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© Gonzalo Donoso

 

Alejandra Costamagno

CHILE

 

 

Nací en Santiago en 1970, y  siempre  miré  la  cordillera  de los Andes con la curiosidad de quien sabe que al otro lado nacieron sus padres y sus abuelos. De chica viajaba en citroneta, todos los años, hasta Campana, el pueblito donde vivía la parentela. Para matar el aburrimiento contaba perros: en la pampa eran kilómetros y kilómetros con el cómputo sin variaciones. Luego reemplacé el conteo de perros por la lectura. Hoy trabajo con un gato sobre mis piernas y sigo atravesando mentalmente la cordillera. Escribo como una forma de proyectar viajes, de crear otros mundos en silencio. Escribo para escarbar en la memoria y dar sentido a cosas que no sé nombrar. Disculpen si me fui por las ramas.

Tenía que hablarles de mí y aquí estoy: enrollando una madeja de palabras. Tenía que decirles, por ejemplo, que soy periodista y doctora en literatura, además de escritora. Que publiqué mi primera novela, En voz baja, en 1996 y gané el Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral. Que luego vinieron otras cuatro novelas, cinco libros de cuentos y un compilado de crónicas y perfiles. Que he ganado algunos premios y he sido traducida a otros idiomas, como el francés, italiano o coreano. Que mi más reciente novela, El sistema del tacto (2018), fue finalista del Premio Herralde y publicada por Anagrama. Todo eso tenía que decirles, y también que creo firmemente que en literatura es mucho mejor quedarse corto que decir demasiado. Ya lo advertía Clarice Lispector: “Ya que hay que escribir, al menos no aplastemos con palabras las entrelíneas”.

Fragmento de El sistema del tacto

Ania camina hacia el bus que la llevará a la capital para tomar el avión de regreso. No ve gente en las calles. Como si todos hubieran tenido que salir arrancando y hubieran dejado las cosas a medio hacer, la ciudad a medio existir. Pánico en el paraíso, piensa. Y quiere reírse, pero no le sale la risa. Lo que le sale es un pensamiento hacia el futuro cercano. Piensa que después de unas horas ya no será ella. Será una mujer que ha visto a su padre. Quisiera retroceder veinte o treinta jugadas en el tablero y subirse ahora mismo a la citroneta y desandar la ruta como copilota del hombre que la engendró. Las nubes gordas, la brisa, la línea recta del camino, la planicie que los succiona, la visión de la montaña, el ascenso. Pero el guion avanza con cortes directos, sin dilaciones, y ella se entrega al ritmo vertiginoso de las siguientes escenas. Ya en el avión, mira por la ventanilla y tiene la sensación de estar buscando algo en el aire. El pánico a volar es el mismo de sus diez, sus quince, sus veinte años. Pero ahora le parece que los destellos del sol la ponen a salvo. Una luz de terciopelo, que vuelve más nítidos los pequeños valles, los montículos, las cumbres, la nieve expandida en las alturas. Si ajusta bien la mirada, puede tocar los cerros con los ojos. La máquina se sacude. Ella sabe que la montaña está dispuesta a recibirla con sus cuencas abiertas. Aterrizar en tierra pedregosa y armarse un nido provisorio, muy lejos de la mansedumbre humana. Quedarse a vivir entre los musgos que consiguen respirar en las alturas y algún arbusto resistente. Entre alcohones y barbosas. De pronto se le ocurre que el origen de sus problemas es que no tiene jardín. Ania piensa que regar un jardín de noche debe ser como rescatar un pájaro sin canto o atravesar un océano o golpear frenéticamente las teclas de una máquina de escribir. Y que sin jardín ni pájaros ni teclados ni mares abiertos donde poner la mente en remojo, todo se vuelve improbable. Pero está segura, segurísima, de que en el futuro cercano, después de que todo esto pase, tendrá un jardín y lo regará con esmero. Como si fuera un pequeño campo del interior, un territorio liberado de los recuerdos y la sangre. Lo regará con el sistema del tacto, como si se tratara de un corazón desfalleciente, con celo de taquígrafo. Y algunas noches le parecerá escuchar el canto de un tilonorrinco o la voz de su padre. Un sonido que se mezclará en su cabeza y la dejará despierta. Y se levantará de madrugada y ajustará la manguera y prenderá la llave y dejará que el agua corra sobre los mechones de pasto y vaya labrando un charco que delinee, gota a gota, los contornos de una laguna propia.



Tomado de: Costamagna, Alejandra (2018)
El sistema del tacto. Chile: Anagrama