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Joel Flores

México, 1984

 

"El escritor es un testigo. Escribe para dejar vestigio de su existencia y para honrar a cada uno de sus muertos y desaparecidos"

 

Nací en Zacatecas en 1984, en una mancha geográfica hecha por el Bajío y el semidesierto. Desde pequeño mis padres, en su búsqueda de mejores oportunidades, me enseñaron a viajar con apenas una maleta y una vida inconclusa en la espalda. He residido en Guadalajara como hijo de un militar y una madre ganosa de hacer una familia; he residido en Ciudad Juárez como hijo de un obrero de maquila y una estilista en ciernes. He residido en Aguascalientes como el damnificado de un divorcio y el adoptado por sus tíos durante unas vacaciones de verano. La escritura y las becas literarias me llevaron a vivir a mis veintipocos años en Ciudad de México, encandilado por la idea de que para ser escritor hay que estar en el centro, pero esa falacia duró unos meses y volví a Zacatecas a retomar mis estudios universitarios.

En 2008 mi libro de cuentos, El amor nos dio cocodrilos, me abrió las puertas de la residencia internacional para jóvenes artistas Fundación Antonio Gala, afincada en Andalucía. Nueve meses después regresé a Zacatecas para trabajar como corrector de estilo y editor en un periódico local y los continuos rechazos editoriales me hicieron decidir, debo confesarlo, renunciar a la literatura y empezar en el periodismo. Pero el amor y la utopía compartida de hacer una familia me trajeron a Tijuana y en 2012, mi otro libro de cuentos, Rojo semidesierto, fue reconocido por el certamen internacional Sor Juana Inés de la Cruz. El premio económico me dio la oportunidad de echar raíces en la frontera, dedicarme de lleno a la escritura e impartir cursos de creación literaria. Mi primera novela, Nunca más su nombre (que será publicada por Ediciones Era), ganó en 2014 el premio Juan Rulfo INBA.

Actualmente, aparte de vivir en la esquina del mundo, escribo como si estuviera construyendo una casa, y voy en el tercer piso, o mejor dicho, en la parte final de un proyecto llamado Trilogía del semidesierto, el cual lo integran hasta ahora Rojo semidesierto y Nunca más su nombre y una novela inédita más. Esta trilogía enuncia los daños provocados por el crimen organizado en México, desde la mirada de los jóvenes nacidos en la década de los 80. Mi página de autor es www.bunker84.com.

Fragmento de Nunca más su nombre

(Flores, Joel. Nunca más su nombre. México: Ediciones Era*)

Eres un pinche marica

La primera mañana en el hospital desperté desconcertado. Creí que mi padre había muerto. La enfermera lo auscultaba como si me dijera su familiar se ha ido. Pero no me dijo nada. Era temprano. La resolana rebotaba sobre el ventanal opaco y el azulejo sucio. Me tallé los párpados. La mujer revisó la sonda pleural. Y recordé las palabras de Paula al despedirnos en el aeropuerto. Si no amas a alguien que está a punto de morir, jamás vas a sentirte culpable porque muera. Y cuando amas mucho a alguien y está a punto de morir, cuestionas si llegaste a hacer algo mal que haya robado un día de su vida. Cierta discusión, desobediencia, cualquier episodio con el que te pasaste por el arco del triunfo la confianza, amistad y amor de la persona te duele, te amarga. Y tratas de enmendar los errores como jamás imaginaste.

En su duelo, Paula creyó que de su padre sólo quedaban los recuerdos y el mensaje de voz del celular.

Solía encerrarse en el baño a oír: estás hablando al teléfono del doctor Sanjuán.

Si eres mi esposa o mis hijos, llegaré a casa temprano; si eres algún amigo, nos vemos pronto; si eres de trabajo, estaré en el consultorio. Se llenaba de fuerza y respondía perdóname, papá, por no haber estado más tiempo juntos, por lo de aquel día y otros tantos en los que no merecía ser tu hija. Que eso pudiera pasarme me aterraba.

La enfermera recorrió la sábana, aseguró la sonda del vientre del militar, lo acomodó de lado y despegó las tiras del pañal. El hedor penetró la habitación. Me le acerqué a la mujer y le pedí señora, déjeme hacerlo. La mirada de mi padre estaba perdida en el techo, con su cabeza ladeada escurría saliva de su boca y balbuceaba algo. Observé sus cicatrices inofensivas que otrora me llegó a presumir cuando me obligaba a bañarnos juntos. Ésta me la hice en la sierra cuando quemamos un plantío. Ésta cuando me lancé por primera vez de un avión y no planeé en la llegada. Ésta al pelear con un cabo del batallón. Ésta cuando arreglaba el motor de la Ford y se zafaron los tornillos de la caja de velocidades. En medio de esas piernas macizas que habían caminado más que cualquier otro del regimiento, se asomaba su pene desangelado, torpe, sin cobijo ni consuelo.

Recordé cuando me decía eres inútil hasta en tu propia higiene. Por eso te da escozor, por eso te rascas y te rascas. Y debajo de la regadera me explicaba cómo un hombre debe lavarse el miembro. Juntaba el jabón con el estropajo, los frotaba hasta hacer espuma y se tallaba como si limpiara su arma del ejército. Yo veía su miembro circuncidado, imponente y lo comparaba con el mío que se escondía.

Esa vez le pregunté ¿por qué el tuyo es así y tiene ese color?

Porque es el de un hombre de verdad. No el de un marica.

Entonces deseaba ser como mi padre: no sólo tener sus piernas que habían caminado tanto, ni sus músculos fibrosos que cargaban las cajas de dulces; quería tener un miembro como el suyo. Y por las noches solía pedirlo con mis rezos. Y me esforzaba más en cada tarea que entregaba en el colegio para que Dios, como decían las monjas, fuera bondadoso y me compensara. Pero ni la fe, ni la disciplina, ni las explicaciones de papá enderezaron mi prepucio.

Tras mi nacimiento, no me circuncidaron el pene como a mi hermano. Una capa amarilla se me juntaba en el glande y me irritaba. En casa me escondía en lugares secretos para rascarme sin que nadie me viera. No quería que el viejo me descubriera con la mano debajo de los pantalones y gritara ándale marica, se te está pudriendo por marrano. En el colegio no me aguantaba la comezón y pedía permiso para ir al baño. Allí tardaba enjuagándome en el lavabo.

Cuando no me dejaban salir, llegué a desobedecer a las monjas porque podía más el escozor que sus regaños, hasta que la madre directora amenazó con expulsarme. Fue tanto mi apuro en tener un pene sano, que me lastimé con el estropajo y jabón mientras me tallaba. Y caí en manos del médico.

Debe seguir unos ejercicios de limpieza, encomendó el especialista en la consulta. Sólo tiene que jalar el prepucio hacia atrás, antes de orinar, limpiarlo bien y dejarlo así hasta que vuelva a usarlo. En eso jaló mi piel y desencapuchó el glande: sentí como si hubiera desvelado todos mis secretos para avergonzarme. Con estos ejercicios el prepucio se irá acomodando y la capa amarilla irá desapareciendo.

Seguí a pie juntillas sus recomendaciones y empecé a obedecer más a mi padre. Si él pedía a mi hermano levanta esa caja de dulces y acomódala dentro de la Ford, me apresuraba a decir ya lo hago yo, pero en el trayecto terminaba derrengado por el peso. Si ordenaba necesito una llave inglesa, yo corría a la caja de herramientas, elegía la que pensaba indicada y, al entregársela, erraba en mi elección. Mis desatinos no sólo sucedían frente a la imagen de la autoridad, sino también con mi prepucio: agravé mi problema una mañana en el colegio, al salirme de clases para ir al baño y al seguir mal las instrucciones del médico. Por la tarde, en casa, revisé mi miembro y el prepucio formó un anillo que puso morada la punta. Con temor a que mi padre se enterara, se lo enseñé a Luis y me dijo ya se te echó a perder, güey. Y salió corriendo a decirle a mi mamá. Ella me pidió déjame ver, criatura, Ave María Purísima. Y fue a buscar a su marido. Mi padre lo vio y dijo ya valiste madre, ahora sí te van a buscar la rajada los doctores.

En el hospital me programaron para operación. El médico explicó no se apure, es parafimosis: el prepucio se tensó porque duró mucho tiempo retirado de la punta y creó un anillo que impide la circulación de la sangre. Lo operaremos hoy.


¹ La obra será publicada en 2017