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© Grace Estrada

 

Miguel Antonio Chávez

ECUADOR

 

 

He vuelto. Me han pasado varias cosas en estos años. Tres proyectos de novela simultáneos, uno de los cuales recibió en mi país una beca de creación artística. El proyecto de residencia de escritores que vi truncado debido al terremoto que asoló mi país en 2016. Un guión de largometraje que escribí en coautoría. La tesis de la Minnesota State University, Mankato (2016) que estudió mi obra literaria. Mi traducción  de  Los  revolucionarios  lo intentan de nuevo (2018), novela de Mauro Javier Cárdenas. Una maestría de escritura  creativa  en  NY  y  un doctorado que ahora estoy cursando en Canadá. La relación con mi compañera de vida…

Hoy miro satisfecho lo bien que envejeció mi cuento más antologado dentro y fuera del Ecuador: “La puta madre  patria”,  finalista  del  Premio  Juan  Rulfo  en  2007, y traducido al húngaro y al mandarín. Gracias a Librosampleados de CDMX se publicó junto con otros cuentos míos, en 2014. También escribí La kriptonita del Sinaí y otras piezas breves (2013). Una de estas piezas quedó finalista del Concurso Nacional Dramaturgia José Martínez Queirolo 2009. Y otra,  El  electroshock  nuestro de cada día fue llevada a escena en mi ciudad natal en 2017. También soy el orgulloso  padre  de  tres  novelas, La maniobra de Heimlich (Lima, 2010; La Habana, 2014), Conejo ciego en Surinam (Bogotá, 2013; Quito, 2017; Nueva York, 2018) y una más por publicarse.

Fragmento de Darwin Go Home

Fray Tomás de Berlanga descubrió por accidente las Galápagos, las islas con las que soñaba Ellis cuando era niño. Debía llegar a las costas peruanas pero las corrientes marinas lo desviaron aquella mañana de 1535. El paisaje árido y las olas feroces que golpeaban contra las rocas negras, ubicuas y carentes de vegetación, desconcertaron al cura dominico. Quizá el encuentro que más lo espantó fue el que tuvo con las iguanas marinas, amas y señoras que reptaban sobre aquella isla cuyas entrañas volcánicas despedían un denso vapor de agua. Negras, con mínimas partes turquesas y rojizas, y con la piel más áspera que la indiferencia humana, Berlanga comparó a las iguanas marinas con serpien- tes y le parecieron monstruosas. Lo peor estaba por ocurrir. Cavaron un pozo cuando llegaron a una isla contigua; los más desesperados bebieron primero y perecieron pronto. El fraile luego escribió: “Del pozo salió el agua más amarga que la de la mar en la tierra”. No resultó extraño, entonces, que Berlanga lanzara una maldición sobre este lugar en el que ningún ser humano había puesto un pie y lo llamara el infierno en la tierra. El fraile no podía tener la más mínima de idea de lo que pasaría con las iguanas marinas y las demás especies del archipiélago, cientos de años después, cuando llegó la radioactividad. Pero si Berlanga hubiera podido ver lo que finalmente pasó, se habría dado cuenta de que las palabras que escribió en su diario le quedaron cortas. Muy cortas, pensó Ellis, antes de subirse a la línea A en la estación de la 168, rumbo al JFK, ¿por qué será que nos encanta hallar el paraíso en los lugares más absurdos?, pensó.

Una mujer se sentó al lado de Ellis, sin querer tocó con su brazo izquierdo y se disculpó. La misma reacción automática que ocurre miles de veces a diario en el metro de Nueva York. Ellis le restó impor- tancia, pero ella insistió.

Usted sabe, dijo la mujer, en estos días hay que disculparse por tocar a la gente en esta ciudad. La otra vez en el Bronx una señora me reclamó. Ella cargaba varias bolsas y le dio bronca porque se le había caído una de ellas. Yo me excusé, le dije que había sido accidental. Y me ofrecí a recogerla, pero ella me dijo no, mejor no. Entonces asumí que todo estaba bien pero apenas empecé a caminar, me insultó. ¿Puede creer?

Mientras escuchaba el relato de la mujer, Elis se percató que ella no dejaba de mirar de reojo los tumores de su brazo, apenas disimulados por una lycra que llegaba hasta la mitad de su mano.


Tomado de: Chávez, Miguel Antonio (inédita)
Darwin Go Home