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Camila Gutiérrez

Chile, 1985

 

"Cantar al amor ya no bastará (Eros Ramazzotti)"

 

Ya no sé si alguien se acuerda de esto, pero hace como cien años atrás -cuando todavía ni existía Facebook- había algo que se llama Fotolog. Yo tuve uno. Lo abrí porque andaba enamorada de la ex de mi ex, y necesitaba que supiera que yo existía con la misma presencia que ella tenía en mí. En Fotolog partí escribiendo relatos autobiográficos sobre mi infancia-adolescencia en una familia súper evangélica y estricta, en la que estaba obligada a entender el mundo tal como me lo imponían: lectura literal de la Biblia, un millón de prohibiciones y una sola forma de hacer las cosas bien. Empezar a escribir, entonces, se volvió en una forma de separarme de la obligación, de poder nombrar por primera vez el mundo a mi manera, de vengarme un poco.

De pronto -y uso la frase de pronto porque fue así de inesperado- una directora de cine me ofreció ser la coguionista de una película basada en esos textos que eran mi vida. Joven y alocada se estrenó en Sundance, en 2012, y ganó el premio a mejor guión. Un año después publiqué bajo el sello Random House un libro autobiográfico con el mismo nombre. Tal como me pasó con la película, un montón de gente empezó a escribirme para contarme que se sentían identificados con esa historia de asfixia adolescente por la religión.

Irma Palma, una socióloga chilena que creció en una familia como la mía, dice que cuando era chica y se miraba al espejo lo que veía era a una niña evangélica. Mucho tiempo me sentí igual. Primero viendo a una niña evangélica y luego a una no-tan-niña ex evangélica. Pero en esos días de pospelícula y libro, empecé a sentirme otra. Ya no sabía qué veía en el espejo ni quería escribir por venganza, y tampoco por liberación. En vez de interesarme por el fracaso de las relaciones impuestas (las familiares) empecé a interesarme por el desmoronamiento de las relaciones que yo misma había escogido, las de pareja. Así llegué a mi segundo libro, No te ama, también publicado por Random House. Igual que Joven y alocada, fue un libro éxito de ventas en Chile. A diferencia de él, esta vez sus lectores se reconocían mucho menos. Y ese proceso me dio una alegría rara: yo misma quería poder desconocerme. Ahora escribo un tercer libro, posapocalíptico, menos directamente autobiográfico, pero en el que el Evangelio y el amor -sobre todo el amor- siguen siendo cruciales.

Fragmento de No te ama

(Gutiérrez, Camila. No te ama. Chile: Random House, 2015. )

El amor quita tiempo. Sin ella voy a ser mejor persona. Voy a aprender inglés y voy a ver series. Voy a aprender a tejer y a patinar en cuatro rueditas. Voy a estar sola un rato. No voy a ir donde Bolivia altiro; hay que sufrir por Vietnam primero.

La última vez que tengo alguna determinación es a los siete años. Me gusta jugar al Pueblo de Hormigas. El Pueblo no tiene colegio, universidades, policía o bomberos. Solo hay un cementerio y un hospital. Yo aplasto a las hormigas preocupándome de no matarlas. Si no se curan en el hospital, van al cementerio. Me pongo contenta cuando se mejoran, pero no me conmuevo cuando se mueren. Son días buenos. Nos vamos de vacaciones al campo. Mis papás, mi hermana y yo. En la casa hay un estante con libros. Entre los libros, el de los Récords Guinnes. Y ahí, Charles Osborne, un gringo que tuvo hipo sesenta y ocho años. La primera vez que le dio, fue al levantar un chancho para sacrificarlo. Vuelvo del campo y sigo hiriendo hormigas. No sé cuántas semanas después pasa lo que tiene que pasar. Me da hipo. Pienso que es por jugar al Pueblo. Y que lo tendré por sesenta y ocho años. Le digo al Señor quítame el hipo y nunca más dañaré a ni una sola hormiga. También aguanto la respiración y tomo agua al revés. El hipo se me pasa cuando dejo de pensar en él. Entonces vienen los tiempos terribles, la vida sin hormigas, el esfuerzo inmenso por no salir al patio a jugar y quedarme dibujando en mi pieza. Son trece días. Primero tímida, vuelvo al Pueblo. Luego, chillando de contenta.

Ahora trece días son la eternidad. No puedo persistir si no hay pánico. Empiezo a dormir con Bolivia apenas después de terminar con Vietnam. Toco el timbre, mochila puesta. Primero, aparece un falso siamés con los cocos de gato más enormes y negros que he visto. Luego, Bolivia con una honda intentando achuntarle al falso siamés que esquiva las piedras como si nada. Bolivia mira mi mochila y le da risa. Tomamos vino, culiamos en el piso, al lado de la estufa a parafina, y el falso siamés rasguña la puerta. Así pasan los días. En una guerrita. Bolivia toma la honda, se esconde, tira la piedra, y no es que tenga mala puntería. El gato es topoderoso. Yo me resigno.

Creo que es sábado. O hay sensación de sábado, de tiempo por delante. Llueve más que la chucha y un arbolito del patio tiembla. El falso siamés está trepando, bambolea sus cocos universales. Pero Bolivia no va a aparecer con su honda a tirarle una piedra.

Llora en el living. Lo escucho desde acá. Respira profundo, se traga el llanto y llama a sus papás por Skype, viven en Paraguay, voy a imaginármelos, y también a su casa y al barrio, y tal vez a Asunción entera, pero la voz de Bolivia me interrumpe.
Les dice: Terminé con Ella, o ya no estoy más con Ella, o se acabaron las cosas con Ella. Su mamá contesta: Ai, hijo.

De Ella quedan hartas cosas en la casa de Bolivia. Calzones, un abrigo con chiporro, unos aros jipis, una foto suya puesta con un imán con forma de durazno en el refrigerador. Tiene la guata plana, los muslos grandes, el pelo casi negro y es bajita igual que yo; con los dientes un poco chuecos, igual que yo. Creo que es linda. Bolivia corta la llamada y vuelve a llorar. Los días pasan así. Él recuperándose de Ella. Yo pensando en Vietnam.

O pensando: fueron buenos los días en que le puse el gorro a Vietnam con Bolivia.

No es que fuesen buenos como las cosas de verdad buenas (levantarte temprano/no querer ir a trabajar/descubrir que es feriado), pero fueron mejores. Al menos podía portarme miserable y la vida funcionaba. Los dos me querían y yo los quería. Me gustaba que Vietnam fuese grande y que Bolivia, miniatura. Que él hablara un montón y ella muy poquito. Que Vietnam tuviese una idea ortodoxa de lo que debe ser el desayuno y que él comiera pan con huevo y palta, mezclados, pebre y mayonesa, y hasta lentejas. Que los dos bailaran mal. Que a los dos les gustara tanto el ají. Me gustaba no escoger. Culiar con ella (que no ronca) en la noche. Culiar, en el día, con él.

Pero era una felicidad intraspasable. Vietnam me ahorcaría con furia oriental si hubiese sabido. Una felicidad insostenible. Le habría dolido, a ella. Me habría dolido a mí que me lo hiciera. Repito la frase. Me habría dolido a mí que me lo hiciera. La pienso un poco mejor: lo que de verdad me dolería es que Bolivia me mintiera un día. Esto debe ser el fin. Vietnam ya no me da ni celos. Y eso que yo soy monstruosa.

Son raros, estos días. Aunque mejores que tener hipo durante sesenta y ocho años. Bolivia llora, el falso siamés trae palomas al living y yo ya no puedo ni pajearme. En eso sí soy fiel. Tengo que masturbarme pensando en Vietnam, aunque ya no estemos juntas. Me pongo boca abajo, pero la imagen me interrumpe: ella haciéndose un té, ella poniendo un individual en la mesa del comedor, ella comiendo sola; y yo, entonces, acá, bien triste y caliente.