mataron en venganza los hijos de sus víctimas? Tampoco. Murió en combate, eso sí, pero no asediado por las lanzas de los chichimecas sino arrollado por el caballo de uno de sus propios hombres, un soldado imbécil que no sabía cabalgar. El profesor de historia piensa y luego dice: Fíjense cómo interviene la suerte, y en el mismo instante se avergüenza de lo dicho, incluso de lo pensado. ¿Qué dirían sus materialistas colegas si lo escucharan? ¿Qué dirían en el departamento de Historia? Algunas semanas después Doña Beatriz de la Cueva recibió la noticia de la muerte de su marido. Enviudó, la pobre, la desdichada, la sinventura, apenas un año después de haber sustituido a su hermana como mujer del Adelantado. Entonces se encerró a llorar. Los criados de la casona de piedra escuchaban su llanto día y noche, sus gimoteos infantiles cuando caía el sol, sus alaridos al amanecer. Y mientras ella lloraba, afuera, detrás de los poderosos muros de su casa, comenzó a llover

***

Piensa: qué fácil es producir un ser humano, casi tan fácil como matarlo. Si no fuera porque hace un año a su esposa le removieron la matriz en el hospital del seguro social, ese escupitajo blanco, autómata, zombi, nacido de la frustración o del aburrimiento o del miedo, que anoche le dejó ir adentro, habría bastado para engendrar un nuevo hijo. Con todo lo que la existencia de un solo ser humano implica, ¿no debería la naturaleza exigir un protocolo mayor, un procedimiento más imbricado para producirlo? Piensa: qué iba a saber la naturaleza, para ella éramos solo una especie más luchando por la supervivencia. Cómo podía la naturaleza anticipar que esos monos que comenzaban a bajar de los árboles acabarían convertidos en esto. Piensa: o quizá el que sea tan fácil que un ser humano aparezca sobre la tierra, quizá el hecho de que la naturaleza exija tan poco para propiciar su existencia, y quizá también el hecho de que sea tan fácil morir, desaparecer, dejar de respirar, no sea más que un recordatorio de nuestra futilidad. Bien visto, todos los argumentos que hemos esgrimido en favor de nuestra permanencia, como individuos y como especie, solo existen en el fantasioso interior de las paredes cóncavas de nuestras cabezas. ¿O acaso nos ven las moscas, las larvas, las jirafas, nuestras propias esclavizadas mascotas, y exclaman: oh el hombre, oh la civilización, oh la cultura, oh la tecnología? Piensa: cómo puedo yo, este cobarde, vacilante cuerpo lleno de dudas y de miedo, encabezar la evolución, ser el último eslabón ¿de qué cadena de accidentes y despropósitos?

***

Habla primero de un sótano, de una habitación de paredes crudas que hay en ese sótano. Separados por una mesa, el Capitán está sentado delante de un hombre o, más bien, de la silueta de un hombre cuyo rostro se ilumina (se ilumina el bigote blanco, los anteojos) cada vez que se acerca el cigarrillo a la boca para chuparlo con ansiedad. Son largos los silencios entre una frase y la siguiente. Las palabras salen de la boca del hombre de bigote blanco al mismo tiempo que el humo. Su manera de hablar es confusa. Apenas conoce el español. Se nota que se esfuerza por darse a entender. Se nota que tal esfuerzo lo incomoda, lo pone de mal humor, y cada tanto voltea hacia otro hombre, otra silueta, parada detrás de él, que sí habla español y cuyo acento es familiar, para pedirle que le traduzca, por ejemplo, la palabra infiltration.

Infiltración, responde el que está de pie.

¿Just like that?, dice el de bigote blanco.

¿Y de qué habla el hombre de bigote blanco? Habla del Comunismo Internacional. Que el Comunismo Internacional esto, que el Comunismo Internacional lo otro, pero el Capitán, que entonces todavía no es Capitán sino Subteniente y que recién acaba de recibir el curso Kaibil, no le presta atención. Ante su incapacidad de seguirle el hilo, decide ponerse a pensar en otra cosa. Son solo palabras sueltas lo que escucha, frases, expresiones, nombres que ha escuchado hasta el cansancio: subversión, libro rojo, perro soviético, Fidel Castro, rata bolchevique, terrorismo.

¡El terror, dice el hombre soltando una bola de humo, es el arma!

El terror es el arma, repite el que está de pie.

No, rectifica el del bigote blanco, el terror no es el arma. El terror es el balón sobrevolando las ciento veinte yardas del… ¿cómo se dice the football field?