Fragmento de El regate
En la pantalla, el portero uruguayo le da la espalda a la pelota, tiene una rodilla en el suelo y el cuello torcido a la
derecha, mirando al delantero que se va, como si hubiera pasado un ventarrón. Y a la izquierda del cuadro, muy
lejos de la pelota, ya dentro del área grande y más borroneado que nunca, Pelé comienza a modular los pies para
cambiar de rumbo.
Lo que Pelé tiene que hacer ahora es bien facilito, regalado, ¿o no?, el viejo abre una sonrisa en la que se
ve con nitidez la sombra de la calavera en la que pronto se convertirá. Tiene que frenar para corregir radicalmente
su ángulo de desplazamiento, frenar y en el mismo instante recomenzar la carrera en la dirección contraria, ahora
atrás de la pelota, él que venía al tropel más desbocado fingiendo ignorarla. Se acabó el reinado de la idea pura,
demasiado sublime para durar en el tiempo, el mundo material se impone otra vez con su masa, su aceleración, las
leyes de la física al completo. Tiene que dar un giro de noventa grados y no perder velocidad, porque, fíjate, tiene
que alcanzar la pelota antes que los adversarios y encima con un buen ángulo de disparo.
Murilo suelta la imagen, Pelé consigue hacer las dos cosas, qué maravilla, la congela de nuevo. Va a chutar
y a anotar, todos prevemos eso, el estadio de pie con sus pulmones que en ese momento podrían ser todos de
piedra, dice, adornándose un poquito, porque no inspiran ni expiran: va a chutar y a hacer gol. Pero no es tan
simple, porque ahora Pelé está del lado equivocado de la pelota, medio de espaldas a la portería, tiene que pegarle
en un movimiento de medio giro. Y entonces, Dios mío, falla. Pelé falla. Falla el gol que no podría dejar de fallar,
pensándolo bien, para que el mito se consumara.
Lo que ves en la imagen liberada por última vez, la definitiva, es lo siguiente: mientras el tal Ancheta que iba
a perder el tren se desploma en el césped, la pelota chutada por Pelé pasa rozando el poste derecho de Uruguay.
Saque de meta, hecho consumado, el crack de cracks sale chupando un hielo que recogió por ahí con expresión
levemente contrariada, pero serena.
El viejo detiene el video. Coloca el control remoto en el brazo del sofá, te mira a los ojos otra vez y dice, lo que
pasó aquí, Neto, fue simple: Pelé desafió a Dios y perdió. Imagínate que no hubiera perdido. Si no hubiera perdido,
la humanidad nunca más habría dormido tranquila. Pelé desafió a Dios y perdió, pero qué desafío soberbio. Ese gol
que no hizo no es sólo el mayor momento de la historia de Pelé, es también el mayor momento de la historia del
fútbol. ¿Entiendes eso? ¿La intervención de lo sobrenatural, el relámpago de eternidad que cayó a la izquierda de
las cabinas de radio y televisión del simpático estadio Jalisco, el 17 de junio de 1970? Puedo asegurarte que eso
fue lo que sucedió, yo estaba allí y lo sé, y si fue algo más no me sorprendería, pero, como mínimo, eso fue lo que
sucedió y lo que el videotape nos permite ver y rever para siempre, ¿entendiste? Una cosa tremenda, Tiziu.
Poniéndose de pie con dificultad, se aparta de la burbuja de calor producida por la chimenea y camina hasta
la terraza. Tú vas detrás de él. Es un poco más tarde del mediodía, pero el invierno llegó con determinación. El
aliento helado que viene de los matorrales los abraza y en ese momento ves a tu padre en Guadalajara, un joven
de más de treinta años con patillas de Félix, bigotazo de Rivelino, que toma cerveza con guacamole mientras acá
abajo se acababa el mundo tal como tú, a tus cinco años, lo conocías. Es como si la vida entera tuviera como única
bisagra aquel verano mexicano, invierno en Brasil, cuando tu padre no fue por la pelota, el regate de Pelé sobre
Mazurkiewicz quebró la espina del destino y el mundo se desmoronó. Hay momentos en los que todo parece
suceder al mismo tiempo, pasado y futuro aplanados en el presente, lo mismo que decir que nada jamás sucedió
ni sucederá, todo está siempre sucediendo sin alcanzar el punto en el que el gesto se completa. El domingo en que
Murilo te muestra en su casa del Rocio el gol que Pelé no hizo, tú te das cuenta por primera vez en la vida de que
aquel era el mismo día – 17 de junio de 1970 – en que Elvira regateó la débil seguridad de la construcción del paso
elevado de Joá para tirarse a las piedras que el mar golpeaba abajo. Claramente, como si la luz de un quirófano se
encendiera en tu cabeza, te ves preso para siempre en aquel día, play, pause, rew, play, mientras Pelé no hiciera el
gol estarías preso en aquel día, soñando que la vida había continuado. En ese momento miras a tu padre y revives
por última vez, con violencia asombrosa, el viejo sueño de matarlo.
Eso porque Peralvo nunca jugó el Mundial, dice Murilo, que parece inmune a las olas de muerte que emanan
del hijo, la mirada perdida en la cresta verde plomizo de los cerros recortados contra el cielo gris. Peralvo iba a ser
más grande que Pelé, Neto. Qué mierda de vida.
Traducción de Juan Pablo Villalobos |