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José Adiak Montoya

Nicaragua, 1987

 

"Mi literatura está hecha de emociones humanas, es lo que siempre nos va a competer como especie"

 

Nací en Managua, Nicaragua, en 1987, durante la época más cruda de la guerra de contrarrevolución que desgastaba al país, y cobraba la vida de miles de jóvenes. Del conflicto armado no tengo recuerdos, mi infancia se desarrolló en los años noventa cuando el bloqueo de Estados Unidos y la guerra misma habían cesado. Aprendí a leer y escribir a los seis años de edad, y todavía me dedico a ello. De mi infancia, más que a mis profesores,  recuerdo las aventuras de Gulliver y a Robinson Crusoe, pronto quise imitar esos libros y empecé a escribir mis propias historias,  así llegué a las puertas de la literatura. También quise escribir poesía, pero tuve que abandonar la odisea por falta de talento para los versos, aunque cometí la irresponsabilidad de publicar más poemas de los que debía. Me dedico de lleno a la ficción.

Durante la adolescencia fui parte del grupo Literatosis, revista y colectivo ahora extinto, que representó una especie de parteaguas y germen inicial, junto con otros grupos, de la que sería llamada Generación del 2000 o Generación del Desasosiego,en Nicaragua.

Además de colaboraciones en diferentes diarios y revistas he publicado dos novelas, El sótano del ángel (Océano, 2013), novela que (tengo el honor) se estudia en las universidades de mi país, y cuenta la historia de un excéntrico homicida enamorado y su obsesión por secuestrar un ángel.  Un rojo aullido en el bosque (Anamá, 2015), que es una versión en clave contemporánea de un cuento medieval europeo, y un libro de cuentos, Eclipse (Instituto Nicaragüense de Cultura, 2007). He tenido la fortuna de ganar un par de premios,  que me han llevado a hacer residencias literarias en México y Francia. El próximo año, una década después de mi primer libro de relatos, se publicará una nueva colección de mis cuentos. Actualmente escribo una novela que tiene más páginas de las que debería, prometo resolverlo.

Fragmento de “La honda herida de la ciudad”

(Montoya, José Adiak. En el tiempo de las cenizas. Inédito)

 Qué infame azar es que no existan presagios para la magnitud de este acontecimiento, quisiera no hablar más, lavar todas estas heridas ahora, aunque estén abiertas, que ninguna noche ha sido más infierno que esta, ninguna otra. Y todo era paz hace minutos. Todo era un inmenso villancico de armonía, no importaba el calor que ha venido azotando el país, no, no importaba.

Ahora te estoy viendo ¿sabés?, con la ligereza de tus movimientos, como caminando en una danza leve con tu camisa a rayas que tanto te gusta… que tanto te gustaba, esa que ahora mismo sólo es largos jirones de ropa inservible. Fue bueno salir a las calles hoy a respirar esta gran emoción navideña, a confundirse entre los desconocidos que atestaban las avenidas del comercio. Altas horas y aún seguían los niños cruzando las calles, persiguiendo una pelota desperdigada que segundos antes se había convertido en un gol prodigioso. Todo tiene olor a compras.

Ya tus dedos no aguantaban cargar más las bolsas, el plástico y el peso te estaban cortando los dedos y vi tu cara de angustia, casi suplicando volvamos a casa que la ciudad está hecha una locura, que están celebrando aún el fin del año escolar, que las discotecas están reventando, vamos a casa que quiero acostarme y ver el techo, todo lo que quiero es ver el techo sobre mí, sentir la confortable seguridad de mis almohadas, el día ha sido largo. Volvamos pues, caminemos. Y caminamos. Llevábamos lo suficiente para la cena de Nochebuena, caminamos entre la multitud y fue allí cuando lo vimos, aquel cielo macabro teñido de rojo, nubes de sangre diluidas en agua, un cuadro de escalofrío que nadie parecía notar en medio de las enormes risas de paz. Todo el mundo reía.

Había una bocanada ardiente escapándose por los poros de la tierra, un calor que nos abrazó y nos aturdió, pero todo era lucecitas minúsculas, la ciudad completa llena de luces brillantes que alumbraron el camino hasta la puerta. Pusiste las bolsas en el suelo y te costó trabajo encontrar las llaves en el bolsillo caprichoso que siempre parecía guardar miles de secretos.

La casa estaba quieta, como la habíamos dejado, todo en su orden estático, todo en su lugar inmóvil, todo en orden, todo quieto muy quieto. Fue allí que escuchamos crujir el mundo, una sacudida fuerte que se unió a los bailes de celebración. Vi la mirada de terror en tus ojos y corrimos fuera de la casa, ya varios vecinos estaban en la calle, en ropa interior, descamisados, preocupados. ¿Lo sintieron? ¡Qué fuerte! ¡Qué susto! Intercambiamos palabras con todos ellos, nos tranquilizamos, pensamos positivo, ¿Qué hacer?

Cuando volvimos a entrar y vimos todas las cosas ligeramente movidas de su sitio, como avivadas por la sacudida, tal vez nos asustamos más, ¿Qué hacer?, tender unas camas improvisadas en la sala y nos entregamos al sueño. Vos mirabas el techo tal vez, cómo saber lo que hacías en la oscuridad, querías ver el techo cerca de vos, tener la seguridad. No recuerdo más. Fue todo un relámpago repentino y a la vez un siglo perpetuo. Todo se movía. Todo era una feroz sacudida, una fuerza descomunal destruyéndolo todo.

Y en un segundo dejó de temblar. La cuidad ya no estaba allí. La muerte se paseaba libre por las calles destruidas con su eco de carcajada invencible. Busqué tu mano en ese instante, no encontré nada, solo escombros, sabor a cemento pulverizado en mi boca áspera y mis ojos ciegos  y aturdidos. Intenté llamarte con la garganta reseca y el cuerpo aprisionado pero sólo me contestaron los gritos fantasmagóricos y dantescos de los otros heridos, las voces moribundas que venían desde el otro lado de la ciudad. Solo vos eras silencio.

Managua, que segundos antes brillaba radiante como árbol de Navidad, se quedó en una penumbra intensa, segundos después las ruinas frescas de la capital se iluminaron infernales en medio de los incendios. Lo que más recuerdo son los gritos. Gritos por todos lados, más fuertes que el estrépito del metal doblándose y rasgando contra el concreto. Todo lo recuerdo, hasta los miles de fantasmas vagando sin rumbo y desorientados porque las calles ya no existían. Todo lo recuerdo, menos a vos. Luché por zafar uno de mis brazos de mi prisión que eran las paredes derrumbadas de nuestra casa, sentía el calor del fuego vertiginoso y fulminante acercarse desde alguna parte, veloz, como burlándose de lo que aún quedaba en pie. Cuando tuve mi brazo libre lo extendí para buscarte, torpemente palpando el suelo convulsionado de vidrios y escombros, sentí un charco viscoso, tibio y abundante entre mis dedos, te llamé de nuevo y el silencio inquieto de la muerte me contestó, comprendí que era tu sangre, en medio de la oscuridad pude adivinarla oscura y silenciosa.

La ciudad ya no era la misma, pasada la media noche, con una sacudida delirante, por el momento, Managua había exorcizado a sus demonios.