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Ave Barrera

México, 1980

 

Escritora y traficante de mezcal. Ama la naturaleza, las palabras y las historias

 

Nací en junio del ochenta, en la bella Guadalajara. Mi madre es de Sinaloa y mi padre de Chihuahua, así que salí norteña y bronca, como el Piporro. Mi pobre madre nunca pudo hacer de mí una mujer refinada, pero le hizo la lucha. Me siento honrada de tener mucha abuela: doña Carmen fue maestra rural en la sierra Tarahumara, y mi nana, Natalia, cocina con una sazón digna de los dioses del valle del Yaqui. Mi mamá quería que siguiera su dechado y que estudiara medicina, pero nomás por contreras me inscribí en letras, por supuesto, en la UdeG. Cuando terminé me fui a vivir a Oaxaca. Allá me enamoré del mezcal, de las montañas y de las nubes. Se me aplacó un poquito el acento y lo broncuda. Me dio por hacer libros, aunque luego caí en la cuenta de que lo que quería era escribirlos.

He sido una muchacha muy afortunada: me dieron un Fonca y un premio gordo con la primera novela a la que le puse Puertas demasiado pequeñas, he encontrado amistades muy valiosas que se convirtieron en mi familia, me dieron chance de estudiar una maestría en la UNAM, he tenido oportunidad de viajar y de conocer personas de las que he aprendido mucho. Tengo una pata loca que me mueve a hacer libros, proyectos y toda clase de desfiguros literarios, como el libro de artista 21000 Princesas que hice en coautoría con mi hermana del alma, Lola Hörner, donde reescribimos los cuentos de hadas tradicionales en forma de nota roja para denunciar los feminicidios que están asolando el país. He escrito varios libros infantiles: una novela que se llama Una noche en el laberinto, publicada por Edebé con ilustraciones de Carlos Vélez; Nezahualcóyotl, coyote hambriento con ilustraciones de Estelí Meza; Tláloc, Piedra de agua con ilustraciones de Richard Zela; la serie de guías Así era Monte Albán, Así era Tulum y Así era Teotihuacán (los dos últimos en prensa) ilustrados por Amanda Mijangos. Como les digo, he sido una muchacha con suerte.

Fragmento de Puertas demasiado pequeñas

(Barrera, Ave. Puertas demasiado pequeñas. México: Editorial Laguna Libros, Universidad Veracruzana, 2016)

Horacio prendió la mecha de un cirio del grosor de un tronco y con la flama se dibujaron las dimensiones del recinto: una caja larga, como de veinte metros de profundidad por seis de altura y seis de ancho. Empotrado sobre la pared del fondo había un retablo estofado, de talla relativamente simple. Horacio prendió dos cirios más. Las flamas iluminaron lo suficiente para distinguir con toda claridad el portento que tenía frente a mis ojos: La Morisca.

La tabla estaba encajada como a metro y medio del piso. Me fui acercando a ella, cada vez más asombrado de la belleza de su composición, hasta quedar con la cara casi pegada a la superficie. Era imponente. Dos metros de ancho por tres de alto. Los colores iluminados por la luz de los cirios cobraban un peso y una profundidad que me oprimían el pecho. Sentí como si fuera la primera vez que veía una verdadera pintura, como si nunca antes hubiera observado algo así de bello. Habían pasado tantos años desde que trabajaba con mi maestro, que me había olvidado de la sensación de estar frente a frente con una obra tan antigua, sin luces de museo, sin una línea que me impidiera aproximarme y tocar las craqueladuras, oler la vejez de los materiales, adivinar las pinceladas debajo de las veladuras y la pátina. Era como traspasar la impostura de la sacralidad para entrar en el cuadro y apropiarme de él, de todo el genio que había detrás de la imagen y que funcionaba como un mecanismo de precisión; el engranaje de un reloj que llevara cientos de años oculto, sin detenerse.
Joven, no mire demasiado esa tela, pues caería en la desesperación —dijo Horacio, haciéndome volver del embeleso.
—¿Eh?
—Así le dice un personaje de Balzac a un muchacho que miraba una pieza, precisamente de Mabuse. El Adán, ¿lo conoces?
Negué confundido, no sabía si me hablaba de un libro o de un cuadro o de qué.
—Claro que como tú tienes que copiarlo no te queda más remedio que caer en la desesperación —dijo, y se rió. Horacio se había sentado en un tosco mueble de madera, parecido a los que usaban los monjes de la Edad Media para copiar manuscritos—. Durero decía que Gossaert Mabuse no era más que un simple artesano con buenas intenciones —dijo Horacio subiendo los pies a la tabla de escritura—. Engreído.

Nunca entendieron que su verdadero genio consistía en crear el error, la mancha incidental, capaz de provocar mucho mayor inquietud que el torpe naturalismo de los pintores flamencos o los jueguitos de símbolos ocultos y tarugadas por el estilo que tanto le comieron el seso al mismo Durero. Pero como te decía, solo es atribuida. No hay ninguna firma o prueba fehaciente de que el autor haya sido Mabuse, además de lo inconfundible del trazo y que coinciden los tiempos, las referencias geográficas… Pero la verdad es que pudo haber sido cualquier otro pintor de la época.

Me alejé un poco para apreciar el conjunto. Horacio se quedó en silencio y volví a caer en el estupor del cuadro. En el primer plano estaba la mujer, vestida con un ropón azul de abundantes drapeados, salteado de piedras brillantes como constelaciones de estrellas, los vuelos rematados en filigrana de oro. A diferencia de la mayoría de los cuadros del Renacimiento, los rasgos de La Morisca se alejaban mucho del ideal europeo: tez bronceada, cejas abundantes, ojos grandes y ligeramente rasgados, labios gruesos y cabello oscuro. Sentada de tres cuartos, la mujer miraba de frente al espectador sosteniendo entre las manos, sobre el punto áureo del cuadro, una esfera perlada, opaca, que parecía no tener peso. Detrás de la mujer se hallaban las ruinas de una construcción clásica, columnas y capiteles invadidos por la maleza. En un tercer plano detrás de las ruinas estaba el paisaje, iluminado por el sol que se filtraba entre las copas de los árboles. De pronto sentí una respiración clavada en mi nuca que aspiraba con fuerza y di un salto para alejarme de Horacio.
—¿Y quién era La Morisca? —pregunté nervioso.
—¿Te refieres a la mujer? —dijo esbozando una sonrisita cínica—. Por lo que sé, no es una persona en especial. Debe ser algo así como la representación simbólica de un concepto, como la escultura de la Justicia. Claro que no es la justicia, ni la libertad ni nada de eso, es mucho más complicado. Yo nunca entendí de qué se trataba todo ese asunto. Papá me daba algunas explicaciones vagas, pero recuerdo poco. El nombre de la pintura tampoco está documentado. Desde que me acuerdo, papá la llamaba así, pero es solo un modo de referirnos a ella… Ahora que si quieres averiguarlo, basta con que te pongas a estudiar todo esto —señaló la enorme estantería detrás de él donde se guardaban cantidad de pergaminos enrollados y volúmenes encuadernados en piel, detrás de una cerrada malla metálica—, solo necesitas saber húngaro, alemán antiguo, latín, griego…

Yo estaba cada vez más intrigado, aunque las preguntas no acababan de tomar forma en mi cabeza. Fui a sentarme en un banco largo, pegado contra el muro, y me preguntaba qué contendrían todos esos papeles viejos, qué relación tendrían con La Morisca. Volví a mirar el cuadro desde ese ángulo. Iba a ser un trabajo colosal, nunca antes había intentado hacer algo así.
—Vamos, tienes mucho tiempo para mirarla todo lo que quieras. Te dejo la llave. Cierra siempre cuando salgas, no debe entrar nadie más, ¿entendido? Afuera, en la terraza, el sol se colaba entre las guías de buganvilla y pasiflora.