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Mauro Libertella

Argentina, 1983

 

A sus treinta y tres años, ya escribió dos autobiografías y va por la tercera. Su vida y sus libros ya son una sola cosa

 

Nací en México en 1983 porque mis padres estaban exiliados, y cuando cumplí un año volvimos a Buenos Aires, donde viví toda mi vida.

Mi educación formal aconteció en colegios privados de la Argentina de los años noventa, lo que me ofreció una perspectiva en plano americano de un país que se transformaba para siempre.

Quise ser abogado porque mi abuelo lo era y porque me gustaba la idea de llevar siempre papeles encima y parecer apurado, pero cuando entré a la Universidad de Derecho no tuve el deseo ni la predisposición para seguir por ese camino. Me pasé a filosofía y volví a fracasar. Finalmente probé mi vocación en la carrera de letras y ahora sí: me convertí, felizmente, en licenciado. Paralelamente empecé a escribir para algunos periódicos y revistas argentinas, cultivando eso que hemos acordado en llamar “periodismo narrativo”, y que no es más que escribir sobre las cosas que nos gustan –libros, películas, discos.

En agosto del año 2006 murió mi padre y pensé entonces que quería escribir algo sobre eso, sobre todo eso: su muerte, nuestra relación, él, yo. Lo hice recién cuatro años después y el resultado es mi primer libro, que se titula Mi libro enterrado. Se publicó en 2013 y, como dijo alguien alguna vez, es posible que en las líneas del primer libro esté todo lo que vamos a escribir después, durante toda la vida. Quién sabe. Dos años después publiqué un segundo libro, El invierno con mi generación, que es una novela sobre los años de formación de un grupo de amigos, de mis amigos del colegio, de los 16 a los 23 años en la Buenos Aires del cambio de siglo. Son dos libros que se pueden leer como “autobiográficos”, pero me gusta pensar que son en realidad relatos sobre temas más grandes, mucho más grandes que mi propia experiencia: el duelo y la amistad, por ejemplo; o la herencia y la educación cultural. Uso algunas anécdotas de mi propia vida porque las conozco bien y he pensado en ellas y porque escribiéndolas las vuelvo a pensar, las invierto, las clausuro.

En 2015 publiqué también un libro de conversaciones con 18 narradores y narradoras de América Latina. Es un mapa que no se ve: el de un continente que comparte una misma lengua y que está escribiendo una literatura fuerte y clara.

Eso es, por ahora, lo que puedo decir. 

Fragmento de Mi libro enterrado

(Libertella, Mauro. Mi libro enterrado. Argentina: Mansalva, 2014)

Mi padre murió hace cuatro años, un mediodía de octubre, en su departamento de dos ambientes en el que ahora vivo yo. Me acuerdo de ese momento con especial nitidez, porque unos segundos antes de que dejara de respirar supe que a la cuenta regresiva le había llegado, literalmente, su último suspiro. Fue un instante al mismo tiempo suave y dramático: yo arrodillado en el piso, él acostado en su cama, inconsciente hacía horas.
                Con mi tío y mi hermana le dábamos de tomar un líquido medicinal, hecho para suplir las proteínas de lo que hacía días ya no podía comer. La escena era terrible, porque el deterioro físico se imponía con toda su visualidad; estaba muy flaco, postrado, y tenía la mirada perdida. Y sin embargo, lo recuerdo todo con levedad y ternura, sin estridencias. Tomaba tragos cortos de un vaso de vidrio que nosotros inclinábamos en su boca: era un autómata en su último gesto de supervivencia. Tomá un poco más, tomá un poco más, le pedíamos nosotros, obstinados, repitiéndolo como una plegaria. El último trago le cortó al fin la respiración, que era ya un hilo tenue y frágil. Así lo vi morir, con la cabeza apoyada en la almohada y los ojos cerrados. Supongo que fue una linda forma de morir, entre sus libros y en su propia casa, donde en sus últimos años ya había estado muriéndose de a poco.

***

                La enfermedad que lo terminó de matar actuó con velocidad. Había pasado un mes y medio, dos meses desde la primera internación hasta ese mediodía de octubre. Me acuerdo llegando al hospital, una mañana de invierno, y perdiéndome por los pasillos hasta dar con la sala de guardia. Le habían asignado la última cama, contra la ventana, y él esperaba sentado, vestido, mirando a la calle, con el bolso a sus pies. Esa mañana se había despertado con dolores, armó el bolso y se fue en colectivo al hospital. Me llamó desde un teléfono público cuando le sugirieron, con palabras poco exactas pero enfáticas, que se tendría que quedar unos días para estudiar bien lo que pasaba. Cuando lo vi desde lejos, al fondo de ese gran salón con camas, me pareció un inmigrante que llegaba con su bolso de la vieja Europa. Había algo anacrónico en su ropa y su cara había envejecido con una rapidez llamativa. Era un hombre fuerte, autosuficiente, pero era también un hombre solo en una cama mirando por una ventana.
                Nos abrazamos, charlamos un rato, y se impuso como siempre un clima signado por el humor y los juegos retóricos. No sabía lo que tenía, no le habían dicho nada. Con la excusa de alguna llamada, lo dejé un rato recostado y me fui a buscar un médico. Por el modo en el que uno de ellos me saludó cuando le dije que era el hijo del paciente de la última cama, sospeché que las cosas andaban mal. Era joven, alto, de barba vagamente salvaje y semblante curtido por las horas tenebrosas de la trasnoche hospitalaria; se notaba que estaba nervioso. Habló muy rápido, una o dos veces me tocó el hombro y no fue demasiado sutil. Me dijo que no sabían “a ciencia cierta” cuál era el cuadro, que sería muy apresurado de su parte esgrimir algún diagnóstico sin estar respaldado por garantías o certezas, pero que tenía agua en los pulmones y que eso casi siempre es un signo de cáncer. Sobrevino un silencio horrible, densísimo, y cuando yo me estaba empezando a derrumbar y el joven doctor tenía que sacarme a flote, dijo las cosas como eran: “no hicimos las pruebas, pero ya te puedo decir que está avanzado”.
                ¿Cómo volver después de eso a la cama de mi padre y reincorporarme a la lógica del buen humor? Fui al baño, descargué un llanto en ráfagas cortas, me lavé la cara y atravesé de nuevo el largo pasillo hasta donde él me esperaba. Me preguntó qué había hecho y le devolví una respuesta esquiva, probablemente inverosímil. Cuando lo noté cansado le dije que durmiera un poco, que ahí lo iban a cuidar, y aproveché para irme. Quizás se dio cuenta de que yo ya sabía lo que tenía y prefirió no increparme por cortesía. No lo sé. Lo cierto es que salí a la calle embotado, me subí a un colectivo y me senté en el asiento del fondo. Me lo imaginé a él durmiendo en una de esas camas perdidas del hospital, y en ese momento me di cuenta de que mi viejo se iba a morir.

***

                Por momentos todavía siento que el apellido no me pertenece. Me veo a veces como un extranjero, un usurpador en esas diez letras latinas. Alguna vez él dijo: “Etimológicamente, Libertella quiere decir libro para la tierra. Ese es el libro que riego todos los días”. Cuando alguien me dice “che, Libertella”, me parece que le están hablando a mi viejo o, más precisamente, que me están hablando de él. Si bien no es un apellido excéntrico, tampoco es común. Para mí, el sonido del apellido está cristalizado en la vida social de mi padre, y me cuesta despegarlo de ahí.
                Él siempre jugó con la idea de indagar con seriedad en el origen genealógico de la familia, pero se terminaba quedando en algo que lo seducía más: los juegos de palabras, el nombre como palabra pura. En ese sentido, el linaje fue siempre para él una construcción, una pura invención. Decía que cuando murió su abuelo, leyó que en la necrológica del diario figuraba con dos nombres, uno entre corchetes: “Aquilio [Egidio] Libertella”. Para ese chico de nueve años, la ambigüedad fue explosiva. Trató de investigar la naturaleza de ese corchete, pero fracasó. Creo que entendió, entonces, que ese vacío en la identidad de la genealogía era una habilitación para especular literariamente con el origen. Le gustaba decir que en algún momento jugó con la idea neobarroca de la ausencia de origen. Es el concepto borgeano de que la ausencia de tradición nos habilita a todo en vez de coartarnos. Quizás con esas teorías un poco alocadas mi padre me estaba diciendo que él jugaba con el apellido a su modo, pero que no fosilizaba los resultados de ese juego. Desde su muerte, entonces, el apellido Libertella vuelve a cero. Yo tendré que encontrar el modo de inventarle de nuevo un origen, un relato, para así regar todos los días, a mi modo, el libro para la tierra.