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Óscar Guillermo Solano

México, 1983

 

"Pretendo historias que resistan ser leídas más de una vez, que vayan más allá de la anécdota o la sorpresa. Relatos polivalentes, con algún hueco que pueda llenar el lector"

 

Me llamo Óscar Guillermo Solano García, nací en Guadalajara y soy escritor. Comprendí cómo funciona el alfabeto trazando las letras de mi nombre en la tierra del patio. La primera palabra que escribí conscientemente fue «oso». Mi hermano mayor puso los libros a mi alcance cuando construyó un librero.

Recuerdo cuando llegaron las tablas de la carpintería, cuando las clavó, cuando las barnizó, también el olor de la noche en que esperamos a que el barniz secara. Al día siguiente acomodó en las repisas todos los libros que había en la casa. No sé dónde estuvieron antes. La mayoría eran textos escolares, de entre ellos me aficioné a uno de geografía y a otro de gramática, pero como eran publicaciones de los ochentas, mientras memorizaba los países y sus capitales muchos de ellos estaban transformándose; algo similar me pasó con la gramática, pues un día en la escuela la maestra me informó que la Ch y la Ll ya no eran letras. Como puntilla, por esas fechas cambió la moneda. Creo que sentí lo que sentiré en la vejez, en todo caso, sé que descubrí la nostalgia.

En el librero también había obras literarias. Estaban en el entrepaño más alto y no tenían dibujos. Quizá por eso las admiraba más y me conformaba con ver sus cubiertas. Dos pertenecían a mi papá: la Biblia y Pedro Páramo, ni más ni menos. En mi respeto e irrespeto infantil leía fragmentos de la primera como cuentos y de la segunda como cosa sagrada. Todavía suelo caer en esa confusión impía.

Aún era chico cuando leí Demian, de Hermann Hesse, no lo entendí por completo pero me fascinó, y me propuse escribir para tener libros con mi nombre. Desde entonces muchas cosas han pasado pero el afán ha permanecido.

Estudié Ciencias políticas y después Letras hispánicas, ambas en la Universidad de Guadalajara. En 2005 publiqué mi primer cuento, que por una confusión se intituló “Los días y los años"; en 2008 “¡Digan Whisky!”, que me llevó a Escocia; en 2010 “La última”, que me hizo conocer Xalapa; en 2015 el primer libro sólo mío y con el que visité el Sur de Jalisco: Los echamos de menos. Todos esos textos fueron premiados y me han permitido empezar a consolar al niño que se sintió mal por Yugoslavia, las monedas de 500 pesos y temió y teme que la Ñ sea expulsada del diccionario.

Fragmento de “Tengo un asuntillo en Cumando”

(Solano, Óscar Guillermo. Los echamos de menos. México: Editorial Universitaria, Universidad de Guadalajara, 2015)

Cuando Yuri desapareció se llevó mi auto; no lo robó, yo se lo presté. Se me acercó sin hacer ruido, como espiando en los apartamentos que en ese momento trazaba sobre el restirador y me dijo que necesitaba un coche porque tenía un «asuntillo» en Cumando. Por la manera en que habló entendí que el asuntillo era importante y privado: no podía negarme, no debía hacer preguntas. Quise encontrar otra forma de ayudar, le ofrecí llevarla, pagar los taxis, pero me rechazó con cortesía, dio media vuelta y se alejó. Su silueta temblaba, en el estampado floral de su vestido comenzó el otoño; las luces del pasillo crearon un umbral, un espacio místico que amenazaba con engullirla y hacia el que ella se dirigió; así es como la recuerdo, así aparece en mi mente cada vez que alguien menciona su desaparición. La alcancé y le di las llaves. Tráelo mañana, le dije. Me contestó que así lo haría, y aunque habló sin seguridad ni sonrisa me sentí satisfecho: con Yuri manejando mi auto, con un motivo para verla al día siguiente, estaba salvado por esa noche.

Fui yo quien abordó un taxi, para ir a casa, y más tarde otro para regresar al estudio. Con el tiempo comencé a utilizar la motocicleta, después tuve que comprar un auto nuevo.

El asunto se complicó porque cuando Aina me vio llegar en un coche de alquiler me preguntó qué había pasado con el mío y tuve que inventar un problema mecánico. Sostuve la mentira por 72 horas, hasta que fue oficial que Yuri había desaparecido.

Las preguntas de la policía fueron breves y fáciles de contestar. ¿A qué hora? ¿De qué hablaron? ¿Adónde fue? Las de Aina fueron mucho más complejas, ¿Por qué te pidió el coche? ¿Por qué a ti y no a otro? ¿Por qué me mentiste?

El interrogatorio tuvo lugar bajo las luces indirectas de la sala, en medio de una nube de humo que emanaba de dos tazas de chocolate espeso.

—A veces las cosas se hacen sin razón —le he dicho— No sé por qué me pidió el auto, yo se lo presté porque se lo prestaría a cualquier amigo, ¿entiendes? No te mencioné nada porque me lo devolvería al día siguiente. Ella no desaparecería.

Aina no me cree. Parte del hecho de que mentí y después indaga en todas las posibles razones por las que una persona desearía torcer la realidad; una y otra vez desemboca en la misma pregunta: ¿Por qué me mentiste? Alude a la sinceridad, a la confianza. Yo insisto en que Yuri me devolvería el auto, no te enterarías, digo, y eso incluso a mí me suena brutal.

—No es por el coche —dice.

—Una persona desapareció, una amiga... —hablo con firmeza, queriendo que note lo imprudente de sus reclamos.

Vuelve a decir que le mentí, vuelvo a contestar que fue sin querer, que a veces la gente hace cosas sin pensar, que no hay una razón detrás de cada acto ni una infamia detrás de cada mentira. Pero algo flota entre el humo del chocolate, algo que me punza la conciencia, que atiza su magín. Ninguno lo dice pero se trata de Yuri y yo, de lo que nos une, de ese hilo que ahora es más fino pero que ya no es invisible. Y debo reconocer —debería reconocerlo— que Yuri me pidió el auto porque no se lo negaría, y no le dije nada a Aina porque no puedo pronunciar el nombre de Yuri sin turbarme.

—Tú siempre te has entendido con ella.

—No. —En mi voz hay desconsuelo, así lo siento, así lo ha de notar Aina. Que a pesar de ello siga sin creerme, de una manera abstracta me consuela. Algo parecido me pasa cada vez que la policía me cita para declarar, cada vez que el interrogador busca a Yuri indagando en mi pasado. Me llena de emoción ese expediente donde su nombre y mi nombre están lado a lado, conectados por una línea firme de tinta renegrida.

—¿Ustedes tenían una relación cercana?, ya sabe a lo que me refiero.

No concibo relación más estrecha que la que se tiene con la persona que ha determinado tus pequeñas decisiones secretas; por otra parte, sé que el interrogador me está hablando de una relación carnal. Decir sí y decir no es hablar con la verdad, pero si digo que sí puedo entorpecer la investigación.

—No —contesto. El interrogador tampoco me cree. Si me creyera dejaría de llamarme para esas cada vez más largas entrevistas que siempre terminan con la misma pregunta, con la misma suposición. A veces creo que tienen una hipótesis que dejaría todo en su lugar si la confirmara con una respuesta afirmativa (ella se acostumbró al amor informal que usted le daba y aprovechó el margen de su relación extramatrimonial para liarse con otra persona, usted no lo soportó y la ha asesinado, ocultó su cadáver como hubiera querido ocultar su cuerpo, y guarda el secreto de su paradero como hubiera querido guardarla a ella en vida, en un rincón, en casa y con la pata quebrada; o tal vez se siguen viendo, se encuentran cada semana en el hotel suburbano donde ella aguarda por la muerte de la señora Aina y el correspondiente pago del seguro, por el olvido que les permita empezar de nuevo, ahí se abrazan, hacen el amor. ¿No es así?).

Yo, por mi parte, debo devanarme los sesos, el corazón y otras vísceras. ¿Dónde estás, Yuri? ¿Por qué somos tan ajenos que no tengo ni puta idea de dónde chingados estás?

Despierto a medianoche, estoy alterado y tengo una erección. Bajo al baño y mientras orino trato de revivir el sueño. De golpe, recuerdo que ella ha desaparecido. Entonces la vuelvo ver de espaldas, avanzando hacia esa luz que cada vez me borra más detalles.

Subo al dormitorio, abro mi lado del armario, cojo la chaqueta de cuero y la ajusto a mi cuerpo mientras bajo a la cochera, ahí tomo el casco y las llaves de la motocicleta que arrastro hasta el portón del fraccionamiento. Monto la motocicleta, tomo con precaución la rampa de salida hacia las calles desiertas de la zona, llego a la vía periférica, me dirijo hacia la carretera a Tecuani y en la primera desviación acelero hacia Cumando, acelero y acelero, acelero y pienso...