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Enza García

Venezuela, 1987

 

Exiliada en Netflix y HBO, Enza García Arreaza prefiere escribir con sus remordimientos a la mano. Su obra pretende construir un catálogo de distancias y monstruos sutiles

 

Nací en Puerto la Cruz, Venezuela, en 1987, año del conejo y de Joseph Brodsky. No he superado que me robaran mi telescopio a los doce años. Fui muy infeliz durante la educación básica porque no era bonita y quería libros, cosas que al parecer enfadaban a todo el mundo. Entre ingerir demasiado alprazolam y ganar un concurso de cuentos en España (VII Premio Literario Cuento contigo, Casa de América, 2004) logré que mis viejos me dejaran en paz: estudié lo que quise (Filosofía, UCV), obtuve otras distinciones (V Concurso para Autores Inéditos, Monte Ávila Editores, 2007; III Premio Nacional Universitario de Literatura, 2009), publiqué tres libros de cuentos (Cállate poco a poco, MAE, 2008; El bosque de los abedules, Equinoccio, 2010; Plegarias para un zorro, bid&co,  2012) y uno de poesía e ilustraciones (El animal intacto, Isla de Libros, 2015). Me he dedicado a escribir reportajes sobre la vida en mi país y a comparecer en antologías de diversas índoles. A través de Skype dicto un taller personalizado de «escritura creativa», aunque nunca me he sentido a gusto con esa expresión. Mi próximo libro tiene por título El genio del tiempo, pero uno siempre está a tiempo de cambiar de parecer. En mi blog alojado en Tumblr, ¡No limpies la ceniza!, hablo sobre libros, películas, recuerdos de infancia y decepciones políticas. Odio encontrarme en la necesidad de cobrarle la plata a mis editores, pero suele ser necesario tomar la iniciativa porque es de usanza cotidiana que todo el mundo espere que trabajes gratuitamente. Mi gato se llama Orhan (Pamuk) y es un gato feliz. Con la llegada de mi tercera década he dejado de esperar que la gente me quiera porque escribo, lo cual, sin duda, ha sido liberador. De modo que si sigo escribiendo es para convencerme a mí misma de que no es tan malo estar solo. También trabajo para ganarle al país, que a menudo amenaza con matarnos. Pueden encontrarme como @enzagarcia en Instagram y Twitter.

Fragmento de “Vistiendo a Matías”

(García Arreaza, Enza. Plegarias para un zorro.Venezuela: bid&co editor, 2012)

Los ratones nacen blancos y ciegos; luego el Señor los convierte en una plaga que nos quita la dignidad, se cagan por todas partes, se comen los bordes de los libros y los restos de pan. Por eso el tiempo de Dios es perfecto, pero es difícil entenderlo cuando la víctima es carne de nuestra carne. Estoy en la puerta de mi casa pensando en estas cosas, mientras los vecinos pasan y discuten sobre un viernes que nos sumió en la alta penuria. Dicen que Luis Herrera es inocente, que los chocolaticos canadienses tienen la culpa de haberle tapado el sistema cerebro-excrementicio. Pero ahora creo, y eso que soy un viejo ecuánime, que a veces el tiempo de Dios no es más que la máscara anciana y tribal de un locutor de las tinieblas: mi señora ya no es aquella carajita y ahora ha enloquecido.
                Muy pronto uno se acostumbra a sentir pena por las mujeres inmediatas: la madre mártir que vela por el destino o las hermanas mustias que alguien no quiso quedarse. Incluso podemos compadecernos de las hembras que uno mismo se merendó sin ponerse ceremonioso en las tardes calurosas. Entonces las mujeres se convierten en fantasmas iracundos, devoradoras de cunas y sus confortables adyacencias, abrelatas, basiliscos, quemarropa premeditada. Lo que no sabemos a ciencia cierta es si también es culpa nuestra que Dios no haya escuchado los ruegos de una nación. Pero con mi mujer era diferente; yo sentía mío como nada su cuerpo y sus circunstancias, y aquí eran dos las estocadas unánimes: una sangraba por fuera con precisión escandalosa, la otra se dedicaba a llover por dentro. Aquello era demasiado para una criatura doméstica porque sangre y lluvia siempre son amenazas para la guarida. En general, esta mañana en sepia no es para confiarse: las cosas quieren verse más antiguas de lo que son en realidad, y eso es como cuando algo diferente logra ponerse en el lugar de nuestro buen Señor. Miren que si el paganismo fuera todavía una cosa seria no tendríamos reparo ni templanza, y un viernes negro o morado sería lo menos alarmante.
                Desde de que nos dieron la noticia supe que nuestros puertos serían arrasados. Los de ella, en realidad. No acostumbro asentarme cerca del agua. Aunque el mar no es agua en el sentido estricto: no es agua lo que no quita la sed. Yo llegué tarde a su vida, mientras que un zorro se tragó la estrella para que este niño llegara más tarde que el resto de las cosas. Ella también había dejado de ser una niña y yo, por puro cansancio, me había acostumbrado al mar. Su cuerpo no aguantaría semejante clamor. La vida de las mariposas es tan breve. Pero era imposible deshacer el mandado. Cuando nos enteramos del embarazo era tarde. Hubiésemos tenido que sacarlo por pedacitos y él o ella no hubiera podido gritar. Ha de ser terrible, me lo digo esta mañana en sepia mientras me preparo para lo inevitable: te arrancan un pie, la pierna, las vísceras, y no puedes decir nada al respecto, ni siquiera sabes que te están dando santa muerte. Por eso decidimos jugar la partida contra todo pronóstico.
                Conocí a su madre hace treinta años en Caicara de Maturín, un 28 de diciembre durante las Fiestas del Mono. Venía de hacer un mal despacho con los ganaderos del lugar y también venía de enterrar a mi padre. Estaba cansado y quería olvidar lo inconmensurables que son los designios del Señor; necesitaba echarme unos palos de aguardiente, jugar una partida de truco o poner a una carajita a berrear en un cuarto mortecino y perderme en la acidez de sus membranas: jurar que la vida seguiría como siempre. Pero cuando llegué a la plaza me quedé tieso ante la aparición. Era una niña que todavía conservaba la pureza de nuestras pequeñas ciudades, pero debí saber que nada bueno vendría de una mujer conocida el Día de los Inocentes. Estaba en el centro del desfile. Me explico: un hombre se disfraza de mono y baila acalorado, mientras la gente se arremolina imitando la cola del animal. Ella estaba ahí, y al caer embestida por la fuerza del jolgorio, no pude evitar rescatarla. Solo era un juego que quería jugar. Pero no pude contenerme. Se trataba de una niña con el pelo largo y un vestido que exhibía sus hombros: de madre canaria, y con la correspondiente dosis indígena que la dotaba de una menudencia apetecible. La policía del Estado nos vigilaba pero todos queríamos celebrar el fin de año tranquilamente, acaso considerar que el tiempo de Dios era perfecto con solo creer, a pesar de que por una falla de origen, la mitad de las cosas que creíamos nunca urdían del todo la realidad. Yo era un hombre fuerte y podía ofrecerle cuanto pidiera: tenía una casa donde la luz entraba como potra hereje. Tenía para comprarle vestidos y zapatos. Podía educarla, ponerle la mantilla de las damas que nunca han jugado en el charco después de la garúa. Eran tiempos difíciles. El padre de Amalia era enemigo de Estrada. Eso no tenía claroscuros: al hombre se lo llevaron una noche y lo mandaron a Guasina. Amalia era la más joven. Ahora sus hermanas han muerto y ella está sola, llorando en una esquina del cuarto mientras las criadas la consuelan. Pasaron demasiadas noches antes de que pudiera darme un heredero: rituales indebidos, pócimas y oraciones, aunque no había por qué engañarse. El tiempo de Dios es perfecto en esa esfera de agua dibujada en la palma de Su mano; pero nuestro tiempo, frente al llanto de una mujer o la imagen de nuestro árbol preferido solo es un plagio de la realeza perdida. Estrada El Chacal se llevó al padre que pudo evitarlo. Tal vez no. Yo tenía tierras y podía comprarle vestidos. Yo era fuerte. ¿Cómo iban a negármela? Pude ser patrón de cualquier mujer de Caicara: parirme un hijo hubiera sido un privilegio. Pero Amalia se me metió por dentro y me llevó al mar. No confíes en la hembra del mar, dijo mi padre alguna vez. Él había perdido la cabeza por las mujeres que se iban a refrescar en la bahía de Pozuelos, y de niño, una vez en Ballycastle, durante la peor temporada de pesca, había perdido la razón bajo las mesas de una pulpería: las mujeres del lugar reposaban la timidez veraniega con níveas faldas y hedores que se enclavarían en su espíritu para siempre. Eran mujeres bruñidas con tetas generosas y rendijas acarameladas. Se les podía chupar y apretar a gusto: buenas bestias domesticadas, solo gemían como animales iracundos si lo pedías con un por favor. De resto, gemían bajito, como agradecidas.