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Giovanna Rivero

BOLIVIA

 

 

Aprendí a leer antes de saber escribir mi nombre. La turbación del descubrimiento infantil de la disonancia entre su ortografía y su sonido persistiría en mi escritura. Esa fallida lealtad del lenguaje a la emoción y a la carne es algo que me estremeció desde el principio. ¿Dije que ‘aprendí’ a leer como si se tratara de un hecho acabado? Es mentira. Todavía sigo aprendiendo a leer (tantos infinitos alfabetos, tanta vida subconsciente), pero entonces, en la niñez, cuando el símbolo se desfloraba ante las punzadas de cada letra, me parecía que el mundo entero me pertenecía.

Nací  en  1972,  en  un  pueblo  del  oriente  boliviano
–Montero–, y tal vez fue la precariedad de la vida de provincia lo que determinó mis búsquedas  literarias  y los mundos que habitan mis personajes. Hay, creo, una irresuelta tensión entre sus corazones sencillos y todo aquello desconocido que se alza sobre sus  cabezas.  Bajo ese impulso es que escribí la novela 98 segundos   sin sombra, en la que una adolescente escapa del ethos del narcotráfico siguiendo la huella de un gurú que le ha prometido la más radical de las libertades en Ganímedes.

En mis cuentos hay vampiros, flautistas que encantan a las ratas, brujas andinas, niñas de poderosa inocencia. Parece una lista de lo más clisé. Pero si a algo nunca le he temido es al símbolo manoseado, a recoger de la pasión del pueblo sus sueños y sus terrores y hacer con eso algo mío. En Para comerte mejor y La mansedumbre (de pronta edición) respiran hambrientas estas criaturas.

Fragmento de La mansedumbre

–¿Era caliente el líquido viscoso que te dejaron ahí?
–¿Caliente?
–Tibio. Viscoso. ¿Era un líquido como la clara del huevo? La clara, Elise, cuando recién quiebras el cascarón…
–Creo que sí… No lo sé. Pensé que era sangre del mes.
–Y sin embargo no lo era. Era la semilla de un varón.
–Sí, Pastor Jacob. Digo la verdad.
–La verdad siempre es más grande que los siervos. Y más si la sierva se ha distraído, si no se ha cuidado como lo exige el Señor. Nosotros vamos a determinar cuál es la verdad. Según hemos grabado en tu primer testimonio, tú estabas sumida en un sopor extraño como si hubieras ofrecido tu voluntad al diablo.
–Yo jamás le ofrecería mi voluntad al diablo, Pastor Jacob.
–No digas “jamás”, Elise. Somos débiles. Tú eres muy débil, ya ves.
–Yo estaba dormida, Pastor Jacob.
–Eso lo tenemos en cuenta.
–¿...Vendrá mi padre a la reunión de los ministros?
–No. El hermano Walter Lowen no puede formar parte de la reunión. Ya la deshonra y la tribulación lo tienen muy ocupado. Anda, Elise, dile a tu madre que traiga las sábanas de esa noche, vamos a examinarlas. Que ya nadie las toque. Todo es impuro ahora, ¿me entiendes?
–Sí, Pastor Jacob.
II
¿Era bonita Elise? No precisamente, pero tenía que agradecerle al Señor la composición definida de su rostro, la manera en que el mentón se apretaba contra el labio inferior, un poco más grueso que el superior, y que era lo que según la propia abuela Anna le exigía ser más humilde, protegerse mejor.
Protegerse. Contra el turbión que todo lo destruía a puro dentelladas de electricidad y agua.
¡Contra los designios del Señor! Y que Walter Lowen jamás la escuchara blasfemando así. Aunque es probable que su padre también blasfemara. Lo había encontrado llorando con ira en los cobertizos, mientras les prendía fuego a las sábanas ensangrentadas cuando por fin se las devolvieron, después de días de discusión en la reunión de ancianos y ministros. Y llorando cuando en medio de la noche, como si fueran ladrones de lámparas, de luces ajenas, subieron las cosas más importantes al buggy: el cofrecito oxidado con los ahorros, los bolsos con ropa, el edredón de tulipanes bordados en puntos rellenos tan gorditos que provocaba tocarlos y tocarlos, los álbumes y los casetes con las imágenes y las voces de sus muertos. No eran ellos los que debían marcharse. Pero eran ellos los que se marchaban. “No miren atrás”, les ordenó Walter Lowen. Elise apoyó su cabeza cubierta únicamente con la pañoleta sobre el hombro blando de su madre y se concentró en el traqueteo del buggy

 


Tomado de:
Rivero, Giovanna (inédito) La mansedumbre