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Francisco Ovando

Chile, 1989

 

Le gusta imaginar el apocalipsis y lo que sucede después. Su final imaginario favorito es el de su propio país, Chile

 

Nací el 31 de octubre, en el último año de los 80. De chico fantaseaba mucho, pero no fue hasta los diecinueve que pude hacerlo con más dedicación. Por entonces vivía en el sofá de unos amigos en Villa Frei, que también escribían, que también tenían trabajos mal pagados, con los que nos dábamos ánimos. Nos corregíamos los textos, nos compartíamos lecturas, nos recordábamos lo que nos parecía importante – la constancia –, y por la mañana tomábamos desayuno mirando hacia el barrio por un cuarto piso e imaginando el fin del mundo; robots gigantes, aliens montados sobre criaturas cromadas, pestes imparables que se esparcían por el aire, espíritus violentos que tomaban posesión de nuestros vecinos.

He sido ayudante de pastelero, copero, garzón; trabajé editando narrativa emergente en Chile, redacté textos publicitarios, participé de y guié un par de talleres de relatos y novelas. Terminé una licenciatura en literatura hispánica en la Universidad de Chile y actualmente estudio el MFA de escritura creativa en la Universidad de Nueva York. Publiqué recientemente Acerca de Suárez (Editorial Pez Espiral, 2016), una fantasía postapocalíptica situada en el desierto. Allí ensayo el escenario del fin del flujo eléctrico; a partir de eso surge una breve tragedia de equivocaciones y peleas de poder. Antes publiqué Casa volada (Editorial Cuneta, 2013), texto que contó con la suerte de obtener los premios de novela Roberto Bolaño y José Nuez Martín.

Hoy espero que recrudezca el invierno y caiga la nieve en el norte. He comenzado a escribir una historia en el frío, sin demasiada claridad. En ella hay una fosa que nunca deja de crecer, una mujer cuyo nombre comienza con E y una piedra negra que altera la realidad mientras más tiempo pasas cerca de ella. Sé que hay un tren y al final de todo una trampa.

Fragmento de Acerca de Suárez

(Ovando, Francisco. Acerca de Suárez. Chile: Editorial Pez Espiral 2016)

JONÁS

I

 

Se le acaba el tiempo. De atrás de la casucha saca el trineo de arena que le heredó su padre y ahí acomoda al hijo, al séptimo Jonás, sobre el generador a bencina. No responde, está ido. Quizás duerme. Pesadillas, piensa, porque el crío se compunge sobre la dureza del generador. Le toca la frente: fiebre. El padre se esmera. Sabe que el camino es duro, que la arena se levanta con el viento y entra en la boca, en los pliegues del cuerpo. Sobre el bulto del trineo pone frazadas, improvisa un techito con el cuero de un cabrito de monte. Piensa que alcanzará a llegar. De aquí al pueblo que tiene posta, junto a la carretera, no más que un día.

Al salir ve la luz roja deslizarse por la arena. Ve oro y sobre todo fuego. Es el sol y su ángulo, las dunas, el cristal molido que se mezcla con los granos en esta parte del desierto. El reflejo pareciera encender el espejismo y subir para desvanecerse. Piensa que él también podría desaparecer así, en el aire, si no llega pronto. Que ese sería su castigo. Pero reacciona, se consuela: ya será de noche y avanzar será más fácil, menos cansador. Se ata el trineo al pecho y a las caderas con las huinchas gruesas que ocupa para asegurarse a las torres de alta tensión y parte. El trineo se desliza sobre la arenilla y suelta un sonido seseante, persistente, que en algún punto, más adelante, confundirá con el espíritu de su hijo abandonando este mundo.

A su izquierda el sol se pone. No puede mirarlo directamente: lo encandila, le deja sobre los ojos esas manchas de neón flotando a la vista. Teme tropezar, que la caída voltee el trineo y que entonces el generador le aplaste al crío. Para evitarlo mira al otro lado, a la derecha, y lo que ve ya lo ha visto antes: sus perfiles, la sombra que arroja la luz de filo casi horizontal a esa hora que se pone. Parece un gigante esmirriado, torpe por lo grande. Lo piensa porque se le hunden los pies en la arena y al sacarlos tiene que levantar las rodillas más que lo habitual. Lleva carga y anda lento. Su otro yo, oscuro, se mueve como un líquido espeso. Lo hace con demasiada facilidad, piensa, porque lo que lleva su sombra atrás no es un trineo de arena si no una montaña, una roca enorme.

Sobre ellos, los gigantes de petróleo de la derecha, se tiende la sombra de los enormes cables de cobre. Tres líneas que zanjan la duna. Y cada tanto que avanza, la sombra de una torre eléctrica, larga como una cancha de fútbol, que le ofrece cierto descanso. Son los pilares de este mundo, se dice a sí mismo, como se lo había dicho su padre cuando era pequeño.

Alguna vez él lo había arrastrado por esas dunas, sobre el trineo de arena, y le había enseñado las sombras con alegría para decirle: es la luz la que revela el verdadero porte de un hombre. Y él se paraba en el trineo, tratando de mantener el equilibrio, y su sombra crecía, se desproporcionaba, se alargaba, y sentía un calor dentro que lo hacía pensar que jamás crecería, que jamás tendría un hijo, que su padre nunca se cansaría de arrastrar ese trineo.

Por un momento un rayo se le cuela en el ojo, y él se detiene, se refriega. En ese lapsus de ceguera el sol termina de caer, las sombras a la derecha se estiran, se hacen lanza, línea y da la idea de que en la extensión terminan colándose entre la arena. Cuando vuelve a ver, delante de sí tiene un desierto otro, purpúreo, que se apaga. Pega la oreja al trineo, escucha la respiración del hijo y sigue.

*

Cuando este, el sexto Jonás, aún era hijo, su padre lo levantó antes de que se viera el sol tras la duna. Le dio de comer el molido de quínoa y leche agria que se servían al despertar y le explicó: Esta pica que ves aquí es mi pica y esta de acá es mi hacha. No es el hacha ni la pica que usarás cuando me vaya. Cada Jonás antes que yo y cada Jonás que venga ha tenido y tendrá su propia pica, su propia hacha. Tu abuelo tuvo su pica y su hacha y lo enterramos junto a ellas. Con el hacha hicimos el mango de la pica, y con la pica sacamos el carbón en la cueva que está al sur de la casa. Hoy tendrás tu propia pica y tu propia hacha, y con ellas iremos a buscar carbón y madera y esa tarea será tuya, hasta que el Jonás que venga, tu hijo, tenga su propia hacha y su propia pica y la tarea sea de él.

Dicho esto, su padre corrió los platos de la mesa y sobre ella dejó un saco vacío, o que parecía vacío, desinflado. Traía algo pequeño y pesado, y al dar vuelta el contenido sobre la mesa, Jonás hijo quedó frente al cabezal de su hacha y al de su pica. Dos trozos de metal que su padre había traído del caserío del embalse, como había hecho su abuelo, y el largo bucle de hombres también llamados Jonás que lo antecedieron. No relucían, como pensaba él que relucirían – como la luz eléctrica – sino los cubría una pátina opaca y negra, veteada como el mineral. Su padre las puso en sus manos: las piezas frías lo tiraban, tenían gravedad. Eso jamás se romperá.