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Giovanni Rodríguez

Honduras

 

Nací en un pueblo del occidente de Honduras, en el Departamento de Santa Bárbara, dos años antes de que nuestra selección de futbol participara en su primer Mundial. En mi casa no había libros, pero recuerdo bien a mi papá, que por aquella época era sastre, extrayendo de una gavetita de su máquina de coser, al finalizar su jornada de trabajo, una novelita de vaqueros y ponerse a leerla con la última luz del día que entraba por una enorme ventana. Ese es mi primer recuerdo relacionado con los libros y probablemente lo que me impulsó a buscarlos más adelante.

Estudié letras en la UNAH, en San Pedro Sula, la segunda ciudad en importancia del país y en la actualidad una de las más violentas del mundo. Actualmente soy profesor en esa misma universidad, después de dedicarme durante varios años al periodismo escrito y de una estancia de tres años en España, en donde alterné mi trabajo en un almacén con la lectura de los libros que nunca había podido encontrar en Honduras.

He publicado tres libros de poesía, uno de artículos y ensayos y otro de cuentos; además de las novelas Ficción hereje para lectores castos (2009), Los días y los muertos (2016), que ganó el Premio Centroamericano y del Caribe Roberto Castillo, y Tercera persona (2017). Escribo para divertirme y porque huyo de la solemnidad de los que dicen escribir por una razón distinta.

Fragmento

Recuerdo, no sé por qué, la música que provenía del interior del centro comercial, o quizá de parlantes colocados en el estacionamiento, una bachata de lo más detestable, y recuerdo a Mercedes llorando y sin moverse más que para limpiarse las lágrimas de los ojos y a Walter con la mirada fija en la hoja de la navaja, como intuyendo que sólo con él iba a ser utilizada. Le hundí la navaja después de forcejear un poco, porque interceptó con sus manos mi brazo derecho y su impulso hacia adelante, pero no pudo evitar que la hoja acabara clavándose en su pecho. Después, aunque Mercedes diga ahora que, aún con la navaja en mi mano, le grité y la insulté y amenacé con herirla también, sólo recuerdo haber salido caminando por la entrada del estacionamiento y que un guardia, vestido de camisa blanca y pantalón azul, se me quedó viendo sin decirme nada. Afuera las calles estaban mojadas, lo que indicaba que había llovido en el lapso entre la entrada de los taxis al estacionamiento y mi salida a pie, pero esto es algo que no pensé en el momento sino después, cuando todo había acabado.

La ciudad seguía a su ritmo, con su tráfico vehicular y sus primeras luces anticipándose a la noche, que aún no llegaba, con su temperatura de infierno y su vida de infierno. La mañana siguiente los diarios anunciarían nuevamente en sus portadas los asesinatos más recientes en todo el país, su más fácil estrategia para atraer lectores. Ahí aparecería yo, con una cara de no entender qué putas pasa, identificado como presunto asesino de Walter Antonio Laínez Enamorado, de diecinueve años, auditor bancario, pero de esto yo no era consciente cuando salí del estacionamiento del centro comercial. Caminé unos minutos y luego me detuve en una esquina. Mi corazón había empezado a latir muy fuerte y se me dificultaba respirar. Vi mi mano derecha cubierta parcialmente de sangre y levanté la mirada al cielo como tratando de encontrar una explicación para todo aquello que no alcanzaba a organizarse adecuadamente en mi cabeza. Sentí un mareo y me apoyé en una pared. Caí sentado en una acera pero sabía que no podía quedarme en esa posición y entonces cedí del todo y quedé acostado, boca arriba, aún despierto.

Lo último que recuerdo es un desorden de cables en el cielo, una insoportable cantidad de cables mojados por la lluvia que parecían nacer ahí mismo, sobre mi mirada, y que se dispersaban por toda la calle para encontrarse, más allá, con otros cables.

Cerré los ojos para no tener que ver un cielo tan oscuro.

 

 

Tomado de:
Rodríguez, Giovanni.
Los días
y los muertos.

Honduras: Editorial
Universitaria. 2016