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© Juan Andrés Quesada

 

Uriel Quesada

COSTA RICA

 

 

Nací en San José, Costa Rica, pero vivo en Estados Unidos desde 1997. He tenido muchos trabajos, desde creativo publicitario hasta  profesor  de  español.  Actualmente  me desempeño como decano de ciencias y letras en la Universidad de Loyola en Nueva Orleáns. La  literatura  es, sin embargo, mi pasión absoluta y uno de los motivos para seguir adelante.

Mi primer libro apareció en 1985; el más reciente, en 2019. Más de treinta años median entre uno y otro, lo que muestra más que todo lo resilientes que podemos ser los escritores. En este lapso he publicado trece libros entre novelas, cuentos, narrativas personales y ensayo. Me considero, sin embargo, fundamentalmente un cuentista. En este género me siento más cómodo y trabajo siempre en busca de la utopía, como dijo alguna vez Ignacio Padilla, de la perfección en cuanto a forma y contenido. Soy un voraz lector de cuentos y de teoría sobre la escritura breve.

Mi obra ha  recibido  varios  galardones.  El  atardecer de los niños fue honrado con los premios Editorial Costa Rica y Nacional de Cuento en 1990. Lejos, tan lejos ganó el Premio Ancora 2005. En ese mismo año, mi novela El gato de sí mismo fue distinguida con el Premio Nacional de Costa Rica. Queer Brown Voices (narrativas personales), recibió el Ruth Benedict Award en 2016. En 2018, La invención y el olvido ganó el Premio Nacional de Cuento de Costa Rica.

Fragmento de “El circulante”

Encontré al tío Jesús María sentado frente al televisor. Él era uno de mis puentes con una niñez mejor, más sana. Si hubo alguien que se preocupara por traerme modelitos de autos, ése fue el tío Jesús María. En el año 1957 él aún estaba en España estudiando para médico, algo nada fuera de lo común en aquella época, cuando los aspirantes a doctor debían hacer sus estudios en el exterior. La mayoría se iba a México, pero el tío había convencido a los abuelos de que Madrid era el sitio ideal para su formación y se había ido muy joven. En la gaveta de algún ropero hay una fotografía de la tarde de su partida. El patio de los abuelos era un espacio agreste, más parecido al set de un spaguetti western que al hogar de una fa- milia de entonces. Tal vez valga la pena detenerse de nuevo para hacer algunas aclaraciones. Me cuentan que los abuelos vivían en un caserón de bahareque, en una zona medianamente poblada que una inundación arrasó por completo en los años sesenta. Nunca hubo en ellos un sentido de la belleza como el que aprendí del tío Jesús María. Los abuelos eran gente to- sca y muy pragmática. Tenían muchos animales, desde perros hasta chanchos en pocilgas apestosas. Al fondo en la foto se ven varias gallinas y un chompipe, todos dedicados a la tarea de encontrar comida fresca en la tierra dura, sin hierba. Hay también unas matas de plátano y una pila de leña para alimentar el fogón y el horno de barro. Mi tío está de traje en- tero impecable, lo mismo mi abuelo. Luego está mi otro tío, Délano, quien era casi un niño. Mi padre tiene saco cruzado al estilo Tin Tan. Le queda grande, pero aun así se ve delgado y robusto, como el buen jugador de fútbol que era. Por último está mi abuela con uno de esos vestidos a la rodilla que le ocultaban las formas. Aunque parecía estar lista para salir como todos los demás, ni esa vez ni nunca iría a despedir o a recibir a nadie. Se ponía ropa buena para decir adiós en casa y tal vez para llorar cuando partía la caravana de familiares rumbo al aeropuerto. Esa foto tomada en 1952 muestra algunas cosas más allá de un grupo de famil- ia: es el registro de un cambio. Al ser el primero en ir a la universidad, el tío Jesús María abrió camino a las siguientes generaciones. Si ahora somos clase media fue porque él nos sirvió de modelo. No ocurrió lo mismo con sus padres y hermanos. Entre el momento de la foto y su regreso diez años después la familia se había empobrecido aceleradamente.



Tomado de: Quesada, Uriel (2018)
La invención y el olvido. Costa Rica: Uruk editores