© Bel Pedrosa

Fragmento de El regate

En la pantalla, el portero uruguayo le da la espalda a la pelota, tiene una rodilla en el suelo y el cuello torcido a la derecha, mirando al delantero que se va, como si hubiera pasado un ventarrón. Y a la izquierda del cuadro, muy lejos de la pelota, ya dentro del área grande y más borroneado que nunca, Pelé comienza a modular los pies para cambiar de rumbo.

     Lo que Pelé tiene que hacer ahora es bien facilito, regalado, ¿o no?, el viejo abre una sonrisa en la que se ve con nitidez la sombra de la calavera en la que pronto se convertirá. Tiene que frenar para corregir radicalmente su ángulo de desplazamiento, frenar y en el mismo instante recomenzar la carrera en la dirección contraria, ahora atrás de la pelota, él que venía al tropel más desbocado fingiendo ignorarla. Se acabó el reinado de la idea pura, demasiado sublime para durar en el tiempo, el mundo material se impone otra vez con su masa, su aceleración, las leyes de la física al completo. Tiene que dar un giro de noventa grados y no perder velocidad, porque, fíjate, tiene que alcanzar la pelota antes que los adversarios y encima con un buen ángulo de disparo.

    Murilo suelta la imagen, Pelé consigue hacer las dos cosas, qué maravilla, la congela de nuevo. Va a chutar y a anotar, todos prevemos eso, el estadio de pie con sus pulmones que en ese momento podrían ser todos de piedra, dice, adornándose un poquito, porque no inspiran ni expiran: va a chutar y a hacer gol. Pero no es tan simple, porque ahora Pelé está del lado equivocado de la pelota, medio de espaldas a la portería, tiene que pegarle en un movimiento de medio giro. Y entonces, Dios mío, falla. Pelé falla. Falla el gol que no podría dejar de fallar, pensándolo bien, para que el mito se consumara.

     Lo que ves en la imagen liberada por última vez, la definitiva, es lo siguiente: mientras el tal Ancheta que iba a perder el tren se desploma en el césped, la pelota chutada por Pelé pasa rozando el poste derecho de Uruguay. Saque de meta, hecho consumado, el crack de cracks sale chupando un hielo que recogió por ahí con expresión levemente contrariada, pero serena.

    El viejo detiene el video. Coloca el control remoto en el brazo del sofá, te mira a los ojos otra vez y dice, lo que pasó aquí, Neto, fue simple: Pelé desafió a Dios y perdió. Imagínate que no hubiera perdido. Si no hubiera perdido, la humanidad nunca más habría dormido tranquila. Pelé desafió a Dios y perdió, pero qué desafío soberbio. Ese gol que no hizo no es sólo el mayor momento de la historia de Pelé, es también el mayor momento de la historia del fútbol. ¿Entiendes eso? ¿La intervención de lo sobrenatural, el relámpago de eternidad que cayó a la izquierda de las cabinas de radio y televisión del simpático estadio Jalisco, el 17 de junio de 1970? Puedo asegurarte que eso fue lo que sucedió, yo estaba allí y lo sé, y si fue algo más no me sorprendería, pero, como mínimo, eso fue lo que sucedió y lo que el videotape nos permite ver y rever para siempre, ¿entendiste? Una cosa tremenda, Tiziu.

    Poniéndose de pie con dificultad, se aparta de la burbuja de calor producida por la chimenea y camina hasta la terraza. Tú vas detrás de él. Es un poco más tarde del mediodía, pero el invierno llegó con determinación. El aliento helado que viene de los matorrales los abraza y en ese momento ves a tu padre en Guadalajara, un joven de más de treinta años con patillas de Félix, bigotazo de Rivelino, que toma cerveza con guacamole mientras acá abajo se acababa el mundo tal como tú, a tus cinco años, lo conocías. Es como si la vida entera tuviera como única bisagra aquel verano mexicano, invierno en Brasil, cuando tu padre no fue por la pelota, el regate de Pelé sobre Mazurkiewicz quebró la espina del destino y el mundo se desmoronó. Hay momentos en los que todo parece suceder al mismo tiempo, pasado y futuro aplanados en el presente, lo mismo que decir que nada jamás sucedió ni sucederá, todo está siempre sucediendo sin alcanzar el punto en el que el gesto se completa. El domingo en que Murilo te muestra en su casa del Rocio el gol que Pelé no hizo, tú te das cuenta por primera vez en la vida de que aquel era el mismo día – 17 de junio de 1970 – en que Elvira regateó la débil seguridad de la construcción del paso elevado de Joá para tirarse a las piedras que el mar golpeaba abajo. Claramente, como si la luz de un quirófano se encendiera en tu cabeza, te ves preso para siempre en aquel día, play, pause, rew, play, mientras Pelé no hiciera el gol estarías preso en aquel día, soñando que la vida había continuado. En ese momento miras a tu padre y revives por última vez, con violencia asombrosa, el viejo sueño de matarlo.

Eso porque Peralvo nunca jugó el Mundial, dice Murilo, que parece inmune a las olas de muerte que emanan del hijo, la mirada perdida en la cresta verde plomizo de los cerros recortados contra el cielo gris. Peralvo iba a ser más grande que Pelé, Neto. Qué mierda de vida.

Traducción de Juan Pablo Villalobos

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