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© Paula Moneta

 

Enzo Maqueira

ARGENTINA

 

 

Como buen argentino, mi sangre es italiana y es gallega. También tengo una dosis de libanés. Nací en noviembre de 1977, en plena dictadura militar. En mi casa se leía mucho y había una biblioteca digna para una familia de clase media trabajadora. Mi sueño era ser escritor. Los primeros intentos fueron a los nueve años: un poema con olor a plagio y tres cuadernos del estilo “Elige tu propia aventura”.  Escribía   la historia pero también la tapa, los próximos títulos y la biografía del autor. Me dibujaba en la contratapa, con lentes y máquina de escribir.

En la adolescencia ensayé mis primeras novelas. Estudiaba comunicación social  porque  tenía  que  vivir  de algo. Mi primera publicación fue por trabajo: las crónicas y relatos de Historias de putas.  Luego  vinieron las  novelas  Ruda  macho  El  impostor.  Todo pasó  más o menos inadvertido, hasta que escribí Electrónica. Publicada por Interzona en 2014, cuenta la vida de una profesora universitaria que se rehúsa a despedirse de su adolescencia, las fiestas electrónicas, las drogas y el amor por un alumno. Una novela sobre la insatisfacción, la caída de los grandes tótems y el mandato de ser feliz. “El escritor de una generación”, dijo el periodismo. Por un momento creí haber llegado a la meta, pero la vida siguió adelante. Mi más reciente novela se llama Hágase usted mismo,  y   es la historia de un hombre que huye a la Patagonia para empezar de nuevo.

Fragmento de Electrónica

Warm up

Te encontraste con el examen de Rabec y sentiste las mariposas en la panza. Hacía una hora que estabas con la pila de parciales en la mesa de luz, esperando que Gonzalo se quedara dormido para empezar a corregir. Antes habían mirado el capítulo de Los Simpson de la Venus de jalea. Gonzalo anticipaba los chistes, como hacía siempre, y vos te imaginabas que le ponías una mordaza de alambre de púas para callarlo, hasta que por fin se acurrucó en su lado de la cama y se quedó dormido. Recién en ese momento bajaste el volumen del televisor, prendiste el velador y te pusiste los lentes. Te costó concentrarte, pero al tercer examen ya corregías en piloto automático: ponías una tilde con birome roja en las respuestas correctas, hacías una cruz si había un error, tachabas la hoja cuando alguno había guitarreado. Cómo te molestaba esa palabra, “guitarrear”, ese vocabulario de profesora que se te había pegado sin darte cuenta. Sabías que el examen de Rabec estaba entre los otros, con la letra redondeada y la firma chiquita, de tener la autoestima baja, al final de la última pregunta. Querías creer que el examen tenía algún mensaje escondido, pero no ibas a anticiparte, ibas a esperar que llegara su turno. Que un mensaje escondido en el examen parcial de Rabec apareciera cuando fuera su momento, porque aunque pocas veces te hacías caso, sabías que el tiempo era tu mejor consejero.

Rabec te había gustado desde el primer día: tenía el flequillo sobre la frente, los brazos llenos de venas. Ni bien entró al aula te hizo esa sonrisa con cara de dormido. Siempre te había parecido una frase de boluda, mariposas en la panza, pero con él  no  había  otro modo de explicarlo. Sentías lo mismo ahora, en la cama, el televisor en mute, tu novio durmiendo profundo pero demasiado cerca como para que corrigieras tranquila. Rabec había contestado bien casi todas las preguntas. Había escrito poesía, novela, cuento y había subrayado cada una de esas palabras, las mismas que habías resaltado en clase para explicar por qué la ficción siempre es mejor que el periodismo –aunque vos enseñabas periodismo–, y por qué, al mismo tiempo (con esto te habías ido por las ramas), la realidad es siempre una ficción. Rabec las había usado igual, como si vinieran de tu boca. No había ningún mensaje escondido, pero que repitiera exactamente tus mismas palabras quería decir mucho más que si te hubiera dibujado un corazón.



Tomado de: Maqueira, Enzo (2014) Electrónica.
Argentina: Interzona