Fragmento de la novela Suite Tokio
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1
Estoy raptando a una niña. Intento apartar ese pensamiento, pero persiste mientras bajamos por el elevador, saludamos a Chico, salimos por el portón. Son cosas que hacemos todos los días, bajar, saludar a Chico, salir por el portón, caminar pisando solo los adoquines negros o blancos de la acera, pero es distinto, aunque realmente no haga nada distinto, porque tengo la sensación de que el ejército blanco me mira. Fue cosa de doña Fernanda, inventar ese nombre, ejército blanco. Y hasta tiene razón, sí, somos un ejército, aún más a esa hora de la mañana, cuando todas llegan a la plaza con sus uniformes blancos cargando bebés o niños y entonces conversan empujando coches y columpios con bebés o niños. Un mundo que hasta ayer era mi mundo pero que ahora parece mirarme con desconfianza. ¿Será todo locura de mi cabeza? Dime, Virgencita, ¿es todo locura? No lo sé, pero por si acaso aprieto el paso, vamos, Corinha, luego juegas a pisar solo los adoquines blancos. Y no cruzo la plaza como lo haría normalmente, me alejo por el andén lateral. Pero justo ahí el ejercito me ojea, me encuentro con la niñera de la casa vecina, tengo la impresión de que mira mi bolso, en realidad una mochila, mucho más grande que el bolsito que llevo todos los días, una mochila enorme, bien agarrada bajo mi brazo, que aprieto a ver si se achica. No le hablo y seguimos caminando hasta que Cora dice: Maju, tu mano está rara, y me suelta los dedos, tal vez para librarse del sudor. Cuando la veo, está agachada, recogiendo del suelo una camelia marchita. Nunca he visto una niña a la que le gusten tanto las flores. Me parece bien, una niña a la que le gusten tanto las flores. Por eso no suelo apresurarla como hacen tantas niñeras por ahí con sus niños, dejo que Cora huela un jardín entero si lo desea, y además le cargo ese petalerío en mis bolsillos. Una vez olvidé sacarlos del pantalón y lo metí a lavadora y fue lindo verlos, todas las flores girando y centrifugando ahí adentro, pero hoy no se puede, Picochuca, hoy no se puede, y ni siquiera le paso un pañuelo humedecido por la mano como haría normalmente para quitarle los microbios, solo jalo esos deditos junto a mí, sintiendo nostalgia del vacío de Mandaguaçu, de ese gran descampado de Mandaguaçu, porque aquí en São Paulo no hay un minuto en que alguien no te mire. Como esos taxistas, metiéndose en la vida ajena. Los conozco a todos, solo tomamos taxi con ellos, gente de confianza del señor Cacá y doña Fernanda. Y justo porque son gente de confianza de ellos, me alejo. Me alejo y subimos por la avenida Angélica. Cogemos un bus. A Cora le extraña, ¿no vamos en taxi, Maju?, pero también le encanta la novedad, es la primera vez que coge un bus de servicio, me pide sentarse en la silla del frente, aplasta la nariz contra el vidrio.
El terminal no es tan lejos, llegamos en media hora. Miro alrededor para ver si no hay algún conocido cerca, claro que no hay ningún conocido cerca, aun así, me apuro. Meto a Cora en el elevador, la pobre aplastada entre todo el maleterío, nunca he visto gente que lleve tantas bolsas, los plásticos explotan y le indican hasta a un ciego que el lugar está lleno de pobres. Al menos las puertas se abren pronto, salgo con mi Picochuca, caminamos por una plataforma desde la que vemos otras plataformas, ese montón de gente moviéndose, escaleras eléctricas que suben y bajan, carteles con información, taquillas con filas, tiendas con ofertas. Cora para y se queda así un tiempo, yo la jalo, pero ella no viene. Me agacho para ver qué pasa. Maju, ¿por qué mis ojos son tan pequeños y veo un mundo tan grande?
2
Oigo el celular timbrar, pero decido no contestar. Yara y yo ahora estamos boca arriba después de un largo hoka-hoka. No fui yo la que se inventó el término, fue ella la que me contó y luego me mostró el video de las simias bonobos frotando sus órganos genitales unas con otras, actividad que alguien del norte de áfrica decidió bautizar con ese nombre algo cómico, algo sonoro. El presentador del video decía que las bonobos prefieren tener sexo entre ellas que con los machos; los biólogos lo saben porque durante el hoka-hoka las bonobos miran más los ojos de sus compañeras, se mueven con más emoción. Yara dijo que el presentador tenía razón, ella ya había visto dos bonobos cogiendo, transando con pasión mientras estaba en la Cuenca del Congo. Y realmente transaban, no se apareaban como otros animales, porque lo que ellas hacían era una transacción, un intercambio de afectos. Recuerdo pensar que lo que define el verbo no es el sujeto, sino el objeto. Ya me he apareado con algunas personas, pero solo he transado con ella.
La transacción no siempre es justa. Me la paso recibiendo menos de lo que entrego. Dividendos de la pasión. Nada que atenúe mi forma de verla a ella. Me encantan las cosas banales, como la manera en que sostiene el porro. Incluso su charla diluida por la hierba, que irritaría a cualquiera en estado normal de cordura, me alucina. Me gusta verla nadar contra la corriente de la productividad, haciendo lo opuesto de lo que hago en mi trabajo. Si yo comprimo historias en bloques de diez minutos, en series de ocho episodios, ella transforma las suyas en odiseas, como si realmente viviera en el mundo que tanto ama, regido por los ciclos de la naturaleza y no por las demandas urgentes del dios smartphone. Esto, y sus senos levemente caídos, como sus párpados ahora levemente caídos, me hacen arrancarle el porro de la mano y besarla.
El celular suena. Lo miro de reojo, es mi marido. Silencio el aparato. Comienzo a frotar mis órganos genitales con los de ella, mientras centenas de otros primates conducen allí afuera, con sus rabos peludos en el asiento y el pulgar oponible en la bocina, haciendo susurrar esa selva que nos rodea. Cuando nos volvemos a acostar boca arriba, hay siete llamadas perdidas en mi celular.
Traducción de Diego Cepeda
Editorial Planeta, 2021