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© Mailen Albamonte Pizarro

Ricardo Elías

CHILE

 

 

Nació en Santiago de Chile en 1983, y a los diez años de edad escribió su primera novela. Aunque más tarde se decidió por el camino de las comunicaciones y el cine (dirigió y escribió dos largometrajes),  nunca  abandonó la literatura. En 2012 ganó la beca de creación literaria del Fondo del Libro con la obra Memorias del desparpajo, libro de cuentos que luego se transformaría en Cielo fosco, publicado el año 2014 por editorial Librosdementira. Por esa misma época comenzó a publicar artículos y textos breves en revistas literarias de circulación nacional e internacional como Jámpster, Revista Crepúsculo y Neo Club Press. En 2017 ganó el V Concurso Inter-nacional de Novela Contacto Latino, en Columbus, Estados Unidos, con su novela A la cárcel que luego sería editada por Alto Pogo, en Argentina.

En 2018, su cuento “Un muerto de mal criterio” fue seleccionado para integrar la Antología de relatos de humor de editorial Verbum, en España. Relatos suyos  han aparecido en diversas antologías: Todo se derrumbó. Relatos sobre el desastre. Santiago-Ander, Chile, 2018; Writing grandmothers, Africa vs. Latin America Vol. 2, Mwanaka Media and Publishing, Zimbabwe, 2019; Santiago. Dostoyevsky Wannabe Cities, Reino Unido, 2019. Actualmente reside en la ciudad de Viña del Mar.

Fragmentos de A la cárcel

-¿Un puchito? -ofreció el Picle.
-No fumo -respondió Lalo.
-¿No fumai...? Me estay hueviando.
-El cigarro da cáncer, Picle.
-¡Pero huevón, estamos en cana! A quién chucha le importa. Estirar la pata sería lo mejor que nos podría pasar.
-Sí, claro. Imagínate que fumas durante tus diez años de presidio, cumples tu condena, sales libre, llegas a tu casa, abrazas a tu mujer y sientes un dolor en el pecho. Al día siguiente vas al doctor: cáncer de pulmón, tres meses de vida. ¿Cómo te verías?
El Picle miró su cigarrillo. Lo tiró al suelo y lo pisó.
-Me convenciste –dijo-. No te fumo nunca más. Igual, de aquí a que salga… van a pasar una chorrera de años. Mi familia ya no viene ni a verme pos loco. La Laura anda con un mecánico. Se van a casar.
Encendió otro cigarrillo.

***

El reloj marcó las diecisiete y diez ese martes. Lalo Cartagena caminaba de un lado a otro del patio bordeando a Guillermo, así le llamaban al enorme muro que los separaba del exterior. El nombre fue acuñado en honor a Guillermo del Ponte, el carterista más antiguo del que se tenía registros. Lo mataron a pedradas. Al igual que ese Guillermo, cada año que pasaba, el muro se llenaba de más agujeros producto de piedras y golpes. Era una tradición de los presos. Fantaseaban con que esos boquetes servirían alguna vez para que alguien los escalara y saliera libre.

***

Lalo Cartagena miró con asombro el montaje de la estructura, una extraña satisfacción le infló el pecho. Era como si la sangre llenara cálidamente cada arteria de su cuerpo y el corazón se le inflara como un enorme pulmón. Jamás creyó que experimentaría algo así dentro de la cárcel. Yo debí haber sido paleontólogo en vez de delincuente, pensó. Aunque una cosa no necesariamente quitaba a la otra. Podría haber sido paleontólogo y delincuente a la vez. Ser delincuente no se elige, se es delincuente porque las circunstancias así lo determinan. Pocos niños hay en el mundo que responden quiero ejercer la delincuencia cuando les preguntan qué les gustaría ser de mayores.


Tomado de:
Elías, Ricardo. (2018) A la cárcel. Chile: Alto Pogo