©Gabriela Rodríguez

 

Capítulo I de Jota, caballo y rey

-- ¡Que no me abran la llave!

   Era la tercera vez que el Teniente General Jefe Supremo Excelentísimo Señor Presidente de la República Gustavo Rojas Pinilla protestaba por el súbito descenso de la temperatura del agua que goteaba precariamente de la ducha.

   Ahora asomó la cabeza enjabonada por la cortina y volvió a gritar.
-- ¿No ven que me estoy congelando, carajo?
Estaba desnudo en la tina y había tenido que sacarle el quite al chorrito de agua tibia, en realidad, más fría que tibia, que caía de la regadera.
-- En este país es más fácil dar un golpe de Estado que arreglar una cañería – murmuró.

Desde el otro lado de la cortina oyó la voz de doña Carola.
-- ¿Qué son esos berridos tan espantosos, mijo?
-- Los de un hombre empeloto que se muere de frío, ¿no ves? ¿Será que no es posible que en el Palacio Presidencial le respeten a uno su baño? Llevo días pidiendo que no me abran la llave, carajo.
-- Voy a ver qué es lo que pasa, pero dejá de echar ajos, Gustavo.
-- No, no, que vaya el capitán Velosa. Se supone que es mi ayudante.

   El Supremo oyó ecos y burbujas en la tubería, como si se estuviera hundiendo un trasatlántico, y al cabo de unos segundos se detuvo por completo el chorro. Atisbó la regadera y vio que había dejado de lagrimear. No salía agua fría, ni caliente, ni tibia. No salía nada. Se sorprendió un poco: era la primera vez que ocurría en los pocos meses que llevaba en el edificio. Entonces procedió a dar un tremendo golpe militar a la tubería con la escudilla metálica del jabón y de inmediato se precipitó sobre su cabeza una andanada de líquido oscuro y caliente que, en vez de limpiarlo, lo ensució y le provocó ardor en la calva.

 

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