Responsive image

Camila Fabbri

Argentina, 1989

 

"Desde mi insomnio agudo en la infancia, hasta la primera vez que escapé de un incendio. Sobre eso escribo"

 

Me nombraron Camila Fabbri cuando nací, hace 26 años atrás, en una clínica en Buenos Aires, Argentina. Escribo cuentos y dirijo teatro.

A mis nueve años empecé a ahorrar plata que me regalaban en mis cumpleaños para asistir a la Feria del Libro Infantilque se lleva a cabo todos los años. Esos objetos eran míos, los había deseado todo el año, y los alineaba por colores en una repisa al costado de mi cama.

A mis 19 años escribí mi primera obra de teatro, Brick, que  fue seleccionada en un concurso de dramaturgia municipal para su posterior montaje. Como en ese momento tomaba clases de actuación y notaba que podía pasar horas viendo a mis compañeros actuar sin necesidad de poner el cuerpo, me animé a dirigir mi propio texto. Entendí que el teatro y la escritura iban unidos para mí.

A mis 22 años dirigí mi segunda obra: Mi primer Hiroshima, partiendo de un cuento en el que una aviadora le temía más a un romance que a los aviones en plena batalla.

Hoy estoy trabajando como directora en el tercer montaje de la obra teatral Condición de buenos nadadores,  tomando una  historia de mi primer libro de cuentos,  publicado en diciembre del año 2015, por la editorial argentina Notanpuan. Mi libro se llama Los accidentes, y reúne cuentos en los que todo personaje padeció el temor de pensar en la catástrofe. El pensamiento es la fatalidad, es la idea del accidente la que los engloba a todos ellos.

De algún modo, estos trabajos siguen siendo una forma de ahorro a futuro; al igual que cuando tenía nueve años y notaba la conmoción al desplegar una torre de libros nuevos, recién impresos, sobre mi repisa.

Fragmento de “Nacimiento”

(Fabbri, Camila. Los accidentes. Argentina: Notanpüan, 2015)

Nacimiento

1.

Cada vez que una persona me dirige la palabra le es imposible no detenerse en mi cicatriz fina, con forma de corvina. Instantáneamente después, me preguntan por Pedro.

2.

Lo conocí cuando era muy chica. Teníamos veintipocos. Charlábamos bajo el rayo de sol de una plaza. No pasó mucho tiempo, Pedro largó unos cuantos chistes y ahí me mostró su hazaña. Me contó que llevaba una capa imaginaria para protegerse de algunas cosas. Entre rubores, me dijo que yo podía ser una de esas cosas. Capa invisible, pero eficiente.

Sin nada más que su cuerpo de hombre, no recién nacido pero casi, se tiró de una columna que había en una escuela de educación primaria, cercana a la plaza. La altura no era de temer, pero la caída podía dar pies rotos. Se arrojó el hombre. Boca abajo, el pelo rubio embarullado sobre la nuca.

Pasó el tiempo, que fue poco.

Yo lo espiaba desde arriba. Se me volaba el pelo con el viento que provocaba la multitud en la plaza. “Pedro” le decía yo, “Oh Pedro”. Parecía que alguien me había puesto ahí, las piernitas tiesas. Pedrinho, ¿estás bien? ¿No te habrás muerto, no?”

El tapado violeta se me corre, no deja nada al descubierto porque soy joven y como joven que soy, me visto viejo. Porque todo me tapa, porque me avergüenzo fácil, y mi madre coopera con el ocultamiento. Si estuvieras muriendo, ahí abajo, ¿no sería interesante, incluso apasionado, que pudieras verme las rodillas? Pero no. Tapado eterno.

Así de rubio como era cuando lo conocí, estaba vivo. El piso de la plaza brillaba de sangre. La primera sangre que vi de Pedro. La de las fosas nasales. Se dio vuelta y me dedicó una mirada. Después llegó la sonrisa. Siempre venía una sonrisa cuando instantes antes había líquido. Así de unidos los tópicos. La sangre y la alegría formaban en Pedro un unicato.

En ese primer momento me asusté un poco. Quise pensar en qué me estaba metiendo con ese chico. La mayoría de mis amigos me aconsejaba estático, es decir, dejaban en mí la decisión de entrar allí –en la relación anómala– o de escapar hacia un rumbo más estable. Y con él, pura pereza la mía, pero con él ya había una comunidad.

Pedro ya quería tenerme. Había hecho en mí una elección. Me sumo como perro a tu jauría, Pedro, y vamos.

No pasó mucho tiempo hasta que empezamos a divertirnos. No voy a mentir. Fue un tiempo en que dejé de viajar al campo para visitar a mi familia. Ellos tenían ocupaciones más reales. Las ocupaciones se les hacían visibles, y como a mí ya no me ponían encima los ojos, era más propensa al olvido. Dejé de usar el tapado violeta. Quedaba en casa haciéndoles compañía a los progenitores en lo melancólico.

Un día tenía miedo. Me desperté así. Se me había calado la voz de mi mamá en el pecho. Cuando hablaba, la oía. Mi voz era la de ella, estaba opacada por su tono. En mi pecho se batallaban personalidades. Sabía que yo era yo y que ese era Pedro, pero no podía oírme.

Retomamos el tema de las capas. Pensar en la capa como superhéroes de la ciudad nueva. Me agarró de la mano y corrimos. En la calle un colectivo verde. No recuerdo la cifra. Corrimos fuerte. Nos agachamos. El colectivo pasó por delante nuestro y en un envión, nos tiramos. Lo primero que pasó fue que nos raspamos grave las espaldas. Las nucas. Nuestros pelos fueron a parar debajo de una de las ruedas de adelante. Hicimos ruido. También el transporte. Lo que más oí fue el ruido de nuestras pieles quebrando. Los gritos de alguna persona. Era día de semana. Lo segundo que pasó fue que la mano de Pedro me dejó de agarrar. Eso no me gustó nada. Con la fuerza de envión era lógico que algo de eso pasara. Lo tercero que pasó fue que no morimos. Ese fue nuestro primer intento. Un éxito.

Después de tirarme debajo del colectivo verde, dejé de oírla a mi mamá. Estaba curada.

Había tardes en que nos tirábamos debajo de autos civiles. Las espaldas siempre rotas. No quiero hablar del después, cuando hacíamos reposo para curarnos. El después casi no existía. Duraba poco, y al instante después, estábamos otra vez accionando. Estar de novia para mí era eso: el estado de alerta.

Lo que hacíamos también era morder los cordones de la calle. Había que ver cómo se nos ponían las encías, de rosadito a rojo intenso. Como el ejercicio de la uña de una mujer adulta sobre el cachete de un nenito. Mordíamos la acera y después nos besábamos. El contacto era cálido y húmedo.

Placer teníamos. Cuerpo todavía. También teníamos unión. En la ventana de la cocina se asomaba un gato. Nuestras sangres, medio rosas, brillaban. Después, de noche, ya nada brillaba. Todo se quedaba quieto.

Arriba de autos en movimiento nos tiramos unas diez veces. Inocentes nunca hubo. En un romance nunca hay.

Nos gustaba la limpieza. Sobre todo, cómo se veían nuestros rostros lavados después de los golpes. Se nos veía la vida así, se nos veían los años. Pedro llenaba de jabón la loza de la bañadera. Nos metíamos con el agua que hervía. Sentíamos cómo quemaba la piel joven debajo de la ducha. Una vez Pedro resbaló y dio entera la mandíbula en la esquina de la bañadera. Las botellas de shampoo y crema de enjuage le dieron de lleno en la cabeza. Yo lo miré. Me seguí quemando. Fueron unos quince minutos que duró su dolor. Después se despertó y nos besamos. Estaba mareado. Se perdió mucha agua. Lo premié con un empujón y se volvió a caer. Me llevó consigo.

A mí me faltaba cabello. A él, dientes.