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© Tyron Maridueña

 

Solange Rodríguez

ECUADOR

 

 

Me llamo Solange, pero mi madre cuenta que iban a ponerme de nombre Scheherezade hasta  que  alguien  en el Registro Civil, providencialmente,  lo  impidió.  Me he aproximado a la literatura desde que tengo memoria, obtuve una licenciatura en comunicación y una maestría en letras lati-noamericanas, pero mis intereses involucran el relato que bordea lo fantástico y lo insólito. Esto que digo ha ido consolidándose desde mi primera publicación Tinta sangre (Gato Tuerto, 2000) hasta la octava, Levitaciones  (Micrópolis,  2019).  En  el  camino  obtuve un Premio nacional de cuento en Ecuador, el Joaquín Gallegos Lara (2010).

Me  interesa  la  anarquía  creativa,  pero   también   los estudios académicos porque América Latina tiene  que trabajar mucho en refrescar y en documentar su memoria imaginativa. Desde hace algunos años organizo los encuentros de narradores ¿Es país para cuentistas?    y Minúscula, actividades que exploran las diferentes variantes del relato y se preguntan por qué es un género ancestral, fascinante e inextinguible. También conduzco desde octubre de 2017 el laboratorio de narradores emergentes Aquí pasan cosas extrañas donde exploramos nuestros particulares intereses de escritura. Me entero que esto suele llamarse taller literario, pero yo prefiero referirme a nuestras reuniones como un laboratorio donde nosotros somos los reactivos.


Fragmento de “La llamada”

Para Raquel


“Enterramos a mi madre un sábado al medio día. Hacía un sol espléndido”.
Ambigüedad de las paradojas
Andrés Neuman

 

En mitad de una disertación del profesor Orlando Guerra acerca de la brevedad, vino la llamada. Estaba explicando a su auditorio que en un relato muy corto, por encima de cualquier otra regla de escritura, lo importante era el poder de la sugerencia, y ponía de ejemplo aquel cuento de Neuman que era parecido a un fresco italiano; una estampa que hablaba sobre luminosidad y sobre la muerte que refulge rutilante sobre un fondo azul. Justo en ese instante siente llamada de su padre, una vibración incómoda se le extiende por todo el cuerpo y él se ajusta mejor en su silla de académico para que la llamada pase sin notarse desde fuera. Cree que aún no es tiempo para eso. Ya más tarde le prestará atención porque que usualmente las llamadas ocurren, por lo menos, una vez al día desde hace siete días. Él las posterga hasta más tarde, y ya en la noche le es imposible ocuparse de eso. Tan cansado y con tantos pendientes de escritura, le dedica y un pensamiento rápido a su padre antes de dormir y en un pestañazo, ya es un día nuevo.

Le cuesta tanto hacerle caso a esas llamadas. No coinciden aunque estén tan solitarios los dos y en una misma ciudad ¿Y al resto de sus hermanos también los llamará papá para el mismo asunto? Al que está en San Diego, a la que tuvo mellizos, ¿o solo es conmigo porque me sabe ocupado? Dame tiempo papá, que me fumo un cigarro y vivo. Me distraigo contemplando lomos de libros interesantes o con muchachas agradables que me buscan para hablar de literatura, ¿a quién no le ha pasado eso? ¿Usted es Orlando Guerra, el escritor?, autografíeme aquí y más acá, y él tiene lista una pluma privada para esos casos. En eso, la llamada que no cesa. Él la escucha y ellas continúan hurgándolo, sacándole todo lo que pueden con sus manos pequeñas. No, así no puedo. O la vida o la llamada. Y da una clase y la llamada y enciende el auto y la llamada y nunca será un buen día para atender la llamada, así que al borde de un domingo vuelve al lugar donde dejó a su padre y frente a su tumba cambia las flores muertas de hace semanas por un ramo fresco de violetas. Coloca el puño sobre la lápida y toca tres veces. Para, para, ya estoy aquí papá, empecemos, dice Orlando Guerra. Entonces, finalmente, apaga aliviado el celular.



Tomado de: Rodríguez Pappe, Solange. (2019)
Levitaciones. Perú: Micrópolis