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© Iris Colil

 

Arelis Uribe

CHILE

 

 

Mi nombre es Arelis Uribe, soy periodista y escritora. Nací en Santiago. En 2016 publiqué el libro de cuentos Quiltras, que mezcla mujeres jóvenes mestizas y el despertar sexual en los tiempos de la Internet. Con este libro gané, al año siguiente,elPremioMejoresObrasLiterarias,génerocuento, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile. En 2017 publiqué Que explote todo, una antología de columnas-opinión —furiosas y politizadas— que publiqué como periodista en distintos medios digitales chilenos, como The Clinic o El Dínamo. En 2019 autopubliqué el fanzine Cosas que pienso mientras fumo marihuana. Además fui la directora de Comunicaciones de la organización feminista Observatorio Contra el Acoso Callejero, que promovió la ley contra el acoso sexual en espacios públicos en Chile,    y de la primera campaña presidencial del Frente Amplio, nueva orgánica de izquierda en Chile.

Mis cuentos y crónicas han sido reconocidos en distintos certámenes literarios de Latinoamérica. He sido profesora de escritura en la Universidad de Santiago y en la Universidad de Chile. Actualmente, intento componer canciones y estudio el máster en escritura creativa de la Universidad de Nueva York.


Fragmento de Quiltras

Cuando chica con mi prima nos dábamos besos. Jugábamos a las barbies, a la comidita  con tierra o a las palmas. Me quedaba en su casa fin de semana por medio. Dormíamos      en su cama. A veces nos sacábamos la camiseta del piyama y jugábamos a juntar nuestros pezones, que en esa época eran apenas dos manchones rosados sobre un torso plano. Con mi prima estuvimos juntas desde siempre. Nuestras mamás se embarazaron con dos meses de distancia. Nos dieron pechuga juntas, nos quitaron los pañales juntas, nos dio la peste cristal juntas. Era casi obvio que cuando grandes íbamos a compartir una casa y jugaríamos a la comidita y a las muñecas, pero de la vida real. Creía que íbamos a ser ella y yo, siempre. Pero los adultos corrompen las cosas.

En la familia de mi mamá eran siete hermanos. Tres hombres y cuatro mujeres. Los hombres vivían como los hermanos que eran. Habían estudiado ingeniería en la misma universidad, les gustaba el mismo equipo de fútbol y se juntaban a hablar de vinos y relojes. Las cuatro mujeres eran un caos. Una se fue a trabajar a Puerto Montt. Con suerte la veíamos para navidad. Otra se fue siguiendo a un pololo y ahora tenía muchos hijos y vivía en Australia. Casi no existía. Las dos que quedaban –mi mamá y la mamá de mi prima, mi tía Nena– eran esposas de hombres brutos. Mi papá era una bestia y también el papá de mi prima. De esa gente que se cura para año nuevo y hace llorar a los demás. Nunca vi a los siete hermanos reunidos. A veces nos encontrábamos en los funerales o cuando los abuelos celebraban un aniversario. Una vez fuimos a la parcela de uno de los tíos y en el patio había pavos reales. En nuestra casa apenas cabía la Pandora, una quiltra enorme que mataba a los gatos de los vecinos. Nunca entendí por qué vivíamos tan diferente, si éramos de la misma familia.

Mi mamá y mi tía Nena se parecían, por eso eran amigas. La gente tiende a ordenarse con los de su tipo, en una segregación voluntaria, como el reciclaje o las donaciones de sangre. Hasta que un día, no recuerdo por qué, se enojaron. Quizá fue porque mi mamá le pidió plata y no se la pagó. Quizá porque mi tía vino a almorzar y dijo algo malo sobre la comida. No sé, pero se enojaron y pasó lo que sucedía en una familia como la mía: en vez de resolver los problemas, dejaron de hablarse. Supongo que era una tregua, un acto de fe. Confiaban en que el silencio esfumaría las penas, que al dejar de nombrarlas también dejarían de existir.



Tomado de: Uribe, Arelis (2016) Quiltras.
Chile: Los Libros de la Mujer Rota