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Carlos Manuel Álvarez

Cuba, 1989

 

Teclea con dos dedos. Una vez leyó un verso tremendo que le puso los pies sobre la tierra: “¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?”

 

En diciembre de 1989, mientras el mundo celebraba la caída del Muro, yo nací en una isla comunista. Cumplo años el mismo día que Jesús, pero soy ateo. Me fui a vivir a La Habana cuando no tenía ganas de ir, y salí de ella cuando tenía ganas de quedarme. Escribí muchos poemas inéditos que merecidamente no fueron a parar a ningún lugar, y sobre esa montaña de estiércol estoy parado. Después de apuntarme infinitas veces a la ruleta rusa de los premios literarios, la persistencia, más que la suerte o el talento, me permitió ganar un concurso para narradores jóvenes y en 2014, dos años después de haberlo escrito, presenté en la Feria del Libro de La Habana (FILH), de la mano de la editora Abril, un cuadernos de siete relatos, La tarde de los sucesos definitivos, que luego lo publicó en Uruguay la editorial Criatura, y que es un libro que habla sobre todo de la derrota, del arte de perder, creo, y que aún, por suerte, no desprecio ni rechazo. Recibió críticas del tipo que alegran la vida: mejor debut, etcétera.

He publicado crónicas y artículos en revistas y periódicos en los que siempre quise publicar: The New York Times, El Malpensante, Gatopardo. En 2015 obtuve el Premio Iberoamericano de Crónicas Nuevas Plumas. Escribo todos los días, hago muy pocas otras cosas que no sea escribir, y mientras más escribo, menos místico me parece. Es apenas el duro trabajo de un obrero. Las preguntas sobre por qué escribir vienen solo cuando uno no escribe, y esas preguntas no me las hago, las escribo. Me entro a trompadas con el sujeto que soy cuando el sujeto que soy tiende a compadecerse. Las únicas ciudades que me han gustado son Nueva York, solo durante la primera media hora que la recorrí, y una Habana, repleta de amigos ya dispersos, que no parece haber ocurrido, que nunca podría haber ocurrido ya. Soy tragicómicamente cubano. Intento ser algo más, o algo menos, que el retrato siempre incómodo de las autobiografías. Me caigo bien.

Fragmento de Disgrace

(Álvarez, Carlos Manuel. La tarde de los sucesos definitivos. Uruguay: Criatura Editora, 2014)

Desde las cuatro y media de la tarde, bajo los árboles tupidos de la Plaza de Armas, y entre los libros empolvados y los stands particulares que rodean la manzana, Juan Orlando Pérez espera por Hamlet Hidalgo. Ha llegado a la cita con media hora de antelación. Lleva un pantalón claro de mezclilla, zapatos deportivos, un pulóver blanco y su mochila negra colgada de un solo hombro. Se entretiene recorriendo los puntos de venta y luego toma asiento en uno de los bancos que hacen esquina y desde el cual se divisa una parte de la bahía. Las calles estrechas y adoquinadas de La Habana Vieja siempre le han provocado una extraña sensación de nostalgia, incluso cuando era joven, vivía en Cuba y tenía, como se dice, la vida por delante, aunque hay veces que la vida no está por delante sino por el costado, y en ocasiones, cuando te asesta un mazazo terrible, la vida avanza por detrás, con la capucha de un monje medieval encima y con las armas de un psicópata en la mano. Juan Orlando es muy blanco. Es alto y narizón y se ha quedado calvo. No sabemos por qué suda tanto. No sabemos si suda tanto porque los últimos años en Europa lo han vuelto un inglés hormonal o si en la ciudad hace más calor que de costumbre o si siempre ha sudado tan a chorros. Sabemos que sus modales son impecables. Sabemos que antes de marcharse a Londres ya sus modales eran impecables y que muy probablemente esa falta de presteza de los cubanos haya sido la razón principal que llevó a que Juan Orlando Pérez rentara un apartamento en la zona del Southgate y se quedara definitivamente en aquel país frío y legendario.

Ha decidido regresar este verano porque Inglaterra se ha vuelto un hervidero. Revueltas en las calles, amotinamientos, autos incendiados. Aun así, las zonas céntricas de Londres no se detienen, siguen igual. No le queda familia en Cuba. Sus padres fallecieron, no tuvo hermanos, tampoco hijos. Camina hacia el centro de la plaza. Desde ahí domina la bocacalle de O’Reilly. Cuando Hamlet Hidalgo aparece, ya sabe que es él. Nunca lo ha visto, pero esos cabellos sucios y esa barba rala y deformada se adaptan a la voz y a la actitud del muchacho con el que veinticuatro horas antes estuvo conversando. Al fin nos conocemos, dice Juan Orlando cuando Hamlet se acerca (pues por alguna razón Hamlet también sabe que Juan Orlando es Juan Orlando) y ambos se abrazan o hacen como que se abrazan. Hamlet lo mira asombrado. Lo mira durante un par de minutos que pesan como horas. Bueno, y qué, ¿nos sentamos en algún lado? Sí, sí, donde digas. Juan Orlando no dice nada; sencillamente salen caminando como si no les hiciera falta un sitio, aunque más bien como si la primera cafetería que salte a la vista les parezca la idónea. A los cinco minutos llegan al hotel Las Ruinas y ocupan una mesa de cuatro en el portal. Juan Orlando pide una malteada y le pregunta a Hamlet qué va a tomar. Hamlet le dice que no tiene dinero. Juan Orlando sonríe. Yo pago, muchacho, descuida. Otra malteada entonces, por favor. Un mendigo se acerca. Hamlet no los soporta. Nunca le ha dado a ninguno ni un centavo y no cree que vaya a dárselo alguna vez.

Es más, le gusta despreciarlos, le gusta echarlos a un lado y decirles que se pongan a trabajar, que él sabe que pueden trabajar, aun cuando hay muchos pordioseros dispersos por La Habana que evidentemente no pueden trabajar ni en las labores más elementales porque les falta un brazo o un pie y hay a quienes incluso les faltan los dos brazos y un pie o ya, de plano, todos los miembros. Algunos son veteranos de Angola o se hacen pasar por veteranos de Angola. Puede que hayan sufrido el accidente en alguna pesquería o en algún suceso casero, pero siempre es mejor ser un veterano de guerra que víctima del azar. Juan Orlando, sin embargo, le regala unos menudos al mendigo. Acto que a Hamlet no deja de causarle sorpresa. Hamlet hubiera querido las monedas para él. Sirven las malteadas y el muchacho se queda mirando cómo la espuma baja y el líquido sube y cómo ese contraste tan perfecto poco a poco se va perdiendo ante su vista. Recomiéndame algo, le proponen de golpe. ¿Algo de qué? Una puesta, una película, algún autor cubano que leer. Ángel Escobar, dice Hamlet. No, Ángel Escobar ya lo he leído. Otro, recomiéndame otro. ¿No le gusta Ángel Escobar? Sí, me parece magnífico Escobar, pero háblame de otro. No, no conozco a más nadie. ¿No te viene otro escritor a la mente? No es que no me venga, no conozco a ningún otro, no me va a venir ningún otro escritor cubano a la cabeza porque no lo conozco. Solo conversemos, muchacho, como por teléfono, no es tan difícil. Hablemos de Escobar entonces, me encantaría hablar con usted de Escobar, o de nosotros, me encantaría hablar de Cementerios, esa crónica que escribió hace unos años, pero no de los escritores cubanos, por favor.

¿Te desagradan los escritores cubanos? Como norma, sí. ¿Y quién se escapa de la norma? Escobar, por ejemplo. ¿Usted sabe que Escobar está vivo?, pregunta Hamlet. No, yo tengo entendido que se suicidó. No, no se suicidó, yo lo conozco. ¿De dónde? De aquí, de La Habana, todas las semanas lo visito. ¿Y qué hace? Es librero. Juan Orlando lo desmiente. Sí, es librero, en Calzada y K. No conozco esa librería. Quizás no existía cuando usted vivía aquí, no sabría decirle, yo llevo cuatro años en La Habana, no más. Pero el Escobar que yo conozco se lanzó de una ventana. Bueno, no sé cuál es el Escobar que usted conoce, pero Ángel Escobar, negro poeta de grandes mostachos y alrededor de cincuenta años, es librero en Calzada y K y yo lo visito asiduamente. En Calzada y K queda la beca. Exacto, frente a la beca vive Escobar. Juan Orlando se acomoda la mochila entre las piernas y se seca el sudor de la frente con un pañuelo que ha sacado del bolsillo. El calor es terrible, se queja. ¿En Londres hace calor? No, calor no, pero tampoco hay aire, el aire no corre. Hay una plaga inextinguible de turistas. Hay turistas colgando de cada farol de Westminster, de cada árbol de Hyde Park. La BBC de fondo, dando malas noticias. Eso es lo que hay en Londres, pero no calor y mucho menos aire.