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Premios y homenajes

Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances

 

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2002

Cintio Vitiericono

(Estados Unidos, 1921-2009)

 

Discurso

Noviembre de 2002

A mis siete u ocho años tuvo lugar en el patio provinciano de mi casa en Matanzas un insólito acontecimiento. Horas antes mi madre me había dado un lienzo blanco para que lo llevara a mi maestro de pintura y allí él estampara la bandera mexicana. Dada la urgencia del encargo, mi maestro utilizó los relieves de un sillón de mimbre para simular las plumas del águila. Muy contento volví corriendo por las calles de Matanzas, agitando al aire la preciosa bandera. Ya de noche, entraban los últimos invitados. En un extremo de la mesa, bajo las estrellas, mi padre, pálido de emoción, se preparaba para dedicar aquella cena al señor que en el otro extremo guardaba un grave silencio. Oí el nombre de José Vasconcelos, símbolo entonces de la Revolución Mexicana. Años después devoré todos sus libros a mi alcance. Hoy les traigo también a ustedes, no por ser invisible menos real, aquella bandera infantil.

Cuando me llegó la noticia del Premio Juan Rulfo, mi primer pensamiento fue para mi hermano Eliseo Diego, que lo recibió en 1993 y a quien me parece haber abrazado por última vez —si es que esta expresión tiene algún sentido— en el alegre ámbito de la Feria de aquel año. A su memoria dedico este premio. Simultáneamente, sentí la resonancia de algunos pasajes del extraordinario, misterioso escritor, que le da su nombre a tan alta distinción. ¿Y cómo zafar tales emociones de la luminosa sombra que unió a México y a Cuba para siempre, de la omnipresente mirada de José Martí?

Al evocar mi amistad de toda la vida con el poeta de En la calzada de Jesús del Monte, era indispensable aludir a aquella aventura espiritual, encabezada por José Lezama Lima, que fue la revista Orígenes, y a la fraterna acogida que en sus páginas dimos a la literatura y la pintura mexicanas de los años cuarenta y cincuenta del inverosímilmente pasado siglo XX. En mi caso personal, además, tuve la suerte de heredar de mi padre su acendrada relación con el maestro Alfonso Reyes, y de mantener durante casi veinte años un epistolario, muy honroso para mí, con el gran poeta y ensayista Octavio Paz.

En agosto de 1955 recibí una simpática carta del ya hoy ilustre Carlos Fuentes, en la que me decía: "Me atrevo a dirigirle estas líneas para entrar (valga el vulgo) 'taconeando a Torreón': con un grupo de jóvenes escritores mexicanos (Juan Rulfo, Alí Chumacero, etc.) he iniciado la Revista Mexicana de Literatura", para la cual me pedía colaboración. Creo que fue la primera vez que leí el nombre de Juan Rulfo, y ahora, tantos años después, me sobresalta saber que estuvimos juntos en aquella memorable empresa juvenil.

Memoria entrañable guardábamos para don Carlos Pellicer, cuyo espíritu fue capaz de unir en un solo arco indígena y cristiano desde San Francisco de Asís hasta Simón Bolívar. A él agradecimos con Manuel Pedro González y Ángel Rama, durante el Congreso por el Centenario de su bienamado Darío, la iniciativa de crear en la Biblioteca Nacional una Sala Martí, en la que Fina y yo trabajamos y que resultaría antecedente del actual Centro de Estudios Martianos. No olvidaremos nunca los grados del conocimiento que de la poesía de San Juan de la Cruz alcanzaba Pellicer, ni la emoción de recorrer en Villahermosa su Museo a campo abierto de esculturas olmecas.

También recordamos siempre con admiración y gratitud a una honda conocedora de la cultura náhuatl y finísima mujer, Laurette Sejourné, a quien debí la solicitud de mi libro Ese sol del mundo moral para la Editorial Siglo XXI, que entonces dirigía su esposo, Arnaldo Orfila Reynal. Ese libro, por cierto, me lo llevó a La Habana, en gentilísimo gesto, nada menos que Monseñor Sergio Méndez Arceo, Obispo revolucionario si los hubo, quien desde Cuernavaca nos había enviado, sin conocerlo nosotros aún, los escritos del padre Camilo Torres, que tanto nos ayudaron en aquellos años sesenta y setenta.

No hago ahora, desde luego, nómina de nuestros amigos mexicanos, la que tendría que iniciarse con Sor Juana Inés de la Cruz, a la que Fina dedicó un ferviente estudio en 1973, y que preside, junto con Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, César Vallejo, John Keats, Arthur Rimbaud y María Zambrano, la biblioteca de nuestra casa en La Habana.

Por otra parte, después de leer la introducción de Claude Fell, coordinador de Toda la obrade Juan Rulfo en la Colección Archivos, resulta temerario aventurar nuevas opiniones sobre el tema. Se resumen allí las tesis de una cantidad impresionante de textos críticos magistrales, antecedidos, según apunta Fell, por "la enorme compilación bibliográfica que rodea la obra de Rulfo, y que sigue ampliándose todos los días". Sospechando esta abrumadora circunstancia, me abstuve de leer dicha introducción antes de esbozar, como lo haré en estas breves palabras, algunos comentarios y observaciones por así decirlo vírgenes de bibliografía, con las únicas excepciones del excelente prólogo que Antonio Benítez escribió para la edición de la narrativa de Rulfo que Casa de las Américas publicó en 1968, y de un memorioso artículo de Gabriel García Márquez. El único relieve de estos rápidos apuntes, si alguno tiene, será el de esa especie de lectura casi adánica, y desde luego cubana, que siempre me acompaña.

En cuanto al sobrio, liso, almado, resucitado en vida, increíble Juan Rulfo, de su obra escribió García Márquez —uno de los pocos pares, aunque tan distinto, de su maestría narrativa—: "No son más de 300 páginas, pero son casi tantas, y creo que tan perdurables, como las que conocemos de Sófocles."1 Esta condición de clásico de la muerte inmortal no le quita nunca una pizca de sabor, de agrura, de transpiración, de lo paradisíaco natural, ni una gota rica de sus inflexiones, de sus inconmovibles nombres, de su santa oralidad, de su mexicanía. Su escritura parece vigilada por jueces rigurosos de sus sílabas, silencios y murmullos, de la trágica impotencia de sus letras para cambiar ni en un ápice lo que dicen. Es un acto, y acta, sencillamente prodigiosos, aunque bañados hasta los huesos de costumbre.

A los cuentos de El llano en llamas uno les da vueltas como a piedras preciosas que siguen manteniendo su condición de trozos de mineral en bruto. Esta dualidad quizá se explique por la simbiosis estilística de un escritor impar y asuntos o situaciones a ras de tierra; pero esa explicación a la postre nos resulta engañosa. Los temas, situaciones y personajes de estos cuentos esconden un declive, una tendencia, un giro que siempre, en algún momento, los pone al margen de sí mismos. Se trata de un realismo esencialmente ambiguo, en el que se mezcla la minuciosa lucidez y maestría del autor con esa especie de sonambulismo de sus personajes, creándose un estilo otro, siempre un poco inalcanzable en su doble soledad.

La Comala de Rulfo, estudiada como una nueva versión de la Divina comedia, especialmente del infierno dantesco (aunque más bien nos parece purgatorio), en cuanto infierno moderno, según Olga Vickery, es un infierno creado por el hombre, no por Dios.2Partiendo de esta exégesis (que por cierto a Rulfo no le gustaba nada), puede también interpretarse como una transcripción metafísica de la injusticia humana, que inficiona desde la tierra, el agua y el aire hasta las relaciones sexuales. Para lograr que esa región de muerte, de ausencia de tiempo y espacio, se parezca en algo a la vida, Rulfo no la despoja totalmente de destellos o reminiscentes espejismos de placer o alegría natural, y le conserva las formalidades conversacionales, con frecuente autoctonía pintoresca, sin las que la ficción misma no podría sobrevivir. Si inaudito tema, sin embargo, como el de Paradisode Lezama —paralelo y conjunción que nos invita desmedidamente— pudiera ser el de una hipertelia (palabra tan lezamiana) que en el caso de Rulfo inmoviliza su fluir, hace del discurso una parálisis del tiempo, y en el otro, el de Lezama, propone una memoria que sólo se alimenta de futuridad.

Quién mejor que Rulfo podrá decirnos su mayor mensaje, el que hoy alcanza dimensiones planetarias, despojado hasta de esa minuciosa trama (surrealismo de lo real) que es la cruz diaria del relato de su gente. Lo implícito de golpe se hace explícito, y en un texto marginal, escrito para el filme titulado La fórmula secreta, de un solo borbotón grabó con algo como sangre, increpó, dijo, en la voz de un coro de campesinos:

Nada de que hay que echarle nudo ciego a este asunto.
Nada de eso.
Desde que el mundo es mundo
hemos echado a andar con el ombligo pegado al espinazo
y agarrándonos del viento con las uñas.

Se nos regatea hasta la sombra,
y a pesar de todo así seguimos:
medio aturdidos por el maldecido sol
que nos cunde a diario a despedazos,
siempre con la misma jeringa,
como si quisiera revivir más al rescoldo.
Aunque bien sabemos
que ni ardiendo en brasas
se nos prenderá la suerte.

Pero somos porfiados.
Tal vez esto tenga compostura [...]

Alguien tendrá que oírnos.

Cuando dejamos de gruñir como avispas enjambre,
o nos volvamos cola de remolino,
o cuando terminemos de escurrirnos sobre la tierra
como un relámpago de muertos,
entonces
tal vez llegue a todos el remedio.

Viene ahora la letanía que lo resume todo, que después de invocar a San Mateo "con la ensombrecida", a las "ánimas benditas del purgatorio", al "Dios, santo inmortal", a "Santo, san Antoñito", termina con improperios paralelos al estribillo, desajustando las dos columnas de la indignación y el rezo:

Ruega por nosotros

Atajo de malvados, retahíla de vagos.

Ruega por nosotros

fila de bandidos.

Ruega por nosotros

Y finaliza de pronto, como si ya se hubiera realizado la justicia:

Al menos éstos no morirán calados por el hambre.3

¿Qué hubiera pensado José Martí de este poema que nos suena a verdadero manifiesto? Anticipadamente ya lo había compartido en sus Versos sencillos: "Con los pobres de la tierra / Quiero yo mi suerte echar."4 Cuatro años después cayó combatiendo por ellos, no menos que por la independencia de su patria. Y a los niños de América, en la Edad de Oro, les dijo del Padre Hidalgo y de Allende: "Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México es libre."5

Inmenso fue el amor de Martí por la patria de Juárez, cuya figura esculpió, con palabra de bronce, "como guardián impenetrable de la América". Léanse sus artículos diarios en laRevista Universal de 1875 y 1876, donde penetró cada vez más a fondo en la vida política, social, económica, artística, teatral y literaria de México durante la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada, que defendió como causa propia. Léase el bellísimo y dramático apunte de despedida, el que previó tantos peligros. Léanse sus artículos posteriores, desde Nueva York, sobre las relaciones de los Estados Unidos con México, tema que había ocupado y preocupado en la Revista Universal. Léase su discurso en honor de México en la Sociedad Literaria Hispanoamericana, de 1891, el mismo año que en sus Versos sencillos escribía:

Tiene el conde su abolengo,
Tiene la aurora el mendigo:
Tiene ala el ave: ¡Yo tengo
Allá en México un amigo!

Y léase, sobre todo, el incomparable epistolario a ese amigo y confidente mexicano, Manuel Antonio Mercado, al que reveló en copioso y conmovedor vertimiento de su alma, lo más íntimo de su vida y lo más agónico de su preocupación americana hasta que pocas horas antes de caer en combate en Dos Ríos, lo hizo destinatario de su categórico y definitivo testamento antiimperialista.

Gracias, amigos mexicanos, herederos de los amigos de Martí en esta tierra que amó como suya: Juan de Dios Peza, José Peón Contreras, Juan José Baz, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, el Nigromante, Herberto Rodríguez, Felipe Sánchez Solís, Justo Sierra, Manuel Ocaranza, Manuel Gutiérrez Nájera..., tantos otros. Gracias fraternas a los miembros del jurado que me otorga este premio, y por las muy generosas palabras de Noé Jitrik y de Enrique Saínz. Gracias, Juan Rulfo, por el reino invisible de Comala, por convertir la muerte en palabra viva para nosotros, y por su profundo reclamo de justicia universal.