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Jennifer Thorndike

Perú, 1983

 

"Leo y escribo. Quiero que mi literatura sea intensa y muestre lo que nos cuesta aceptar"

 

Nací en Lima, Perú, en el año 1983, un 23 de octubre que hubo temblor, como es usual en ese mes y ciudad. Comencé a escribir cuando tenía catorce años, por eso quise estudiar literatura o periodismo, pero no pude convencer a mis padres. En los años noventa, Perú había pasado por una fuerte crisis económica y preferían que estudiara alguna carrera que fuera considerada más lucrativa. Terminé ingresando a  psicología. A pesar de mi interés por la medicina y la psiquiatría, las visitas al anfiteatro anatómico me obligaron a dejarla y pedí mi traslado a comunicaciones. Me gradué con honores, pero con la bronca de no haber estudiado lo que quería. Un profesor me dijo que estaba seguro que dejaría la carrera por la escritura. Tuvo razón. Mi revancha llegó en 2012, cuando ingresé a la Universidad de Pennsylvania, en Filadelfia, a estudiar un doctorado en estudios hispánicos. Ahí aprendí a enseñar e investigar, actividades que me apasionan tanto como la escritura y la lectura. En un año termino mi tesis y seré PhD.

Publiqué mi primer libro de cuentos Cromosoma Z, en 2007. Era bastante joven, tenía 23 años y unas ganas incontrolables de ver ese libro en mis manos. Me tomó cinco años más publicar mi novela (ella) que tuvo una segunda edición en 2014. Ambas se agotaron muy rápido. Gracias a (ella) pasé de las editoriales independientes a publicar mi segunda novela Esa muerte existe, este año en la editorial Penguin Random House, en su sello Literatura Random House. En esta novela se entrelazan mi antigua obsesión por entender la mente humana y su comportamiento, ya sin las visitas al anfiteatro, así como también mis estudios de posgrado en teoría política y estructuras sociales. Gracias a Michel Foucault por esto. También publiqué el libro de cuentos Antifaces, en 2015, y algunos de estos relatos fueron traducidos al inglés, portugués y francés.

Como dato extra, me gustan los juegos de video como Silent Hills y Resident Evil, colecciono Stormtroopers y leo sin parar todo el tiempo. Quizá se podría decir que soy gamer, friki y nerd, pero ante todo siempre voy a ser escritora.

Fragmento de Esa muerte existe

(Thorndike, Jennifer. Esa muerte existe. Perú: Literatura Random House, 2016)

Final

Colabore, escucho que dice alguien. Y grito con todas mis fuerzas, grito porque me desespero, porque no pueden pedirme que colabore con mi propia muerte, porque no quiero morir. Grito hasta que siento una mano que me tapa la boca con fuerza. Colabore, repite la voz, pero yo no colaboro y tenso los músculos, luego intento mover los brazos para golpear. Pero los oficiales me levantan en peso, levantan mis cincuenta kilos con facilidad, levantan ese cuerpo que se retuerce y lo depositan en la camilla. Y los otros oficiales lo atan sin perder tiempo, cruzan las amarras sobre las piernas, el abdomen y la cabeza, y cuando no puedo moverme, cuando me sacudo y ellos comprueban que mi agitación es inútil, me quitan las esposas, separan mis manos y las atan una a cada lado. Dejan mis brazos estirados para exponer las venas donde los técnicos clavarán las agujas, dos vías para asegurarse que la ejecución se realice sin contratiempos si el primer intento falla. Entonces reparo en la luz verde que me ilumina desde el techo, una luz que me ciega y me obliga a cerrar los ojos para no ver a los técnicos que ya se acercan con las agujas preparadas para su inserción. Cierro los ojos y siento los dedos palpando mis antebrazos e intentando encontrar la vena más adecuada, vena gruesa y azulada en la que siento un pinchazo, dos pinchazos, y de pronto las agujas están dentro. Abro los ojos y las veo. Entro en pánico. Cierro los ojos otra vez.

Todo está en orden, dice uno de los técnicos. Ya se puede empezar, asegura el otro. Sé que han verificado que el catéter no esté obstruido, que las sustancias son las apropiadas y que la cantidad que aplicarán es la adecuada para matarme lo más rápido posible. Pero en ese momento recuerdo que hay muchas posibilidades de que la ejecución sea dolorosa y el miedo se incrementa. Quizá no me quedaré dormida aunque declaren que estoy inconsciente y sentiré un dolor insoportable acompañado de la sensación de asfixia. Intentaré levantarme de la camilla desesperada para tomar bocanadas de aire, bocanadas inútiles, porque mi diafragma estará paralizado. No podré respirar, me faltará el aire como le faltó a Lucía, y se reproducirán en mí los sonidos que escuché cuando tenía mis manos alrededor de su cuello. Tengo miedo porque iré perdiendo poco a poco cada uno de mis reflejos y estaré consciente, muy consciente de estar muriendo hasta que la tercera sustancia detenga mi corazón, tras varios minutos de terror. Entonces me salen lágrimas de los ojos, lágrimas que se incrementan cuando el director del Corredor de la Muerte repite que todo está en orden y se acerca al vidrio del Cuarto de los Testigos para abrir las cortinas negras y exponer mi cuerpo atado y sometido a la camilla con la cara empapada en lágrimas, los brazos amoratados y las piernas temblando sin control.

Entonces el director del Corredor de la Muerte abre una carpeta y lee la sentencia. ¿Es usted Sofía?, me pregunta cuando finaliza. Sí, respondo. ¿Entiende usted la sentencia a la que acabo de dar lectura?, continúa. Sí, respondo. ¿Entiende usted que tiene derecho a dar sus últimas palabras?, ¿hará uso de ese derecho? Sí, respondo. Entonces el director del Corredor de la Muerte me acerca el micrófono y yo intento levantar la cabeza para ver a Adriana, para saber si ha venido a verme aunque yo no pueda oírla. Pero no puedo levantar la cabeza porque está atada a la camilla, no puedo y me angustio y le pregunto al director si mi abogada ha venido, y él da una respuesta afirmativa. Pero yo no le creo. Necesito levantar la cabeza unos segundos para verificarlo. Y entonces desespero porque no puedo moverme y también porque el director me apura para que comience a hablar. Tienes que hablar ahora, dice, está todo listo. Pero yo quiero ver a Adriana y no puedo levantar la cabeza, no puedo moverme, pero decido hacer uso de mi voz, que es lo único que todavía poseo, uso mi voz y mis últimas palabras para encontrarla.

¿Adriana, estás ahí?, pregunto. ¿Estás ahí?, repito. Pero no obtengo respuesta, nadie se acerca al vidrio, nadie pone sus dedos en el cristal para que yo los vea ni estira su mano para demostrar su presencia. Nadie se despide y yo siento miedo. No quiero sufrir, pero lo hago porque ella no responde, porque no puedo ver su cara, porque no sé si está triste, tampoco si vino a verme morir o prefirió no comprobar su fracaso. Porque renunció a acercarse a mi cadáver y a hacerse responsable de él. Porque finalmente nunca fue nada más que una abogada que pretendió hacer despegar su carrera utilizándome y perdió su gran oportunidad. Perdió como yo pierdo ahora mis últimas palabras, las desperdicio, y en lugar de pedirle perdón a Lucía, pregunto estúpidamente si Adriana está ahí. Lo repito varias veces, hasta que el director del Corredor de la Muerte me interrumpe y pregunta si tengo algo más que decir. Pero yo no le hago caso y sigo preguntando: ¿Adriana, estás ahí? Pregunto sin parar, perdiendo la  poca cordura que me queda y sintiendo miedo, miedo a la muerte, miedo a lo que vendrá. Solo quiero ver a Adriana por última vez. Y sigo preguntando por ella, no me detengo a pesar de que se ha acabado mi tiempo, y el director del Corredor de la Muerte decide dar la orden de ejecución para dormirme y apagar esa voz que perturba a los testigos y al capellán, que esperan una muerte pacífica y sin contratiempos, una muerte silenciosa que no los haga sentir culpables. Y entonces da la orden y unos segundos después me siento adormecida. Y mis ojos se cierran sin ver a Adriana. Mis ojos se cierran y mi voz se apaga.