©Christine Schatz

 

FRAGMENTO DE LLUVIA DEL NORTE

Lleve. Llueve y no puedo dormir. Es la maldición de la época. Empiezan las lluvias y va creciendo mi insomnio. Las gotas caen sobre las latas de zinc y es como si entre sus ecos se fueran escondiendo todos esos años muertos. Rostros y más rostros, sonidos dispersos, conversaciones perdidas entre las bóvedas del inconsciente. Tal vez es que los años se han ido agrandando en mi conciencia, el tiempo de repente vaciado de esa impaciencia que es la juventud, cuando todo parece estar sobre el horizonte de las cosas. Ahora la vida me ha enseñado que no hay respuestas escondidas entre los huecos del tiempo. No hay razón de ser, ni revelaciones. Solo este silencio. Esta vejez de mierda.

   Los primeros años traté de luchar contra el insomnio. Tomaba té de manzanilla, guaro, pastillas. Nada surtía efecto. Al final siempre terminaba sobre el colchón, escuchando el viento buscar algo entre los pasillos. Recuerdo que en la capital la lluvia siempre me ayudaba a conciliar el sueño. Parecía apagar los sonidos de la calle, como si despojara las aceras de toda su suciedad. Pero aquí el eco de las gotas crece, parece magnificarse entre las llanuras y los bosques secos frente al mar.

   Ahora me entrego al insomnio. Abro la ventana y dejo que la luna encienda el cuarto lentamente. Luego fumo. Pienso y fumo. Veo las espirales de humo crecer en la penumbra del cuarto mientras recuerdo los años de lucha en la Revolución en Nicaragua, la vuelta a Costa Rica, los años de burocracia absurda en el INS y la mudanza a Guanacaste. A veces también leo. Busco libros entre los estantes viejos, sus páginas manchadas por las goteras que se abren en el cielorraso durante esta época. Con cada aguacero van creciendo, y tengo que ir a la cocina por palanganas que reparto entre los rincones de la casa. Luego vuelvo a la cama y sigo leyendo, mientras las gotas caen como tumbas sobre el plástico de colores.

   Pero hoy no puedo leer. Solo fumo; la lumbre del cigarrillo iluminando la noche intermitentemente. Ojos apagados me auscultan a través de la oscuridad, desde otro lugar del tiempo. Las gotas siguen cayendo y casi puedo ver el cuerpo sobre las orillas de aquel riachuelo sucio, cargado de deshechos e indiferencia. Lo veo y por un instante pienso haber olvidado su nombre. ¿Cómo olvida uno esas cosas? ¿Cómo se llega a olvidar? Tomo largas chupadas del cigarrillo y luego siento la palabra surgir como una revelación inútil: Antonio. Toni. Será que me estoy haciendo viejo, pienso. O será que me ha dejado de importar.

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