Regresar a índice

 

Responsive image

 

 

Juan Manuel Robles

PERÚ

 

 

Nació en Lima el 4 de noviembre de 1978. Tiene un más- ter en escritura creativa en español  de  la  Universidad de Nueva York. Ha publicado los libros Lima Freak. Vidas insólitas en una ciudad perturbada (Planeta, 2007), Nuevos juguetes de la guerra fría (Seix Barral, 2015) y No somos cazafantasmas (Seix Barral, 2019), y ha sido redactor de la revista Somos, del diario El Comercio, y editor de la revista Cosas.

Sus reportajes y relatos han aparecido en las revis- tas Etiqueta Negra, Letras Libres, Buen Salvaje, Gatopardo y VICE, así como en diversas antologías latinoamericanas.

En 2017 fue incluido en el listado Bogotá39. Actual- mente vive en Lima, y se desempeña como docente universitario.

Memorias de la China

Me quedé frío al verlo.

El abuelo estaba parado encima de la baranda del balcón: inmóvil y con los brazos abier- tos. Parecía un espantapájaros o un Cristo. ¿Cómo hacía para mantener el equilibrio? Al prin- cipio pensé que era un sueño. Yo estaba acostado en mi cuarto, que, al igual que la sala, tenía una mampara de vidrio que daba acceso al balcón: horas antes me había quedado dormido, mareado y con dolor de cabeza por efecto del pisco, y de pronto vi la silueta, algo borrosa detrás de la cortina pero rotunda como una estaca. No, no era un sueño. Me paré de un salto. Traté de mantener la calma. Respiré hondo. Sin perderlo de vista, cogí el celular y lancé una alerta.

Mamá no respondió. Seguramente estaba divirtiéndose no muy lejos, en el café de la es- quina o en el minimarket. Tal vez se dedicaba en ese mismo instante a rastrear a alguno de los tipos que vivían en los edificios de enfrente: desde que le enseñé cómo ubicar personas en el navegador tridimensional, mamá volaba cual bruja por el barrio, husmeando los trayec- tos de los vecinos guapos que vivían en la manzana. Los veía subir y bajar en la pantalla, pun- titos verdes descendiendo en línea recta por entre las moles de concreto traslúcidas, al ritmo veloz de los ascensores, y así planeaba mejor sus encuentros “casuales” (a mamá le gustaba la idea de chocarse con personas de carne y hueso en la realidad; poner su foto en las redes, decía, es de chicas fáciles). La alerta, una aplicación para invocar a mamá que yo —me da ternura recordarlo— había diseñado para que pudiera irse a pasear tranquila, funcionaba así: ella recibía la señal en el celular y automáticamente podía conectarse al parlante de la sala, de donde saldría su voz.

La voz de mamá era lo único que calmaba al abuelo en casos de emergencia; su efecto era realmente mágico.
Pero ahora ella no respondía. Imaginé que estaba entretenida con alguno de esos galanes.
Que por eso no me tomaba importancia.

El abuelo acomodó una de sus piernas y empezó a tambalearse. Estuve a punto de gritar, pero me contuve. La mampara de mi habitación —que daba a la terraza— estaba cerrada con llave desde que me descubrieron fumando con mi amigo Óscar (lo hacíamos allí para evitar los detectores de humo). Así que salí del cuarto al pasadizo y del pasadizo a la sala, y me acerqué al balcón sigilosamente. Desde este ángulo todo parecía más claro: la intención del viejo era tirarse.



Tomado de: Robles, Juan Manuel (2019)
No somos cazafantasmas. México: Colección Bordes,
Sello Booket, Editorial Planeta