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Marcela Ribadeneira

Quito, 1982

 

Escribir le estresa, pero es lo único que hace decentemente

 

Soy periodista, pero nunca estudié esa carrera. Después de pasar una temporada en Israel y los territorios palestinos, y de compartir hostal con un equipo de la BBC y una gata recién parida, decidí visitar la Escuela de Comunicación de una universidad quiteña, pero hice check out antes de tener el carné estudiantil. Fui entonces a estudiar dirección cinematográfica a Roma; me había convencido de que la imagen en movimiento era el mejor vehículo narrativo.

Al volver a Ecuador trabajé muy poco en cine. Entre otras cosas reseñé películas para la revista Vanguardia y fui editora de Gatopardo Ecuador. Aunque mis estadías por esos panales de cubículos fueron muy educativas, me confirmaron como freelancer incurable. Ahora colaboro con medios como The Guardian (UK), SoHo Ecuador, Ronda (España) y el Gkillcity (Ecuador). También doy talleres de apreciación de cine y tengo una pequeña agencia de contenidos. 

Mi primer libro de relatos, Matrioskas (Cadáver exquisito; Ecuador, 2014), fue un coqueteo con la narrativa breve, un ejercicio de exploración de personajes que están “al borde de”. Algunas versiones de esos cuentos constan en las antologías GPS (Sed de belleza; Cuba, 2013), Ecuador Cuenta (Del Centro Editores; España, 2014), Ficción mínima II (Palabralab; Ecuador, 2013) y Microquito I (Ecuador, 2010), así como en revistas literarias de México, Argentina, Ecuador y Estados Unidos. En marzo del 2016, Suburbano Ediciones publicó mi ebook de relatos Borrador final.

Algo de mi trabajo en periodismo narrativo se encuentra en la antología La invención de la realidad (La Caracola; Ecuador, 2014) y en Ciudades visibles, 21 crónicas latinoamericanas (RM; México, Barcelona, 2016), libro publicado en el marco de Hábitat III y patrocinado por la FNPI.

No he dejado de lado las imágenes, aunque ahora me concentro en su estatismo y no en su movimiento. El collage digital me permite robar impunemente la genialidad de otros; y narrar, por supuesto. Algunas de estas obras están en las plataformas Cultura Colectiva (México), Arte Contemporáneo Ecuador y Suburbano (Miami). Una muestra de mi última serie será incluida en la Guía de Arte Contemporáneo del Ecuador (Editorial Turbina).

Ahora lo importante: quiero vivir de cuidar gatos.

Fragmento de Borrador final

(Ribadeneira, Marcela. Borrador final. EU: Suburbano Ediciones, 2016)

La historia de Irene Dunbar es triste porque nunca pudo ser contada. Pero es especialmente triste porque tenía todos los elementos para ser una buena historia. No sería ambiciosa, sino muy simple. O quizás justamente esa simpleza que debía tener (al ser contada) era algo inalcanzable, una pretensión exagerada. Una ambición miope. La historia de Irene Dunbar es triste porque su autor no pudo contarla. Yo, Antonio Corde, no pude contarla, lo que hace que, ahora, esta historia se trate más de mí que de Irene. La traición más terrible que se le puede hacer a un personaje es obligarle a que cuente más de quien lo creó que de sí mismo. Es traspasarle las manías, los defectos y, peor aún, las virtudes propias. Es prostituir la ficción, desvirtuarla, contaminarla, atrofiarla. Por eso, para salvar a Irene —ya que inevitablemente estará en esta historia— debo sacarle el alma. Será solo una palabra, una cáscara, el stand in de un personaje que ya nunca fue, una lápida sin muerto. El apellido de Irene es un préstamo que me hicieron las páginas de Catch 22 de Joseph Heller. Leía o acaba de leer ese libro cuando se me ocurrió la idea. No sé por qué elegí a Dunbar, había tantos otros nombres que sonaban mejor. “Dunbar” me parecía —pero no me he dado cuenta sino ahora— un apellido aséptico, sin textura, desaborizado.

Cuando Amelia leyó el primer borrador de la historia de Irene, me preguntó por qué elegí un nombre tan estúpido. “Suena a Dumbo”, dijo. Y “Dumbo”, para mí, siempre sonó a tambor. Pero Amelia no entendería que, a pesar de su envoltura fonética (y sí, reconozco que cualquier nombre que se asemeje al sonido que hace un tambor, tiene el potencial de sonar estúpido), el Dunbar de Heller podía decir cosas como “You're inches away from death every time you go on a mission. How much older can you be at your age?” Cualquier frase con buena métrica adquiere un aire de profecía o de gran revelación cuando es dicha dentro del canvas de la ficción, pero ese no es el punto. No, Amelia no me entiende. Mejor dicho, Amelia no entiende. Dejó de hacerlo y tardé en darme cuenta de ello. En cambio, Amelia nunca lo notó. Aún piensa que es la única persona en el mundo que me conoce, que me comprende, que sabe, además, de qué va mi mundo, y que algún día —cuando los festivales, las ruedas de prensa, las grabaciones en el extranjero y los afterparties, me cansen o se acaben— la extrañaré. Piensa que, entonces, extrañaré su extensa sabiduría y le pediré que me deje volver. Volver con Amelia sería volver al pasado, sería repisar el manuscrito de una historia que ya está escrita, cuyas posibilidades han sido agotadas (no como la de Irene Dunbar, que mantiene todos sus potenciales escenarios intactos). A Amelia le gusta ser mi amor perdido. Le gusta convencerse a sí misma, y mucho más le gusta cuando siente que convence a los demás, de que es my one and only. Le gusta interpretar el papel de viuda de un vivo. Le gusta prepararse y preparar el loft de San Juan que antes compartíamos para cuando la espiral de decadencia, drogas y algo de fama me vomite (lo sé, soy un cliché). Que aquí está ella, le dice a quien le escuche. “Antonio es mi esposo. Pero todavía no lo sabe”. Amelia no sabe que solo fue una one­night stand que no supe cómo terminar. Quizás esa misma incapacidad que reporto en mis relaciones se traduce al plano creativo. Cada día, mi ingenio conquista al mundo una docena de veces, lo agarra del pescuezo, lo aprieta en su puño hasta que sus misterios empiezan a chorrear y esa pasta divina —divina porque está cargada de respuestas y, más aún, porque contiene mil preguntas— es de lo que están hechas la docena de ideas que se me ocurren cada día. Pero mi cerebro es un lienzo resbaloso. Y pocas logran quedarse pegadas en él. Mis relaciones personales son como esas ideas que se me ocurren a diario: no logran empalmarse con mis engranajes cerebrales. Y si sobreviven a los anticuerpos de mi indiferencia, quedan reducidas a parásitos que terminan por chuparme la vida. O eso elijo creer. La historia de Irene Dunbar es una de las pocas ideas que mi cerebro no ha dejado que se desvanezca. Está en ese limbo donde almaceno las mejores cosas que nunca hice, las cosas que cambiaron el mundo que nunca pisaré y que nunca se materializará, pero que tampoco dejará de existir como posibilidad y que perdura como fluctuación cuántica inexplorada. Antes de que Irene terminara de tomar forma en mi cabeza, llegaron sus dientes.

Una mañana, de repente —como empiezan muchos cuentos para niños, y La metamorfosis de Kafka—, Irene despertó con los dientes negros. Mientras ella despertaba, yo elaboraba ese despertar desde la cafetería de Cinecittá, donde funcionaba la escuela de cine en la que estudiaba escritura de guión. Los extras y protagonistas de la serie Roma comían sus panini, envueltos en túnicas y con las pantorrillas abrazadas por unas toscas sandalias de gladiador. Ella despertaba y yo hacía que se incorporara lentamente, primero después de un sueño húmedo que involucraba a Pietro (compañero mío —y un tipo muy idiota— en la vida real) y luego, después de una pesadilla. Lugares comunes, me daba cuenta. La hacía, entonces, despertar sin haber soñado o, más bien, sin dar detalles de cómo había pasado su noche. Mientras un gladiador diseccionaba su panino con una daga de utilería para entretener a un grupo de esclavas, Irene llegó al baño y se colocó frente al espejo. Todo esto yo lo escribía en unas servilletas. Las servilletas tenían manchas de chocolate (yo comía un cornetto relleno mientras veía la autopsia del panino) y me preparaba para que Irene conociera su nueva y escalofriante sonrisa. Su reacción sería de terror. Pero no del tipo de terror que experimentan los seres desvalidos.

No sería un terror ruidoso, que deformara sus facciones o exprimiera notas desafinadas de sus cuerdas vocales. Sería un terror que le tensara el pulso y la lanzara a la acción. A una serie de acciones, cada una más radical, y que solo consiguieran replicar el fracaso de la primera. Quizás a Irene le pasaron cosas terribles antes, quizás una cosa más no la descolocaría. O quizás podría sentirse devastada e, incluso, podría pensar que su mundo se hubiera acabado, pero su carácter no se prestaría para manifestaciones vistosas de abatimiento. Así se rindiera, así decidiera que no quiere vivir más, su manera de hacer check out sería continuar con sus actividades de todos los días.