Premios y homenajes

Reconocimiento al Mérito Editorial

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2014

Anne Marie Métailié

 

"Libros para vivir con pasión" es el lema de Métailié Publishing, casa editora fundada en 1979 por Anne Marie Métailié, con la que ha hecho posible que la literatura iberoamericana se abra paso en Europa.

Pierre Bordieu le asignó por aquella época una investigación sobre el papel del editor en el campo intelectual. “Me encontré con Jérôme Lindon, director de Editions de Minuit, y me impresionó la extraordinaria forma en que hablaba de libros. Me quise reconocer en un trabajo como el de este hombre”, recuerda.
Descubrió a Borges y a Vargas Llosa en su época universitaria en la Sorbona. Luego a Luis Sepúlveda y más tarde a Saramago y Lobo Antunes. Hoy, su catálogo está compuesto por aproximadamente mil títulos de casi 200 autores, particularmente latinoamericanos.

“Puedo decir que estoy fascinada por la literatura de América Latina. Para mí, el cemento esencial de la literatura es el lenguaje. El español en  América del Sur es muy distinto al de España y, por lo tanto, existe en América Latina una plasticidad específica en diferentes formas de escribir y distintas funciones. Y eso es lo que me gusta”, dijo en una entrevista reciente con lecteurs.com.

“Tengo que publicar fuera del mainstream, libros que puedan tocar la imaginación de los lectores de una manera diferente, mostrar que no existe sólo una manera de ver el mundo”, enfatizó esta apasionada editora, quien también ha transitado los caminos del periodismo, la sociología y el magisterio.

Discurso

Quiero agradecer al Sr.
Mtro. Tonatiuh Bravo Padilla, Rector General de la Universidad de Guadalajara
Lic. Raúl Padilla López, Presidente de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara
Marisol Schulz Manaut, Directora General de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara
Y  Daniel Divinski y Jesús Anaya por mi presencia aquí esta noche.

Ante todo quiero expresarles la inmensa alegría y gratitud que siento al recibir este reconocimiento y pedirles disculpas por las incorrecciones lexicales que la emoción me va a provocar.  Me encanta hablar de mis autores, de mi catálogo y de mis logros, pero sé que es el ejercicio más aburrido que un editor puede infligir a otro editor, incluso a un colega de otro país. Porque somos profundamente egocéntricos, creemos que el único catálogo interesante es el propio.  Y no quiero molestarlos. Simplemente voy a compartir con ustedes algunas de mis reflexiones sobre esta actividad que nos une y que es para mí el mejor oficio del mundo. 
Pero antes quiero decirles dos cosas sobre la importancia que América Latina ha tenido para mí. Lo primero es que mi vida profesional cambió cuando empecé a ver de cerca las condiciones de trabajo objetivas de los editores en América Latina. Yo vengo de un país privilegiado en donde tanto el libro como los autores tienen prestigio y donde hasta hace pocos años los presidentes de la República, o eran verdaderos autores de literatura, como De Gaulle o Mitterrand, o aspiraban a escribir novelas de amor como Giscard d’Estaing o eran verdaderos amantes de la poesía como Chirac, con éstos dos últimos ya pasamos a otra civilización…  Un país donde, desde hace 30 años, existe una ley  sobre el Precio único del libro que ha permitido el desarrollo de una red de librerías a través de todo el territorio, y ha incentivado la formación de una cadena profesional solidaria que va desde el autor al lector, pasando por el editor y el librero. Red que protege relativamente el tiempo lento de la cultura en contraste con el tiempo rápido de la mercancía. Cuando empecé a conocer América Latina,  los editores latinoamericanos me parecieron héroes, sobrevivientes, porque sus condiciones de trabajo eran más difíciles y complicadas, y eso despertó mi admiración más profunda. Nunca más he vuelto a quejarme o a lamentarme de mis condiciones de trabajo después de conocer las dificultades de la profesión en América Latina y el amor con que se realiza. 
Lo segundo tiene que ver con los amigos. Mi familiaridad con los idiomas portugués y español viene de mis estudios clásicos en la universidad, pero también del trabajo militante que hice contra las dictaduras del cono Sur. En aquellos años yo me encargaba de traducir al francés los textos de una revista revolucionaria clandestina. Tengo que confesar, modestamente, que soy brillante en el manejo del vocabulario más sectario del marxismo militante. Pero fueron los amigos que hice en esos años duros, quienes me permitieron descubrir cómo se expresa la amistad en América Latina, ese modo caluroso y tierno que tienen las personas y ese humor particular que son capaces de mantener a pesar de cualquier adversidad. 
Con todo esto podrán imaginar cuan feliz me siento hoy aquí recibiendo este reconocimiento.
Mi carrera comenzó cuando, como socióloga de la cultura, me pidieron hacer una investigación sobre la edición en Francia, con el objetivo de clasificar a las editoriales en función de dos ejes: su poder comercial y su poder simbólico. Partiendo de una nube de puntos (linda expresión estadística muy de moda en aquellos días), tenía que explicar cómo funcionaba el campo profesional de la edición. Salí con mi grabadora y fui a entrevistar a unos 60 editores (estábamos a finales de los años 70). Yo tenía un informante, un gran editor, Jerome Lindon, que hablaba con tanto talento y tal sinceridad sobre su trabajo, que mis certidumbres sociológicas se derrumbaron porque empecé a sospechar que entre lo comercial y lo simbólico había otra cosa que todos me escondían. Entregué los datos recogidos y los esquemas tan lindos que apuntaban a evidencias, y decidí descubrir qué había detrás de lo que no me decían. Porque, a pesar de toda la ironía propia de Lindon, había un  brillo particular en sus ojos cuando hablaba de un libro.
Monté mi editorial sin dinero ni competencias profesionales, pero descubrí que quienes hacen un trabajo que les gusta son generosos, muchos me ayudaron. Recuerdo la delicada manera del señor Martin, un tipógrafo que me preguntaba: Señora, ¿para usted  es importante utilizar su ortografía particular en los libros o puedo poner la ortografía común y corriente? Ahí entendí que tenía que preparar los textos y mejoré bastante mi ortografía. O cuando el gráfico encargado de las cubiertas de los libros me dijo: esta cubierta es lindísima pero ¿usted notó que también es totalmente ilegible? O una anécdota con el director de la gráfica más moderna de aquellos tiempos, el hombre saludó sólo a mi marido porque no había mujeres editoras en la época y mi marido le respondió: yo soy el chofer, la editora es la señora. Entonces, el director llamó a su esposa para negociar conmigo, y ella me dijo: somos pocas mujeres en el oficio, le voy a poner buenas condiciones para pagar pero, por favor, no me defraude.
En los primeros años me di cuenta de algo que hacía extraordinario el ejercicio de nuestro oficio: fabricamos un objeto, movilizamos nuestra inteligencia, manejamos problemas económicos y todo para dar a luz un objeto material con contenido de reflexión o de sueños. 
Comprendí también que un editor debe tener una salud de hierro y una obstinación a prueba de balas, más tarde supe que lo más duro son los primeros 20 años.
Progresivamente dejé la edición de la sociología y  me orienté  hacia la literatura, primero brasileña, para traducir a los clásicos que me gustaban como Machado de Assis o Carlos Durmmond de Andrade. Después a los portugueses que salían de la descolonización de África, Saramago, Lobo Antunes, Lidia Jorge. Y, finalmente, a los latino-americanos en los años 80 y 90, empezando por Horacio Quiroga,  Luis Sepúlveda y Paco Ignacio Taibo II. Trabajando con los idiomas que practico me di cuenta de que para mí los textos son primordiales, no quiero conocer a los autores antes de leer sus libros. Defender un libro es tan difícil como educar a un hijo, hay que quererlo mucho para poder aguantar. Supe también que tengo buena oreja para la voz de los textos, y que no soy nada piadosa con las traducciones y los traductores. Con estos datos técnicos pude comprender mejor lo que quería hacer y cómo hacerlo. Primero: un editor no existe sin autores, los autores deben ser el centro de la editorial, todos los que trabajan en sus libros deben estar al  servicio del autor  y cuidar de él hasta cuando se comporta como un niño mimado. Si queremos que nos sea fiel, nosotros tenemos que ser fieles. Segundo punto: un editor no puede ser un buen editor si no gana dinero. Debe ser capaz de vender sus libros para pagar a los autores, para que puedan seguir escribiendo, para financiar el descubrimiento de nuevos autores que venderán poco en un comienzo, pero que representan el futuro del catálogo. Un editor debe arriesgar, apostar a lo desconocido, tener confianza en la casualidad y en la suerte.
Creo importante hablar un poco de la relaciones que mantenemos con los bancos porque, poco a poco, he visto cómo ha ido cambiando la actitud de nuestros interlocutores: hace 15 años una iba a hablar con un director para explicarle las características financieras del oficio, que hay meses en que no se gana nada, que funciona muy parecido a la agricultura;  el hombre escuchaba y entendía y entonces se podía trabajar más o menos bien. De repente aparecieron jóvenes que salían de escuelas comerciales y miraban a los libros como bichos raros, yo dejé de darles libros como hacía con los precedentes. Y su actitud era tan imbécil y exasperante que empecé a no poder controlar más mi rabia y un buen día de agosto a la 9 de la mañana estallé. Llevaba tres días recibiendo llamadas del joven lobo de la finanza, a quien ya le había explicado que yo sabía que estaba en rojo pero que el dinero llegaría a finales de mes, como le había dicho antes, porque todos los años era así. Pero él no quería escucharme e insistió diciendo: “¡Haga algo!”, entonces le grité: “¡lo único que podría vender es mi cuerpo, pero ya no tengo edad para ese mercado!” El joven no se manifestó más. 
Hace 5 años, después de 3 muy buenos, grupos y colegas importantes me propusieron comprar la editorial y, tan sólo para no ver más a un funcionario de banco, lo tomé en consideración. Me siento inmortal, porque todavía no he salido de la adolescencia, pero pensé que sería mejor para mis colaboradores y mis autores tener el respaldo de una entidad inmortal y solvente. Elegí asociarme con Le Seuil, porque son editores, tienen una cultura editorial y no hacen como los grupos que compran para echar a la calle a los editores y remplazarlos con contables, eliminando así todo margen de riesgo, pero eliminando así también la suerte. Trabajo con Seuil y tanto a mí como a otros editores que compraron,  nos dejan absoluta libertad editorial. Prefieren crecer rodeándose de pequeñas estructuras que crecer aumentando sus empleados. No veo más a los bancos pero también es cierto que entré, hace 10 años, en período de vacas gordas que, por fortuna, siguen engordando.
Ahora 35 años más tarde sigo buscándole respuesta a la pregunta de mi comienzo: por qué nos empeñamos tanto en proponer autores desconocidos a lectores que no sabemos si están interesados en conocerlos. ¿Porque somos jugadores de un casino intelectual? ¿Porque nos gusta el vértigo de la ruleta autoral? ¿Porque amamos los lazos que tenemos con los autores que editamos y publicamos? ¿Porque tenemos apego a este masoquismo que nos hace trabajar tanto para individuos de talento que, después de utilizarlos, se van a olvidar inmediatamente de los consejos y de las mejoras que aportamos a sus textos? Como no somos profesionales de la crítica, somos el primer lector de sus textos. Hemos aceptado sus proyectos literarios y estamos con ellos para ayudarlos a aproximarse lo más posible a estos proyectos. Ante sus textos, nace en nosotros una certidumbre absoluta que nos hace olvidar los cálculos económicos. (¡Bendita sea la precaución, detestada por los contables, que nos permite financiar los textos de los principiantes con los lucros que dan las ventas de los autores conocidos!). De estos juegos aleatorios de la casualidad, de la emoción del encuentro con un texto que de repente nos dispara el corazón como un flechazo en una mirada, o de la excitación juvenil y curiosa al oír el nombre de un país que ni siquiera sabemos exactamente donde está en el mapa, nacen nuestros catálogos. 
Nuestros catálogos son nuestras construcciones. Lo que define al editor es su catálogo, porque es a través de él que construye una visión del mundo en la cual puede reconocerse. Y el Dios de la casualidad hace que los libros más diferentes se junten y formen conjuntos ligados entre sí. Luego, además, si se provocan encuentros entre los autores de un mismo catálogo,  ya sea en fiestas u otra con ocasión, los autores se conocen, se leen, se vuelven amigos a pesar de las nacionalidades y de las diferencias porque, al final, hay algo que los une profundamente. La portuguesa Lidia Jorge define la situación así: “La cultura se asienta en esta elección (entre el autor y el editor), en esta apuesta, dentro de la cual se teje  una especie de grande familia polígama, unida por la idea de un arte.”
Hablando de los autores que conoció a través de nuestro catálogo la argentina  Elsa Osorio dice de esta  proximidad: “Cuando he tratado de explicarme esa buena onda, esa armonía, ese deseo de bien que fluye entre los miembros de esta suerte de “equipo”, tan excepcional en un mundo de buitres, pienso que el hilo que teje una malla sutil entre los autores de este catálogo  es la lectura. Todos y cada uno de los autores que he conocido, y su editora, gozamos del placer de la lectura.  De ahí posiblemente la fortuna del “equipo”. 
El mejor oficio del mundo nace de nuestro apetito siempre renovado de lectura y de nuestra capacidad adolecente de enamorarnos de los textos. Para mí el mejor lugar del mundo es alrededor de una mesa con mis autores, hablando de literatura y bebiendo un buen vino (o en México un buen tequila reposado).

Gracias por este reconocimiento, mi único mérito ha consistido en enamorarme de textos y defenderlos, y vivir plenamente esta pasión durante los 35 años que han pasado. Confieso que el hecho de recibir este reconocimiento de parte de editores que admiro y quiero, en la  Feria más importante y dinámica de América latina, hace mi alegría y mi orgullo todavía mayores.