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© José Vicente Rodríguez

Anacristina Rossi

COSTA RICA

 

 

Nací en  San  José,  Costa  Rica,  pero  debí  haber  nacido en el puerto caribeño de Limón. De chica si no estaba montando a caballo estaba leyendo. En la adolescencia empecé a escribir y no tuve éxito al enseñar mis textos a los consagrados. Pero al poeta Alfonso Chase debo la solidez de mi vocación cuando puso en mis manos Las Olas, de Virginia Woolf, mi libro favorito aún hoy.

Cuando tenía 19 años mis padres me enviaron a Europa como “castigo”  por comunista y según ellos puta. Llegué     a Londres donde no pude entrar a la universidad.  Pasé  casi cuatro años estudiando danza y  escribiendo.  Luego me trasladé a París y allí saqué un Diploma de Estado en Traducción e hice un psicoanálisis que impidió que me volviera loca, por una espantosa historia familiar que narro en mi última novela.

Trabajé con mujeres campesinas de naciones originarias y fui activista ecologista, lo que casi me cuesta la vida. Tengo cuentos y ensayos. Me gusta: “Cambiar de sistema económico, un asunto de supervivencia”, que fue publicado en inglés en la revista Counterpunch. Me gustan mis cuentos de ciencia ficción. La editorial Páginas de Espuma me honró al incluir uno de ellos en su antología Insólitas. Mis novelas son: María la Noche (1985), La Loca de Gandoca (1991), Limón Blues (2002), Limón Reggae (2007), La Romana Indómita (2016), y Tocar a Diana (2019). De mis premios el que más me gusta es el José María Arguedas de Cuba en el 2004, pues me ha permitido un contacto más amplio con el mundo.


Fragmento de Tocar a Diana

Nada ni nadie me había preparado para el golpazo que era sentir. Pero mis pechos habían crecido para Sergio desde mis catorce, desde que él los había tocado en el estudio de tío Arnoldo.

Le había provocado a Sergio una reacción tan intensa que me dio temor. Porque lo que yo estaba haciendo allí en la cuadra era darle unos pechos que se habían formado y habían crecido para él y por eso le pertenecían. También le estaba entregando un amor que había nacido y crecido para él. Del resto yo no sabía nada.

Pero no era verdad. Había sentido cada noche culebras en los muslos y unos anillos de oro, tibios, que me apretaban las caderas con sólo recordarlo. Entonces, ¿las caderas y los muslos también eran de él? ¿Y era suyo, totalmente suyo, el animalito baboso en mi entrepierna? ¿Por qué? ¿Qué quería decir?

Fue el último pensamiento, la última reflexión que pude hacerme porque Sergio estaba tomando  la iniciativa y me hundía en una serie de catástrofes. La primera eran sus labios chupándome el cuer- po, la sorpresa de su lengua mojada y caliente. Su lengua bajaba. Sergio se quitó la camisa y me tomó una mano y me pidió que le acariciara los pezones y la nuca. Sergio me besaba interminablemente y el cuerpo ya no me pertenecía. Entonces así era, todo mi cuerpo era de él. Se puso de rodillas, me dirigió una extraña mirada y me dijo, mientras sus manos volvían a tantear mi entrepierna, “Dianita, sé que sos menor de edad, no debería estar haciendo esto. Espero que algún día podás perdonarme, no me voy a controlar”.

Sus dedos me tocaron hasta ponerme a gemir. Me hizo acostarme sobre la burucha y me abrió el sexo y dijo que nunca había visto nada tan hermoso. Me pidió permiso para besarlo de nuevo.

Cuando sentí su lengua caliente en esas partes que se habían dilatado tanto que me hubiera sido imposible levantarme, caminar, cuando sentí su dulce y hábil lengua dándome un placer inmenso me convertí en otra. Me disolví. Me fui. Entonces me penetró. Y mientras Sergio pedía que lo perdonara, supe que todos mis años de infancia y de pesadumbre, toda mi vida difícil y rebelde, todos mi recorridos y mis galopes y todos los olores y sabores que había disfrutado desde que nací, todo el llanto, todas las texturas y las alegrías, los poemas en francés y las novelas y los libros filosóficos o feministas, las desgra- cias, la incomprensión de mi madre y los enredos de papá y todo el barro, la montaña, las aves del río, el perfume de las siembras y los matojos, venían a desembocar íntegros a ese instante.



Tomado de: Rossi, Anacristina (2019) Tocar a Diana.
Nicaragua: Alfaguara