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© Julia Toro

Andrea Jeftanovic

CHILE

 

 

Mi nombre es Andrea Jeftanovic y nací en Santiago. Realicé un doctorado en letras en la Universidad de California, Berkeley. He publicado las novelas Escenario de guerra (2000) y Geografía de la lengua (2007), y los volúmenes de relatos No aceptes caramelos de extraños (2012) y Destinos errantes (2018). En el campo de la no ficción, soy autora de Conversaciones con Isidora Aguirre (2009), Hablan los hijos (2011) y Escribir desde el trapecio (2017).

Escribo en ese arco ambiguo entre la memoria y la imaginación. Escribo con la ilusión de lograr una sintaxis emocional o en las costuras de alguna frontera.

En mi currículo oculto soy aficionada a las bicicletas, a los perros, a los viajes y subrayadora de libros. En el oficial combino mi trabajo literario con la de crítica de teatro en  el diario El Mercurio,  y con la docencia en la Universidad  de Santiago de Chile; la fuerza de centrípeta de todo es la escritura.


Fragmento de Destinos errantes

He viajado lejos para resolver lo más íntimo en cuartos ajenos. Estos textos los escribí en una residencia en Alcalá de Henares, en una pieza alquilada en Sarajevo posguerra de los Balcanes, en una habitación de hotel en Río Janeiro siguiendo el itinerario de los personajes de los cuentos de la escritora brasilera Clarice Lispector. O bien, en la habitación de Noam, un hijo víctima del conflicto palestino-israelí, cuyo padre es parte de una organización que reúne deudos de ambos pueblos y luchan para buscar fórmulas de convivencia. Otras locaciones fueron cuartos de departamentos alquilados en Berkeley, en hoteles carreteros en el Big Sur californiano, o, entre la habitación de Salvador Allende y el taller de bicicletas de un deportista detenido durante la dictadura chilena, el ciclista Peter Tormen. Más adelante, en una habitación donde se alojó Fidel Castro en la provincia de Cienfuegos, también, en casas cubanas que reciben turistas, y, que una vez me recibieron a mí y mi familia en un viaje por la isla, previo a la llegada del presidente Obama.

Estas crónicas son una combinación de lo vivido, lo imaginado, lo leído, lo temido. Hay itinerarios que realicé con cierta culpa, eso de estar y abandonar, de decir “alto” a todo por un tiempo y retornar como heroína fracasada.

Escribir de viajes es dejar espacios en blanco, hablar sobre lo que no alcanzaste a ver. Escribir es un ejercicio físico, entre otras cosas, implica desplazarse, caminar, volar, navegar; todos verbos en infinitivo. Implica enfrentarse a la presencia espectral del pasado y del futuro. Un denominador común de estas crónicas ha sido que incluyen el acto de caminar. Son viajes en los que caminé de día, de noche, siguiendo mapas, extraviada, al azar, o yendo rauda a un punto. Me gustó hacer del caminar una metodología de meditación y escritura. Se camina física y psicológicamente. Se camina para ir a los orígenes, para desviarse en el camino y reformular el destino. El mismo magma de pensamientos y recuerdos se despliega mejor durante los paseos.

Se viaja entre personas, entre culturas y subjetividades, al poco tiempo te das cuenta de que hay una llamativa semejanza entre huellas digitales y mapas orográficos. A primera vista no se distinguen. El relieve de la piel semeja un paisaje montañoso, la imagen de la yema de un dedo semeja la de una elevación del terreno. Las estrías de la piel semejan líneas de nivel en un plano topográfico. Extiendo mi mano e intento ver por dónde he andado.

Viajar tiene algo de pensar caminando.

En los viajes se mide de otra forma el tiempo y el espacio.

El relato de viaje es un relato vector, sigue una flecha secreta.


Tomado de Jeftanovic, Andrea. (2018) Destinos errantes.
Chile: Tajamar editores