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© Paul Valle

 

Gabriela Wiener

PERÚ

 

 

Soy escritora, feminista, madre y periodista. Soy chola    y migrante. Nunca he  podido  narrar,  ni  opinar,  desde un lugar discreto; nunca he podido hacerme invisible, y para ser sincera tampoco lo he intentado. Amo la realidad que desenmascaramos en cada uno de nuestros actos. Amo la voluntad de asombro. Cuando niña me intoxiqué de poesía confesional y de los trabajos de artistas que escribían con su sangre y nos mostraban la cama en la que acababan de tener sexo. Me interesan los documentales que hacen los hijos sobre sus familias, tanto como los libros de memorias que nadie contaría, narraciones llenas de episodios bochornosos. La intimidad es mi materia.    Y quizá me pongo a tiro más por inseguridad que por valentía.

La autorrepresión siempre me pone al borde del arrebato y en situaciones incómodas de las que nunca   sé cómo salir. Pero salgo, y salgo un poco distinta. Lo   que escribo es fruto de la reincidencia en el vicio de documentar lo que me rodea con la esperanza de que    al relatarme alguien más se sienta relatado. Creo que lo más honesto que puedo hacer literariamente es contar las cosas como las veo, sin artificios, sin disfraces, sin filtros, sin mentiras, con mis prejuicios, obsesiones y complejos, con las verdades en minúscula, y por lo general sospechosas.

Soy de las que buscan lo abrumador de lo real. Hago crónicas, poemas, programas de radio, videocolumnas, periodismo feminista, performances y hasta una obra de teatro. El cuerpo es una de mis obsesiones, solo puedo contar desde y hacia el cuerpo, y contra lo que ha hecho el poder con él.

Fragmento de
“Cuanto mayor es la belleza, más profunda es la mancha”

Por primera vez, Sergei Pankejeff está llorando delante de su médico. Su nariz crece y enrojece violentamente con los espasmos del llanto. Es muy simple, para él su nariz es como un montón de lobos blancos que lo miran estáticos desde el árbol que está frente a su ventana. Sigmund Freud se peina la barba mientras Pankejeff, entre sollozos, vuelve a mencionar su nariz, el oscuro y deforme centro de su rostro. Hoy no espera profundizar en la visión de su padre penetrando salvajemente a su madre, no quiere saber nada más acerca de la vez en que su hermana se bajó el calzón y le dijo “come de aquí”, o de todo lo que soñó hacerle a su institutriz inglesa antes de que ésta le descubriera mirándola y le amenazara con cortarle un trozo del pene. Sergei sólo quiere que los lobos quietos y blancos, posados como palomas en las ramas, desaparezcan, pero estos se empeñan en gritarle que es como una maldita foto de Cindy Sherman, que su cara es el circo de la mujer gallina, y su nariz, sobre todo su nariz, un zurullo, pobre ruso adinerado.

Sufro trastorno dismórfico corporal. La misma enfermedad que sufría Pankejeff y que en vano trató de curar Freud. Como el aristócrata ruso, me preocupo obsesivamente por algo que considero un defecto en mis características físicas. Lo más perturbador de una enfermedad así es que ese defecto puede ser real o imaginario. No está claro quién o qué determina lo que es evidencia o producto de la fabulación. Es algo así como si entre los monstruos de nuestras pesadillas, en medio de los niños de dos caras, de los bebés que nacen con sus hermanos en el vientre y los gatos con seis patas, estuvieras tú.

El mal existe, como la deformidad y la putrefacción.

Nadie podrá despreciarme mejor que yo. Esa es mi conquista. La voz interior es siempre un recuento de catástrofes y barroquismo: mis dientes torcidos, mis rodillas negras, mis brazos gordos, mis pechos caídos, mis ojos pequeños clavados en dos bolsas de ojeras negras, mi nariz brillante y granulienta, mis pelos negros de bruja, mis gafas, mi incipiente joroba y mi incipiente papada, mis cicatrices, mis axilas peludas y abultadas, mi piel manchada, pecosa y lunareja, mis pequeñas manos negras con las uñas carcomidas, mi falta de cintura y curvas traseras, mi culo plano, mis cinco kilos de sobrepeso, los pelos hirsutos de mi pubis, el pelo de mi ano, los pezones grandes y marrones, mi abdomen descolgado y estriado. El tono de mi voz, mi aliento, el olor de mi vagina, mi sangre, mi fetidez. Y aún me falta hacerme vieja. Y descomponerme.

Wiener, Gabriela (2016) Llamada perdida.
España: Editorial Malpaso