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Paulina Flores

Chile, 1988

 

Los personajes de sus relatos sobreviven, incluso, a su pesar

 

Capricornio y Dragón. Hasta los 18 viví en mi querida Juanita Aguirre, población de la comuna de Conchalí, zona norte de Santiago. Durante la adolescencia escuché los CD de Los Prisioneros, Depeche Mode, Fiskales ad Hok, y no leí mucho. En 2008 entré a estudiar literatura. En esa época conocí a un grupo de amigos que querían ser escritores. Decidí unírmeles y escribir mis primeros cuentos, luego de ver la rigurosidad, el romanticismo y la obstinación que dedicaban al oficio literario. A los 20 años creía que los únicos autores que valía la pena leer era a los que estaban muertos, y las bandas que más escuché en Window Media Player  fueron Radiohead, The Smith y The Beatles. Tras licenciarme vi series como The wire y Mad men. Por sobre todo me dediqué a -como dice Don Draper- “golpear mi cabeza contra el muro”, esto es, puse todo mi empeño en escribir relatos, aunque sin muchos resultados. En 2014 gané el Premio Roberto Bolaño con el relato “Qué vergüenza”. Bajo ese mismo título fue que publiqué mi primer libro de cuentos en 2015. Hace tres años que trabajo como profesora en un colegio 2x1. En la actualidad, me encanta la literatura contemporánea y en mi biblioteca hay un espacio especial, casi un altar, para los libros de escritoras. Por mi YouTube suena Kanye West, Lana del Rey y Anti, de Rihanna. Creo en la fuerza de clase y género. Toda la vida he tenido problemas para dormir.

Fragmento de "Telcahuano"

Flores, Pauilina. Qué vergüenza Chile: Editorial Hueders, 2015

Vivíamos en una de las poblaciones más pobres de una de las ciudades más feas del país: la Santa Julia, en Talcahuano. Un puerto que a nadie le gustaba por su cielo encapotado, en donde todo tomaba un tono gris por el hollín de las industrias y con fama de hediondo por la pesca. Pero a nosotros no nos molestaba vivir en un lugar que la gente considerara feo, todo lo contrario, al menos yo me sentía extrañamente orgulloso. Todos nosotros: Pancho, Julio, Marquito Carrasco y yo, nos sentíamos fuertes y complacidos. Disfrutábamos con sentarnos a la entrada de la casa de los Carrasco y contemplar las casuchas que descendían cerro abajo y el mar que ceñía la cintura de la península, y hacer planes y comer sandías. Fue a lo que nos dedicamos todo el verano de 1997. Comimos sandías cada día de esas vacaciones. Pancho y Marquito las consiguieron con un camionero al que le hicieron dedo en Concepción. Durante el trayecto, el hombre dijo que hacía mucho que no lo hacían reír tanto y que podían quedarse lo que quisieran. Esa tarde cargamos entre todos las catorce sandías hasta la casa de los Carrasco. Y cuando terminamos, nos sentamos al pie de la escalera, sobreponiendo medialunas de sandías a nuestros rostros, para lucir unas sonrisas descaradas ante el paraje ruinoso que teníamos por hogar.

Nos veo claramente, exhibiendo nuestra felicidad con muecas pulposas de sandía. Riéndonos frente a los rostros cansados y afligidos de nuestros vecinos. En especial en esa época, cuando por la crisis de la industria pesquera nadie tenía trabajo y los cesantes solían deambular por las calles con una expresión de servidumbre y derrota, como si se tratara de un batallón de soldados vencidos. En realidad, mi padre era el único militar vencido. Tras quince años en la marina, lo dieron de baja. Pero aunque ocurrió en el peor momento posible, no fue por la crisis que no consiguió trabajo. En cierta forma, fue él quien lo decidió. No quería empezar de nuevo.

Antes de que comenzaran las vacaciones, hubo una especie de pelea entre mis padres. Digo especie porque, como era lo común entre ellos, no hubo discusión directa ni siquiera un cruce de palabras. Otro recuerdo claro en mi memoria. La familia —mis padres, mis dos hermanas y yo— sentada en torno a la mesa de la cocina. Una fuente de pan duro en el centro y un té aguado para cada uno. Desde hace días que la comida escasea en la casa. Mi madre dice que ha calentado el pan para ablandarlo un poco. Nadie le sigue la conversación. El pan se quemó, y ahora, además de duro, está negro como el carbón. Tomamos el té en silencio. De pronto, mi madre se levanta, agarra una de las marraquetas y la lanza contra la pared gritando. Veo la rabia en el movimiento de su brazo, como si en vez de pan duro tirase una piedra. Y el golpe en el suelo de madera suena como una piedra. Mis hermanas y yo miramos el pan en el suelo. Mi madre se sienta como si nada, pero al tomar la taza de té le tiemblan las manos. Apenas bebe un trago y vuelve a pararse, esta vez va a su pieza. La escuchamos sollozar. Mis hermanas la siguen en el acto y, sentadas junto a ella en el borde de la cama —puedo verlo desde donde estoy—, se abrazan.

Mi padre, que ha mantenido la mirada en el té durante toda la escena, sigue sin tomarlo y sin decir nada. Y yo me limito a tomar el mío con él en la cocina. Me quedo junto a mi padre y no con mi madre y mis hermanas, aunque no porque esté de su parte. Yo no estoy de parte de nadie. Por entonces participaba de los problemas familiares tanto como si viera una película. Una cuya historia desafortunada no podía afectarme más allá de los segundos en que la contemplaba y que podía dejar atrás con facilidad. No me preocupaba el silencio de mi padre ni su rostro vacío al observar el té. Era feliz manteniéndome al margen. Estaba seguro de que podía arreglármelas por mi cuenta, con mis amigos.