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© Gabriela Montoya

Cristina Bendek

COLOMBIA

 

 

Soy caribeña, nací en octubre de 1987 en el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, en Colombia. A los 16 años me mudé a la ciudad de Bogotá para estudiar gobierno y relaciones internacionales. Viví en Ciudad de México entre 2011 y 2015, mientras terminaba mis estudios e iniciaba proyectos de emprendimiento propio. A los 27 años regresé a mi isla natal y, tras trece años de ausencia, decidí involucrarme de nuevo con las problemáticas locales.

En San Andrés trabajé como periodista y columnista durante dos años, abordando temas sobre política colombiana, la crisis de  paradigmas  institucionales  en la isla, y sobre el litigio internacional entre Colombia y Nicaragua por el mar del archipiélago. En mayo de 2018 terminé mi primer manuscrito, Los cristales de la sal, para enviarlo a una convocatoria nacional. La obra resultó ganadora del Premio Elisa Mújica de novela escrita por mujeres del Idartes en alianza con la editorial Laguna Libros.En abril de 2019 Los cristales de la sal se lanzó en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, como un resultado emocional de la indagación histórica en la diversidad de mis raíces caribeñas, y como una interpretación de la crisis insular en el contexto de la disputa por el territorio y de las tensiones étnicas y políticas entre la isla y el Estado. Actualmente me dedico a escribir un libro de cuentos cortos, y a desarrollar la investigación para escribir una segunda novela.

Fragmento de Los cristales de la sal

Abro la reja de la casa y cruzo la terraza, vengo caliente como la calle, abro ahora la puerta de madera    y me recibe un vaho de guardado que nada que se va, como si la casa no me perdonara el olvido. Ya me acostumbré otra vez al reclamo mientras pico la hierba y tomo una limonada con azúcar morena. La tarde se me irá rápido. Al ocaso, el humo.

Rolar, prender. Calar hondo, Pasar saliva, suspirar. Calar, pasar saliva, soltar. Repetir.

Noche sin brisa. Dentro de mis ojos veo una corriente, de esas, una espiral que me succiona, lucecitas y chispitas que son brazos y se desenrollan. Mi cabeza gira, ¿gira físicamente? No estoy segura.

Me voy con la corriente, me hundo, entre las olas que se moldean y se arremolinan, que son espirales de nuevo, entre vacíos y túneles (...). Veo lo primero que recuerdo de la ciudad, la luz de las seis y media de la mañana (...). Voy más adentro, otro espiral. (...) Mi voz pregunta algo. Cuando, finalmente, recuerdas a alguien con quien sufriste, ¿qué ves? ¿Ves todo su cuerpo? ¿Su cara? ¿Recreas una situación? ¿Oyes una frase en su voz? (...)

Llega algo borroso que es Roberto. El viaje a Miami, días soleados en Guanajuato, callecitas adoqui- nadas y pulcras del pueblo. Estatuas y tótems abren la boca y los brazos, la piedra y el bronce se desmo- ronan, un Tláloc dios de la lluvia, pirámides sin punta. Oigo la flauta de tragicomedia en cajas de música, veo esta casa, mi cubo blanco magnético (...). Veo la isla, es una caja de resonancia, mis pensamientos se vuelven vida. (...)

Me siento en la silla vieja de cuero que rechina y paso un trapo por el maletín metálico. (...) Ha conteni- do por años unos aburridos papeles sueltos (...) y un sobre grande de manila. Lo abro, papeles, y hay unas fotos adentro. Meto la mano. Reviso las hojas amarillas. Son unos documentos de la oficina de circulación y residencia, unas cartas de radicación de mi árbol genealógico. Se ve mi apellido y encima Jeremiah Lynton y Rebecca Bowie. Pronuncio. Hay una foto impresa en tamaño carta, a blanco y negro. Son ellos.

(...) Ella desvió la mirada a la derecha, pero él mira serenamente a la cámara, en... en el estudio de The Duperly & Sons Photographers, en Kingston, Jamaica, en 1912. No puedo dejar de verlos. Rebecca y Jeremiah. Rebecca Bowie. Jeremiah Lynton. Hablo sus nombres mientras enciendo otra luz para verlos mejor. (...) La miro a ella. Su mandíbula está apretada, como si estuviera brava. Jeremiah y Rebecca, ta- tarabuelos. Cabeceo y la foto queda en el escritorio viejo. (...). Una cigarra canta desde el otro lado de mi muro. Ahora calla. El silencio se quiebra con un arañazo, frunzo el ceño, salto y abro los ojos, miro hacia arriba. Otro más, otro más.



Tomado de: Bendek, Cristina. (2019).
Los cristales de la sal.
(S. Cohen, Ed.) Colombia: Laguna Libros