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Wilmer Urrelo

BOLIVIA

 

 

En un lejano y olvidable año 1975 nací yo. Lo hice en una ciudad alta y fría y muchas veces fea y con muy, pero muy mala luz. La Paz es así. E irremediablemente esas características se transmiten a la  gente  que  la  habita. O por lo menos eso creo. Pasé por varios colegios: unos malos y los otros peores aún. Sin embargo, eso no evitó que años más tarde haga una carrera universitaria.  Sabía que entrar a literatura de la universidad pública jamás iba a ayudarme en ese propósito. Por eso me inscribí en la peor de todas las carreras que uno pueda imaginarse. Estar en comunicación social, sin embargo, me dejó el tiempo suficiente para hacer lo único que me gusta practicar todos los días: leer. Leer todo el tiempo.  A cada hora. Y en todo lado y en todas las posturas que mi juventud me permitía. Eso, poder leer sin límite, es lo poco que le debo a la universidad pública.

Ya a principios de 2000 publiqué mi primera novela. Una medio policial que titulé Mundo negro. Después sobrevino el silencio.

En 2007 terminé de escribir un novelín de seiscientas y algo de páginas con el siguiente título: Fantasmas asesinos (esta también policial, pero ya no tanto).

Luego, otra vez el silencio. Un silencio que se rompió más o menos en 2011, cuando publiqué Hablar con los perros. Unos años después salió una compilación de cuentos llamada Todo el mundo cumple sus sueños menos yo y una reunión de crónicas titulada El Chicuelo dice. Bueno, eso (o ese), soy yo.

Fragmento de Todo el mundo cumple sus sueños menos yo

… y lo ves / es verdad / tus sueños nunca se hacen realidad…
Los Linces de Bolivia, “Estúpido romántico”

1.

Mi cuarto. O sea, las paredes llenas de afiches del grupo Jambao y de otros de cumbia, mi- ren a Maroyu, allá están los Ronisch, acá cerca Amadeus y los Korys y por este lado Iberia y luego mi ropero de plástico con roturas por todas partes. Adentro, colgadas y en completo desorden, conviven las camisas llamativas y descoloridas del muchachón, todas viejas, sin color, chamarras usadísimas, cuyas coderas y solapas están descascaradas por el paso del tiempo. Ah, un pobretón. ¿Un pobretón? Sí pues, un pobretón: tengo la cabeza enterrada en la almohada de funda azul y mi boca está ligeramente abierta, mírenme. Por el momento no se oye nada, salvo la respiración entrecortada del dormilón. Entonces se jode todo. Toda la calma. Mi sueñecito. Alguien golpea la puerta de metal de mi cuarto de forma repetida. Y una voz femenina dice: “¡Marcelo!”. El muchachón despierta, abre los ojos.

Buenos días alegría.

—¡Despertáte, flojo! ¡Marcelo!

Me incorporo a medias, bostezo. Miro hacia la puerta que se estremece por los golpes. Igual que siempre. Como todos los días. Qué aburrido. Los golpes siguen y como no respondo ella entra. Vieja. Despeinada. Con cara de mono. Los ropones colgándole del cuerpo desnutrido, los zapatos de hombre: es decir, mi mamacita.



Urrelo, Wilmer (2015) Todo el mundo cumple
sus sueños menos yo.
Bolivia: editorial El Cuervo