Premios y homenajes

Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances

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2008

António Lobo Antunes

(Lisboa, 1942)

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Discurso

Bueno, les pido perdón por mi español, voy a tener muchos errores. En momentos así siempre me acuerdo de mis maestros con gratitud y con reconocimiento por lo que me han enseñado; he tenido muchos y todos han sido muy importantes para mí. Me han enseñado no solamente a mejorar mi trabajo, sino también a encontrar soluciones para los problemas técnicos que a cada paso se plantean cuando uno escribe.

Mi primer gran maestro, a quien rindo homenaje, lo encontré en el asilo psiquiátrico a donde fui a trabajar cuando volví de la guerra. Era un asilo muy caro, a mí me parecía una mezcla de un filme de Fellini con la casa de mis abuelos: pasillos muy largos, en la penumbra dibujos de hombres y mujeres que no caminaban, que volaban; en esos pasillos me miraban con ojos fosforescentes, ¿es así?, como si me… me hacían sentir culpable, no sé de qué, de un pecado, de una omisión, de cualquier cosa horrible.

A mi primer gran maestro lo encontré en el hospital psiquiátrico, yo era muy joven, venía de 27 meses de guerra, de matar y de ser muerto; no tenía mucho dinero y tenía un coche pequeñito, muy viejo; tan pequeñito que era muy fácil de aparcar y si no había lugar para aparcar, podía aparcarlo en bolsillo de tan pequeño que era. Estaba aparcando el coche en los patios del hospicio y vi a un hombre, un hombre mayor con una barba solemne a quien los médicos llamaban “esquizofrénico”. El hombre se paseaba torturado por algo que le preocupaba. Terminé de aparcar el coche, estaba saliendo y él se aproximó hacia mí, siempre con su cara muy grande, muy solemne, muy profunda, y me dijo: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”. Yo no había comprendido lo que eso quería decir, que “el mundo había sido hecho por detrás”. Luego, un tiempo después me pareció que esa era la solución para escribir, que había sido la mejor lección de teoría de literatura que en mi vida había recibido, porque si quieres escribir tienes que hacerlo por detrás. Porque estás trabajando con cosas anteriores a las palabras, con las emociones, con las pulsiones, con todo esto que por definición no es traducible  en palabras y que intentas acercar con las palabras que escribes; eso ha sido muy importante para mí. Todos los grandes escritores que he leído escribían por detrás: Hemingway, etcétera, etcétera, tantos, todos. Un libro se hace por detrás, para que no se vea el reverso del escenario, ¿no?

Bueno, ese ha sido mi primer maestro. Luego, cuando estaba en África, en la guerra, me sorprendía siempre la noción del tiempo que tienen los africanos, porque uno de mis problemas como escritor -y pienso que es el problema de todos los escritores-, es cómo solucionar el problema del tiempo, porque quizá sea la gran cuestión de nuestra vida, la angustia del hombre y de la mujer, es el tiempo. Y me sorprendía muchísimo porque para ellos no había pasado, presente ni futuro; había un inmenso presente que contenía en sí el pasado y el futuro también, y ese presente caminaba como una ola. Entonces pensé: si yo puedo aprovechar esa noción del tiempo para mi trabajo, me ayudará a solucionar algunos problemas más complicados, y para mí el problema esencial de la escritura es el tiempo en las palabras.

Bueno, he tenido otros maestros menores. Me acuerdo, por ejemplo, cuando era médico, en ese tiempo atendía a una señora que tenía un cáncer y yo le pregunté: “¿Por qué no ha venido usted más temprano al hospital?”; y ella me contestó: “Porque no he tenido dinero”; después me dijo una de las frases que nunca voy a olvidar: “Quien no tiene dinero no tiene alma”, eso me emocionó hasta las lágrimas. Y es verdad, en el país de donde vengo, Portugal, que no sé si es un país real o inventado -y además, ¿cuál es la diferencia entre la realidad y la ficción? -, quien no tiene dinero no tiene alma. Y eso ha sido también muy importante para mí, la necesidad de hablar por aquellos que no tienen voz y que les han quitado el alma.

Y para terminar, mi último y más decisivo maestro: yo estaba haciendo pediatría, el internado, y me colocaron en una clínica de niños en estado terminal: enfermos de riñones, de leucemia... Me enamoré de un chico de cuatro años que se llamaba José Francisco, que se estaba muriendo de un cáncer y me impresionaba mucho su alegría, su forma de vivir. Y él murió. Bueno, cuando un adulto se muere vienen los hombres con una camilla para transportar, se pone el cadáver en eso y lo llevan a donde están los frigoríficos para hacerle la autopsia. Pero ese chico era solamente un niño, entonces vino un hombre sólo con una sábana, y envolvió el niño en la sábana y lo llevó así por el pasillo. Yo estaba a la entrada de la clínica y veía al hombre, al empleado, alejarse con el niño envuelto en la sábana y uno de los pies del niño pendía de la sábana y hacía así (se movía de un lado a otro) y durante, no sé, diez o quince segundos –porque el pasillo era muy largo-, vi este pie de José Francisco haciendo así, mientras se alejaba. Entonces comprendí que toda mi vida he escrito para ese pie, y que todos nosotros, los que escribimos, escribimos para un pie que se aleja, para el pie de un niño muerto, porque una de las cosas de la vida y de la literatura es que nos hace erguirnos sobre las patas traseras y proyectar una inmensa sombra. Eso es lo que da dignidad y sentido a nuestras vidas. Hablar por los que no tienen voz, hablar por los que no encontraron su voz, hablar por los pies de los muertos que se alejan y que así se quedan inmóviles.

Agradezco mucho a todos, señoras y señores, este Premio, que estoy seguro que mis maestros y el pie del niño, estarán, estoy seguro, muy agradecidos. Muchas gracias a todos.