Responsive image

Carol Bensimon

Brasil, 1982

 

Personas inadecuadas, desplazamientos, música, impulso de vida, pensar demasiado, lugares extraños. Siempre es acerca de todo eso

 

 

Nací en 1982 enPorto Alegre, sur de Brasil, de una madre que había llegado de Alejandría, Egipto, con toda su familia, en 1957 (judíos sefarditas) y de un padre descendiente de portugueses, viviendo desde hace dos generaciones en Sudamérica. Soy hija única y, desde que puedo recordar, tuve ganas de ser escritora. Mi formación como ficcionista pasa obligatoriamente por juegos solitarios con Lego, Playmobil y naves espaciales.

Publiqué mi primer libro mientras cursaba la maestría en Escritura Creativa en la Pontifícia Universidade Católica do Rio Grande do Sul, en 2008. Pó de parede (Polvo de pared) es un tríptico de historias centradas en personajes femeninos y elementos arquitectónicos: una casa modernista, un condominio de lujo en construcción, un hotel decadente en la sierra. En 2009 publiqué la novela Sinuca embaixo d’água (Un billar bajo el agua), una historia contada por múltiples narradores, todos relacionados por el accidente de carro que le quitó la vida a Antônia, el personaje ausente. Todos nós adorávamos caubóis (Todos adorábamos a los cowboys), mi novela más reciente, es una narrativa de carretera protagonizada por dos jóvenes mujeres que viven una relación ambigua. La trama se desarrolla sobre todo en pequeñas ciudades de Rio Grande do Sul y en el  amplio paisaje casi despoblado de ese que es el estado más septentrional de Brasil.

En los últimos años todos mis libros fueron traducidos al español: Polvo de pared fue publicado en Argentina por Dakota Editora; las novelas Un billar bajo el agua y Todos adorábamos a los cowboys fueron publicados en España por Continta Me Tienes. We all loved cowboys también será publicado en los Estados Unidos.

Publico eventualmente cuentos en antologías y escribo para el periódico Zero Hora. Estoy trabajando en un libro que cuenta una historia que sucede al norte de California. En 2012 la revista inglesa Granta me incluyó en su lista de mejores jóvenes escritores brasileños.

Fragmento de Todos adorábamos a los cowboys

(Bensimon, Carol.Todos adorábamos a los cowboys. Brasil: Continta me tienes, 2015.)

Lo que hicimos fue tomar la BR-116, pasando sobre puentes con publicidad de ciudades que no teníamos la mínima intención de visitar, o que hablaban sobre la vuelta de Cristo y la cuenta atrás para el fin del mundo. Dejamos atrás las carreteras secundarias cuyo inicio marca la autopista, y que después se acaban perdiendo en un polígono industrial y en algunas chozas perdidas alrededor de un arroyo, donde los perros callejeros caminan despacio y casi nunca ladran, y seguimos hasta que la recta se convirtió en una curva. Yo conducía. Julia tenía los pies sobre el salpicadero. Apenas podía mirarla. Cuando no se sabía la letra de las canciones, tarareaba. «Te has cambiado el pelo», dije mirando de reojo su equillo. Julia contestó: «Cora, hace ya unos dos años». Nos reímos mientras subíamos la sierra. Eso fue al principio de nuestro viaje.

Mi coche había estado parado bastante tiempo en el garaje de casa de mi madre, rodeado de un montón de trastos, bajo una funda plateada impermeable, como un gran secreto que no puedes esconder, o como un niño que intenta desaparecer poniéndose las manos frente a los ojos. Al principio mi madre se moría por deshacerse de él. «Es mal negocio tener un coche parado todo ese tiempo», decía, aunque no entendiese ni mucho ni poco de negocios, y menos todavía de librarse de las cosas. Vivía en una casa que ya me parecía grande cuando éramos tres. Si abrías determinados armarios de esa casa, podías presenciar la evolución de la indumentaria femenina desde mediados de los años 60. Bonitos abrigos, lindos vestidos en los que mi madre ya no cabía. En cuanto al coche, fui directa, le dije: «Tal vez vuelva». Podía sentir su respiración atravesando el océano y casi naufragando antes de encontrar de nuevo tierra firme. Tal vez fuera un error darle esperanzas a una madre solitaria, sobre todo teniendo en cuenta que, en aquel momento, yo ni siquiera consideraba la posibilidad de un retorno. Nunca más hablamos sobre el coche.

Tres años después yo estaba de vuelta, y me encontré un garaje más lleno que nunca. Apenas podía ver las losas color teja del suelo. Había cajas de todos los tamaños, bolsas llenas de papeles, rodillos quitapelusas, un calentador eléctrico, una bicicleta pequeña, una neverita a la que le faltaba una pata. Tenía la impresión de que podía escribir «lávame» en el aire con la punta de mi dedo índice. Empujé las puertas plegables de madera y dejé que la luz entrase. Durante algún tiempo me quedé mirando la calle. Ya no era la misma calle. Quiero decir, era la misma calle, pero en lugar de las casas de mis amigos de la infancia –¿dónde estarían ahora?– había un edificio. Me asustaba pensar que las preferencias estéticas de alguien pudieran estar resumidas en aquel mastodonte blanco de diecisiete pisos, que destacaba en la manzana como una mujer desnuda en una congregación de monjas, o como una monja en el I Encuentro Brasileño de Practicantes de Poliamor.

Entré de nuevo en el garaje. Quité la funda impermeable del coche. Estaba realmente limpio. Un extraño cuerpo azul metálico en medio de aquella confusión llena de polvo. La batería, o lo que quiera que fuese, había dejado de funcionar.

Aunque el coche no pudiese salir de allí en aquel momento, ajusté el respaldo del asiento y me senté dentro. Por poco no puse mis manos sobre el volante. Los coches no me apasionaban. Nunca escribiría la palabra «coche» en un formulario que intentase mapear mis áreas de interés. Si me preguntas cuál es el modelo de aquel coche que acaba de pasar nunca te lo sabría decir. Era desplazarme lo que me atraía, el desplazamiento como un fin. Yo pensaba en cómo esto es evidente cuando tienes tu primer contacto con un coche, hasta que poco a poco todo cambia, y este alcanza, por así decirlo, su plena funcionalidad, su razón de existir: llevarte del punto A al punto B de la forma más rápida y cómoda posible.

A los 18 años, por el contrario, cuando conduces tu primer coche, con tu carné de conducir en una funda de plástico y aquella foto ridícula con ese corte de pelo del que te vas a arrepentir después, lo único que quieres es rodar por las carreteras vacías de la madrugada sin llegar nunca a un punto B. O mejor, tu punto B es un álbum que escuchas de principio a fin, tu punto B es un lago al que miras mientras fumas, con todos los amigos que has podido meter en el asiento de atrás. Lo raro es que conservar esas costumbres pasada su fecha de caducidad hace que estas parezcan, a ojos de los demás, un mero rasgo de excentricidad de alguien que no supo crecer.

Ese era el tipo de cosas que podían irritarme. Mientras pensaba en ellas, mi madre entró en el garaje. Por el espejo retrovisor, vi cómo pasaba sus dedos por las cajas llenas de polvo, con la cabeza baja, dando la impresión de que leía lo que pudiese estar escrito allí, como si hasta aquel instante hubiese ignorado el contenido de esas cajas o ni siquiera supiese por qué estaban apiladas en su garaje. Salí del coche y esperé a que se acercara. Ella me regaló una de sus sonrisas fuera de contexto. «¿No arranca?». Era bastante común que las malas noticias saliesen de la boca de mi madre acompañadas por una sonrisa. No era maldad, al contrario, lo hacía para compensar.

— Creo que sería un milagro si arrancase — dije.

Estábamos de acuerdo en que no podía ser nada grave, un mecánico podría resolverlo girando una llave inglesa. Seguimos allí de pie. Miré a mi alrededor. Era curioso que no me acordase de aquella bicicleta. Yo era la única niña que había vivido en esa casa.

— ¿Julia va a viajar contigo?

— Aham.

— Pensé que os habíais peleado.

Era una bicicleta con ruedines, y había una bocina en el manillar.

— Pensé que ya no os hablabais. Os peleasteis una vez, ¿no?

—Sí. Pero ya estamos bien.