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© Alonso Sambolín

 

Alejandro Álvarez

PUERTO RICO

 

 

Poeta,  narrador  y   traductor   del   inglés.   Para   pagar   las cuentas, soy profesor del Programa Graduado de Traducción de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Con mi primer poemario, poemarios El proceso traductor (Libros AC, 2012), intenté conformar una serie de poemas formal y de suma belleza. No lo logré, quizá por eso me dieron el Premio de Poesía El Nuevo Día. Luego publiqué, Quiebre de armas (Trabalis Editores, 2018), con el que juego con la poesía coloquial para romper los estándares de la hombría caribeña. Me estrené en narrativa con la colección de cuentos Comandos (2019, Ediciones Alayubia), que también presenta formas juguetonas de una masculinidad fracasada. Me dio con escribir una novela, La última noche en el Majestic, que ganó mención de honor en los Premios Nacionales del Instituto de Cultura Puertorriqueña en 2015, y espera publicación para el 2020.

Entre mis  traducciones  se  destacan  NegrasStories  of Black Puerto Rican Women, de Yolanda Arroyo Pizarro (Boreales, 2011; al inglés), Anoche un DJ me salvó la vida, de William Brewster y Frank Broghton (Temas de Hoy, 2019; al español) y Belleza salvaje y otros poemas de Ntozake Shange (Atria Books, 2018; al español), con el que recibí   el International Latino Book Award 2018 en la categoría  de traducción al español. Soy anarcohedonista y buen comensal. Actualmente he caído en la locura de curar un festival literario con muy poco apoyo institucional, desde hace dos años dirigido por Mayra Santos Febres.

Fragmento de “Majestic Blues”

La tipa se llamaba Candy, o así decía que se llamaba, y llevaba cuatro días quedándose en una de las Ocean Suites. Era una rubia con cuerpo de prieta, de esas cosas raras que dejan  el sur de por allá en los estados. Alta, rubia y de ojos verdes. No pasaba de los veinticinco años. Siempre con ropa tropical, pero elegante. No sofisticada como las tipas de aquí. Fina de verdad. Ropa cara. Con un tatuaje pequeño de un símbolo del infinito en la muñeca derecha y otro de una cruz egipcia en la izquierda. Tenía las tetas salpicás de lunares. Desde que pisó la curvita de la entrada principal vino repartiendo el bacalao. Treinta pesos pa Antonio por bajarle las maletas. Trescientos a la picá pa la de la recepción por darle una suite exclusiva frente al mar. Luego cien pa Ortiz, que le llevó las maletas. Vamos, que la tipa, tras que estaba que estilla, era un guiso ambulante. Cuando le dejaron el equipaje, no hizo más que sentarse en el asiento del balcón y llamó a pedir una botella de Krystal con una orden de fresas con chocolate. Cincuenta cocos pal de Room Service.

Pa colmo era simpática. Demasiado simpática para mi gusto. Caminaba todo el mármol terracota que componía el lobby. Miraba los detalles de la madera tallada, las luces, la variedad de las orquídeas embobá. Donde quiera que se metía hablaba con todo el mundo, huésped o empleado, no importa. Preguntaba de todo, desde cómo era su trabajo hasta cuántos hijos tenían los muchachos, tan atenta que no se sabe si es que está prestando atención o si su cinismo es el más frío de todo el planeta.

Algo no cuadraba. Nadie puede ser tan feliz. Una veinteañera forrá de chavos viajando sola a Puerto Rico sin conocerlo, sin saber hablar español. Comprando en las tiendas del hotel como si no hubiera mañana, repartiendo billete como si vendiera la lotería. Saliendo de joda a las tantas de la madrugada con las meseras del lobby, a las que se echó al bolsillo antes de las nueve de la noche el día en el que llegó. Pidiendo sacos de perico a Antonio pa que se los trajera a la habitación. Alquilando un Ferrari pa darle la vuelta al Condado. Coño, ni los gringos viejos verdes que vienen aquí dos veces al mes hacen eso, chico. No sé, mi hermano, pero todo ese conjunto de loqueras como que no me cuadraban, me hacían mirarla raro. Los colmillús siempre están sonriendo. Y tenía que notárseme la desconfianza en la cara, porque la única persona en el Majestic a la que Candy Smith no le hacía puto caso era a mí.



Tomado de: Álvarez Nieves, Alejandro (2019)
Comandos y otros cuentos de hombres flojos.
Puerto Rico: Ediciones Alayubia