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© Gabriel Armas

 

Ana Fortuny

GUATEMALA

 

 

Mi nombre es Ana Fortuny. Soy bióloga egresada de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Desde pequeña tuve un vínculo estrecho con los animales. Hay algo en las ranas y en los colibríes que me hipnotiza, aunque también encuentro fascinante la presencia de los árboles. Bajo su sombra, al ver hacia arriba, me pierdo para encontrarme. Al despertar, los abrazo. Empecé a escribir historias en   la clase del profesor Santiago Sanz Benito, en el Colegio Alemán. Algunos compañeros sufrían cuando  te-nían  que redactar, y, a veces, cambiábamos los cuadernos. Yo modificaba y corregía los relatos; ellos, los problemas de física. Al salir del bachillerato me olvidé de las letras, pero después de 30 años, en un taller de Gloria Hernández, retomé la escritura.

Continué con Mario Roberto Morales, Raúl de la Horra, Luis Aceituno y Arturo Monterroso. De ellos he aprendido el cómo. El qué, lo tomo de la vida, de mi familia, de los amigos y de los libros, o del niño que va por la calle con su rebaño de cabras, del señor que carga cubetas para lavar los carros, y de la mujer que saltó del puente del Incienso. Mi abuela tiene 93 años. La adoro y trato de hacer todo lo que ella no pudo, como cantar, por ejemplo, o visitar la librería Sophos. F&G publicó mi libro Caricias para Beatriz y otros relatos en 2014. Otros cuentos han aparecido en revistas de Centroamérica, México y Francia. Memorias de Adriano, El olvido que seremos y los poemas de Miguel Hernández me acompañarán cuando me desintegre.

Fragmento de “Mendel XXI”

…Buscaba siempre una nueva característica: hojas comestibles con sabor de arándanos, un perfume con toques de almizcle y azahares, y hasta un grado de inteligencia que les permitiera inclinarse cuando él derramara agua cerca de sus raíces. Trabajaba todo el día. En los anaqueles ya no había espacio para más frascos, bandejas y escalpelos. Por las tardes yo ordenaba el alboroto que dejaba en el herbario. Recogía del piso restos de hojas, bulbos y tallos. El doctor seguía sin encontrar el ejemplar esperado.

Finalmente, después de trece años, apareció una en medio de todas. Abrió sus flores y su fragancia transportó al doctor López. Lo impregnó. Reconoció el aroma ansiado y como león en celo corrió hacia ella. Sacó su navaja y cortó los estambres. Me ordenó salir de la granja, pero no le obedecí. Me quedé observándolo, detrás de la bodega de granos.

Se dirigió al laboratorio. Tardó unos minutos y volvió con un tubo de ensayo. Con una sustancia viscosa, la polinizó. Respiró tranquilo. Al día siguiente me saludó de forma cordial. En unas semanas recuperó el sueño perdido de incontables noches. Tachaba cada día en el calendario, una marca tras otra. Buscó en los libros un nombre. Para eso sí aceptó mi opinión, y la llamamos Mirra. Pero a ella le dio lo mismo, tener un nombre no la liberaba de su prisión.

Mirra adquiría formas onduladas, sus tallos laterales eran brazos robustos, se extendían en todas direcciones. Pronto, las flores se marchitaron y los frutos engrosaron hasta casi caer al suelo. En la fecha prevista tomó el bisturí. Con temor y esperanza abrió el más pequeño.  Sonrió.  Adentro había  un homúnculo dormido en posición fetal. Sus rasgos coincidían: era él, diminuto. Abrió otro fruto y de nuevo se encontró, reducido. Varios hombres/fruto.

El doctor López no había tenido hijos; las mujeres con las que había vivido, lo habían abandonado; no había procreado con ninguna. Se obsesionó con la planta, quería esconderla de todos. Dormido, soñaba que le crecían alas y escapaba del huerto. Despierto, la imaginaba arrastrándose como sala- mandra hasta perderse de vista.

La necesitaba a su lado, hacía pequeñas incisiones para sorber la clorofila. Se excitaba al ver su rostro en el espejo con un tono esmeralda. Las ausencias disminuyeron a su mínima expresión, sólo se alejaba para traer más «polen». Empezó por construir una cerca y después, un invernadero con malla antipájaros, antirrayos y rompevientos. Colocó por último una enorme campana. Desde afuera la ob- servaba, pegaba las manos y la cara al cristal y la contemplaba por horas, monologaba con ella…


Tomado de: Fortuny, Ana. (2014) Caricias para Beatriz
y otros relatos.
Guatemala: F&G Editores