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© Erick Mólgora

 

Renato Cisneros

PERÚ

 

 

Mi nombre es Renato Cisneros. Tengo 43 años. Empecé escribiendo y publicando poesía hasta que di a parar a   la Redacción de El Comercio de Lima. Allí, a lo largo de once años, escribí centenares de notas informativas en las dos áreas que mejor definen el temperamento de cualquier sociedad: Política y Deportes.  Como  secuela de esa experiencia, incapacitado ya para el  registro lírico, me puse a escribir novelas. Mis últimos tres libros
–uno sobre mi padre militar; otro sobre mis inquietantes antepasados paternos y, el más reciente, acerca de los pormenores previos al nacimiento de mi hija– componen un expediente literario familiar que me ha generado igual número de alegrías que de líos domésticos.

El primer libro de esa trilogía, La distancia que nos separa, además de agotar once ediciones en mi país, ha sido traducido a varios idiomas. Hace cuatro años me mudé a Madrid, acompañando a mi esposa, que está por culminar su especialización médica. Actualmente escribo columnas; conduzco, de madrugada, vía Internet, un noticiero radial que se oye en Perú, en horario estelar, en la radio más importante del país; y tomo notas para mi próximo proyecto novelístico, que desde luego no tengo idea en qué consiste.

Fragmento de La Distancia que nos separa

Pueden pasar veinte años desde que enterraste a tu padre sin que te preguntes nada específico respecto de los estragos de su ausencia. Pero cuando más familiarizado crees estar con esa desaparición, cuando más convencido te sientes de haberla superado, un fastidio empieza a carcomerte. El fastidio activa tu curiosidad, la curiosidad te lleva a hacer preguntas, a buscar información. Poco a poco captas que eso que te han dicho durante tantos años respecto de la biografía de tu padre no te convence más. O peor: captas que lo que tu propio padre decía sobre su biografía ha dejado de parecerte confiable. Las mismas versiones que siempre sonaron certeras, suficientes, se vuelven confusas, contradictorias, no encajan, colisionan estrepitosamente con las ideas que la muerte de tu padre ha ido fraguando en tu interior en el transcurso del tiempo, y que una vez puestas de manifiesto son como un sólido islote que tiene en ti a su único náufrago.

Lo que te desespera de pronto es no saber. No estar seguro, sospechar tanto. La ignorancia es desamparo y el desamparo, intemperie: por eso irrita, aturde, da frío. Por eso desentierras. Para  saber  si conociste a fondo a tu padre o solo lo viste pasar. Para saber cuán inexactos o deformados son los recuerdos esparcidos en la sobremesa de los almuerzos familiares; qué esconden esas repetitivas anécdotas que, contadas como parábolas, grafican muy bien la superficie de una vida, pero nunca revelan su intimidad; qué recortada verdad se oculta detrás de esas fábulas domésticas cuya única finalidad es labrar una mitología de la que ya te aburriste, que ya no te hace falta porque además no te alcanza para responder las calladas, monumentales e inhóspitas preguntas que ahora estrujan tu cerebro.

¿Dónde están los auténticos relatos y fotografías de los pasajes desgarradores y aberrantes que no forman parte de la historia autorizada de tu padre, pero que son tan o más importantes en la edificación de su identidad que los momentos gloriosos o triunfales? ¿Dónde está el álbum de negativos, de hechos velados, vergonzosos o infames que también sucedieron pero que nadie se molesta en describir? Cuando eres chico, los familiares te mienten para protegerte de una decepción. Cuando eres adulto, ya no te interesa preguntar,  acostumbrado como estás a lo que pregona la familia. Tú  mismo circulas, repites      y defiendes sucesos de la vida de tu padre que jamás viviste ni estudiaste ni pudiste comprobar.  Solo     la muerte —inflamando tu inquietud, incrementando tus dudas— te ayuda a corregir las mentiras que escuchaste desde siempre, a canjearlas, no por verdades, sino por otras mentiras, pero mentiras más tuyas, más privadas, más portátiles. La muerte puede ser muy triste, pero provee destellos de una sabiduría que, en las mentes correctas, resulta luminosa, temible, anárquica. La muerte tiene más vida que la propia vida porque la penetra, la invade, la ocupa, la opaca, la somete, la estudia, la pone en tela de juicio, la ridiculiza. Hay preguntas que provoca la muerte que no pueden contestarse desde la vida. La vida no tiene palabras para referirse a la muerte porque la muerte se las ha tragado todas. Y mientras la muerte conoce mucho de la vida, ella no sabe absolutamente nada de la muerte.



Cisneros, Renato (2016) La distancia que nos separa.
Perú: Seix Barral