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Damián González Bertolino

Uruguay, 1980

 

¿Con qué nos va a salir este narrador? Aunque posee una voz muy personal, de un libro a otro parece abandonar una crisálida y volar como un animal inesperado

 

Nací en 1980, en un barrio del balneario Punta del Este. Esto ocurrió en el único barrio pobre del lugar, así que me la paso desmintiendo que soy millonario. Esa es una de tantas extrañezas en mi vida. Desde muy niño sentí una pasión especial por las palabras, así, sueltas, revoloteando en las frases ajenas como si fueran historias en sí mismas. De ahí a escribir y leer hubo poco trecho, sobre todo porque el asma que padecí desde niño me confinó en aquellos largos inviernos entre bosques de pinos y eucaliptos. Y ya por esas épocas pensaba que mi destino estaba en publicar libros. Pero nunca fui un ratón de biblioteca. Mi infancia y adolescencia fueron una sucesión de mutuas palizas con mis vecinos, partidos de futbol callejeros, conversaciones con delincuentes, paseos solitarios entre los árboles o la playa, crisis interminables de asma y lecturas furtivas cuando mis padres me obligaban a hacer las tareas. Además, como del otro lado de la calle había un club de golf, también frecuenté el mundo de los ricos trabajando desde pequeño como recolector de pelotitas, cuidacoches y, ocasionalmente, caddie. Fue yendo y viniendo por esa calle que me llené de historias de uno y otro lado de la vida. En 2009 gané con mi primer libro de relatos, El increíble Springer, uno de los certámenes de narrativa más importantes de Uruguay. Tuve la suerte de que a los lectores también les gustara y mi vida comenzó a cambiar, tal como se lo imaginó aquel niño que fui. A ese libro le siguieron dos novelas: El fondo (2013) y Los trabajos del amor (2015). Además, tengo en preparación otros libros, entre ellos un par de novelas y una serie de memorias bajo el título Los pasatiempos melancólicos, cuya primera entrega, que espero terminar pronto, se llama El origen de las palabras.

Vivo en la casa de siempre, aunque mis padres y mis hermanos se han mudado, casi todos al extranjero. Entre semana trabajo como profesor de literatura para muchachos de 16 años y los sábados, sin falta, juego al futbol en un equipo amateur como delantero. Mis fracasos goleadores hacen que cada sábado a la noche, con la autoestima en ruinas, me hunda en la literatura como si se tratara de un sueño.

Fragmento de El increíble Springer

(González Bertolino, Damián. El increíble Springer. Uruguay: Estuario Editora, 2014)

Ferreira... El tema era con él.
Era nuevo en la escuela. El padre había llegado de Montevideo y había colocado un puesto de alquiler de bicicletas con taller mecánico en uno de los caminos que salían a Maldonado. El primer verano hizo bastante dinero y se compró una moto BMW de segunda mano en la que iba a buscar a su hijo a la salida de la escuela. Al principio aquello era todo un acontecimiento. Muchos no regresaban a sus casas hasta que a Ferreira no lo iba a levantar el padre. Del lado del puerto se escuchaba una serie de explosiones concertadas y entonces veíamos al hombre trepando el repecho en la moto. Era una cosa extraña, un montón de carne que se desparramaba a ambos lados del tanque, unas antiparras gigantescas sobre una pañoleta interminable que rodeaba el cuello y casi toda la cara del hombre. Apenas escuchaba el ruido del motor, su hijo se alejaba del portón en donde se quedaba apoyado sin hablar con nadie y cruzaba la vereda observando un poco hacia arriba, como si las miradas de los demás se le fueran a pegar en las mejillas y él tuviera que dejar la cabeza así de empinada para que pudieran resbalar y caerse a la calle antes de que él se subiera. En el encuentro del padre y el hijo se producía un fenómeno más extraño aun. El hombre sacudía los brazos y se enderezaba en el asiento como si aquello fuera una ceremonia. Eran dos seres idénticos. Quizás el hijo fuera un poco menos gordo en proporción, pero sus ojos verdes y ensombrecidos parecían haber sido fabricados en el mismo taller clandestino que los de su padre. En cierto modo, cuando el hombre adoptaba esa pose ceremoniosa en el punto en que su hijo se acomodaba en la parte trasera, parecía que estuviera recuperando una parte de sí mismo que había dejado prestada en la escuela vaya uno a saber por qué motivos. Con los días, muchos se sintieron intrigados por Ferreira y se hicieron sus amigos; otros, sin embargo, entre los que estábamos Springer y yo, no teníamos ningún sentimiento por él que no fuera el asco. Se decían muchas cosas sobre Ferreira y su hijo. Unos decían que el hombre había salido hacía poco tiempo de una cárcel en Montevideo por haber asesinado a su mujer después de encontrarla en la cama con otro tipo. Pero para otros la mujer había sido obligada a suicidarse. Lo cierto era que el niño casi no se había criado con él, y que de un tiempo a esa parte, hasta que su padre regresó a la vida pública, había sido cuidado en un hogar especial. Eso quizás explicaba por qué aparecieron de la nada un verano y trataron, sobre todo el padre, de hacerse conocidos en la zona: tal vez una forma de que todos se concentraran en el presente. Si alguien le pedía un favor a Ferreira, aunque fuera de madrugada y bajo una tormenta espantosa, allá iba él con la misma tranquilidad que tenía en la mañana al levantarse de la cama. Cuando le agradecían el favor, sonreía entornando los ojos, como si todo se tratara de una broma que en ese instante se dispusiera a explicar. Eso era una cosa que a muchos no les gustaba, directamente.

Ferreira, el hijo, era un año más grande que nosotros, y estaba en sexto. Mientras yo me recuperaba de la infección en mi cama, le hizo la vida imposible a Gastón en cada recreo, día tras día. Gastón nunca podría haberse defendido. Me imagino a Ferreira tensando sus músculos para aprontarse a pelear, y a Gastón encogiéndose de hombros como si pudiera esconder su cabeza allí y desaparecer del todo. Cada vez, para librarlo de una paliza, Ferreira le exigía algo de plata, cualquier moneda que llevara en el pantalón. Hasta que una tarde Gastón se dio cuenta de que no tenía nada y Ferreira no le creyó. Los amigos de Ferreria, en realidad cuatro o cinco desgraciados que querían un día remoto ser llevados en la BMW, hicieron un círculo dejando en el centro a su líder y a mi amigo. Fue una trompada sola, quizás más suave de lo que Ferreira habría podido darla, pero suficiente para que Gastón cayera de espaldas y se cortara además el cuero cabelludo.

Al parecer, al otro día Springer y su mujer creyeron la versión de la maestra. Gastón corría por el patio, tropezó con Ferreira y cayó. Y Gastón no se animó a contradecir eso. Pero yo le conté a mi padre lo que de verdad había pasado. Primero se rió y sacudió la cabeza con el mismo gesto de siempre que tenía para las cosas que a él no le parecían del todo importantes o peligrosas.

-Lo que tienen que hacer -dijo después -es agarrar al gordito ese y llevarlo a un monte... donde no haya nadie, nadie... Ahí no se va a hacer más el guapo porque no va a tener quien lo mire. Te le plantás de frente y le vas de hombre a hombre, uno contra uno... Seguro que se caga todo.

Esas palabras me pusieron eufórico.

En la escuela, el lunes siguiente, luego de que la maestra y mis compañeros me dieran la bienvenida, y mientras hacíamos un ejercicio, arranqué una hoja del cuaderno sin hacer ruido y anoté con letras grandes: HACETE EL MACHO CONMIGO AHORA, GORDO CAGÓN. TE ESPERO EN EL BALDÍO LA PASTORA. Cuando llegó la hora del recreo llamé a una compañera que era hermana de uno de los amigos de Ferreira y le entregué el papel.

-Decile que se lo dé al gordo...

La niña corrió y a los dos o tres minutos volvió con otro papel, que decía: BAS ABER PUTO.

Lo juro.

Y así fueron las cosas. Un par de horas después salíamos de la escuela y caminábamos hasta el baldío de La Pastora, muy cerca de la cancha de fútbol. De un lado estábamos solamente Gastón y yo. Del otro lado estaban Ferreira, el hermano de mi compañera y tres más. Había otros niños y niñas, pero estaban parados a la distancia, como si no se decidieran a seguir de largo, avisar a algún mayor o meterse en el lío.