Fragmento de Un asunto sentimental

“—Venecia es mucho más que una ciudad, lo sabe todo el mundo, es un estado de ánimo, una leve borrachera feliz de los sentidos, una inexplicable necesidad de amarla y poseerla como a una bella, bellísima mujer, algo siempre inmerecido— me dijo.

   “Estábamos en la terraza del Hotel Rialto bebiendo una copa de prosecco muy frío, contemplando la niebla casi azul que cubría el Gran Canal, atravesado por vaporettos fantasmales y góndolas ahora vacías, como elegantes espectros de otra época. Llevábamos hablando Albert Cremades y yo un par de horas. Desde el principio, cuando intercambiamos unas frases de sincera sorpresa por encontrarnos en aquella ciudad advertí que Cremades vivía atormentado por algo, como si tuviera una reciente herida a la que aún no se acostumbrara. Cuando le pregunté por aquella novela suya que, según acaba de leer en el avión, empezaba a colarse en la lista de las más vendidas, hizo un gesto, se encogió de hombros, cambió discretamente de tema. No lo conocía mucho, a decir verdad: hacía un par de años habíamos coincidido en una cena con Alonso Cueto porque él trabajaba como jefe de prensa en la editorial donde mi amigo acababa de publicar y en el transcurso de esos dos años nos habíamos visto por casualidad, siempre rodeados de otras personas y también siempre por cuestiones que laboralmente nos atañían de manera periférica. Cremades era un tipo ligeramente rubio, no particularmente alto, de gafas redondas y, pese a la inminente calvicie, poseía un aire de efímera adolescencia, quizá porque era más bien imberbe y su rostro se teñía de rojo con facilidad. Hablaba con una dicción cerrada del Ampurdán y usaba las manos para enfatizar los finales de sus frases, como si ello le diese a sus palabras una cualidad más exacta y certera que no obstante desdecía ese enfoque como de suspicacia permanente, tan propio de los miopes.

   “Sin embargo, allí en el bar del Rialto, donde yo hojeaba distraídamente El Corriere della Sera cuando él se acercó, tardé un poco en reconocerlo. Llevaba unos pantalones de lino crudo, una camisa blanca arremangada y un sombrero color beis. Con franqueza, lo encontré algo inverosímilmente tropical para Venecia, y más en esa época del año. Pero tal vez se debía al hecho de que siempre lo había visto vestido de trajes muy sobrios y corbatas, y ahora seguramente andaba de vacaciones”.

 

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