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Carlos Fonseca

Costa Rica, 1987

 

Narrador obsesionado con los protagonistas obsesivos. Fanático del absurdo, de las ideas fijas y de los conceptos llevados al límite

 

Nací en San José, Costa Rica, el 19 de febrero de 1987, producto de esa feliz confusión lingüística que tan a menudo nos hace confundir Costa Rica con Puerto Rico. Mitad puertorriqueño, mitad costarricense, a veces intento convencerme de que escribo intentando descubrir en la literatura una tercera patria a medio camino entre la nación del padre y la patria de la madre, entre el puerto y la costa.

Tal vez confundido por la doble nacionalidad, tal vez intentando escapar de los rigores de la identidad fija, desde muy pequeño no paro de moverme: he vivido en Costa Rica, en Puerto Rico, en California y Nueva York, en Israel y en Inglaterra, lugar donde actualmente resido. De lunes a viernes tomo el tren que lleva de Londres a Cambridge, y una vez en la universidad me dedico a lo único que sé hacer a medias: leer libros y enseñarlos. Allí, en medio de aulas tan antiguas que dan miedo, enseño la obra de Borges y de Darío, de Piglia y de Lispector, de Cabrera Infante y de Eltit. 

Quise ser muchísimas cosas antes de apostar por las letras: cardiólogo, tenista, arquitecto, astronauta, ingeniero y futbolista. Alguna vez, incluso, juré que cuando fuese grande sería un matemático desquiciado, como los que aparecerían en las películas. De esa pasión juvenil sólo quedó –al cabo del tiempo– una novela titulada Coronel Lágrimas (Anagrama, 2015), en cuyas páginas queda retratada la vida de alguien que sí llegó a ser un genio desaforado: el gran Alexander Grothendieck. Todo esto para decir que a veces la literatura lo exime a uno de vivir las vidas que imagina. O mejor aún: que a veces la literatura sirve para vivir las vidas que quedaron esbozadas a medias.

Tal vez, sin embargo, la literatura sirva para algo más sencillo: para exhumar obsesiones. Tal vez por eso, cada vez que me siento a escribir, intento desenterrar obsesiones e intentar entenderlas. La novela moderna, a fin de cuentas, es un teatro repleto de obsesivos: desde Don Quijote hasta el Capitán Ahab, la novela busca el lugar donde la idea fija se confunde con su opuesto: el absurdo. Me interesa, en este sentido, explorar la extraña lógica que esconde el arte de las obsesiones.

Fragmento de Coronel Lágrimas

Fonseca, Carlos. Coronel Lágrimas. España: Anagrama, 2015.

En medio de un alucinante invierno francés, el coronel abre un día la puerta y se encuentra de frente el rostro de una mujer ya mayor, arrugas en el rostro y sobre los ojos, rasgándolos con carácter, las patas de gallina. Y él, que siempre sufrió de esa extraña enfermedad de aún más extraño nombre – prosopagnosia – que lo incapacitaba para el reconocimiento, que jugaba a volverle anónimos los rostros, él, que siempre tuvo problemas reconociendo la realidad sin abstraerla, se paró frente a ella, miró las arrugas ya visibles, pensó en esa extraña amalgama de formas que se concentraba sobre los ojos y se imaginó trazando la ecuación de su locura. El rostro de su madre le salió al paso, reconocible y avejentado, hablando un idioma que hacía años él había olvidado.

Y así, un día su madre toca la puerta como si nunca hubiese estado ausente, lo saluda efusivamente y se sienta en el sofá a descansar de su insomnio de guerra. Su hijo, ya para ese entonces un pequeño coronel en formación, un matemático en plena ebullición de genio, rodeado de marionetas con rostros dispares, mira desconcertado a esa mujer de pelo encrespado y mirada profunda que ahora comienza a hablar en una lengua que en un pasado juró olvidar, en esa lengua de nanas que de repente lo regresa a los campos minados de un paisaje vasco. Chana Abramov se levanta de su insomnio de guerra con una especie de afasia que la regresa a su infancia. Amanece un día hablando solamente ruso. Él, que siempre se creyó sin herencia, de repente se encuentra con esa madre sentada en plena sala, hablando un idioma que él había olvidado a fuerza de convicción, dispuesta a reinsertarse en ese siglo cuyo principal evento, una guerra en la que los suyos fueron los principales perseguidos, nunca vivió, encerrada como estaba en un sanatorio español. La mira una y otra vez hasta que el rostro se vuelve terriblemente reconocible, silueta de una memoria de infancia, y se limita a dibujar, sobre una pizarra negra, el primero de los garabatos que a través de los años irá modificando inconscientemente hasta terminar con esa especie de alambre de púas cuya ecuación persigue. Dibuja ese garabato y se sienta a continuar su labor matemática, hasta que un día llega y en medio de ese hogar que tenía ya algo de laboratorio simbólico, rodeado como estaba por pizarras negras repletas de las más diversas e ilegibles ecuaciones, se encuentra a su madre que observa la televisión. Imaginemos la sorpresa y la ansiedad de este coronel sin guerra en el momento de descubrir a su madre, aquella que creyó haber perdido, en plena sala con ese extraño aparato prendido, mirando un documental sobre ese mayo francés cuya existencia él se dedicó a obviar. De repente la imagen lo asalta con el poder que luego asignaría a las postales: su madre rodeada por pizarras negras, viendo un documental sobre el mayo francés, con las imágenes de los franceses, estudiantes y obreros, protestando en plena calle, los murales repletos de frases que hasta entonces siempre le parecieron tontas o ingenuas, la policía en su intento por disolver las multitudes. Su madre, que ni siquiera hablaba francés, con la mirada juvenil de actriz en reposo, mirando ese torrente de imágenes que ahora caían sobre la pantalla en la más refrescante de las cascadas visuales. Ya no las calles francesas sino carteles de las huelgas americanas, los policías en California arrestando a un grupo de estudiantes vestidos con insignias hippies. Más lejos aún, ya no el mayo francés, sino un octubre mexicano vestido de esperanza olímpica sobre el cual los policías se abalanzaban en ataque a un grupo en protesta: la Masacre de Tlatelolco en plena pantalla. Ya no las pizarras repletas de símbolos sino esa especie de locura histórica que se negaba a traducirse a una sencilla ecuación. Debe haber sido entonces, mirando el rostro de su madre que súbitamente retomaba el aura juvenil de sus años de actriz, cuando el coronel decidió escoger su guerra. Tal vez fue entonces, con las imágenes de la violencia mexicana inundando la paz de su hogar, cuando se entregó al proyecto que al cabo de dos meses habría de posicionarlo en Vietnam, junto a un grupo de activistas hippies en una fotografía que parece esconderse detrás de los vericuetos de otra pasión de guerrilla.

Para ese entonces no había ni ecuación ni culpa, mucho menos la ecuación de la culpa. Sólo su madre, que había vuelto justo cuando ya todo parecía caer en orden. Su madre, que regresaba dispuesta a retomar los años perdidos pintando el mismo volcán. Tantos años protegiéndose de la realidad mediante sucesivas capas simbólicas para que de repente la realidad le estallase de frente con la fuerza del gesto más sencillo: el gesto manual con el que su madre prendía el televisor todos los días y de repente lo rodeaba de noticias que le venían de todas partes, que parecían rodear su soledad numérica hasta invariablemente distraerlo, todas noticias de guerra que sin embargo parecían perderse sobre un mapa que nunca imaginó hasta verlo trazado sobre ese televisor que lo regresaba al nomadismo de su ya olvidada infancia. El coronel nunca tomó conciencia de su periplo hasta verse reflejado en los circuitos de una guerra invisible que parecía ser la suya sin serla.