Premios y homenajes

Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances

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2009

Rafael Cadenas

(Venezuela, 1930)


Semblanza

Semblanza a cargo de Adolfo Castañón
Muy buenos días, distinguidos miembros del presídium, invitados especiales, poeta Rafael Cadenas, Milena, Paula y Ana Paula Cadenas.

No es tarea sencilla seguir los pasos de Rafael Cadenas González, nacido en Barquisimeto, Venezuela, el 8 de abril de 1930, cinco años antes de que muriera el dictador Juan Vicente Gómez y hubiese en aquella ciudad algunos disturbios. Es autor Cadenas de una obra poética tensa y concentrada, y que se desdobla a su vez en una obra ensayística y crítica y, aún se diría filosófica, que la envuelve y abriga como un cuerpo paralelo. Se pueden encarar de un lado las circunstancias de su longevidad, registrar su infancia en aquella provinciana ciudad de Barquisimeto que a lo largo de la historia ha sido uno de los centros culturales de aquel país, y que desde 1833 contó con un periódico diario, El Impulso, en el estado de Lara, Venezuela, ceñida por verdes frondas como son las de los parques Ayacucho, Varadilla, y en las afueras el bosque Macuto y el Mirador en el cerro Manzano, próxima a un pequeño río aunque situada en una región de vastos y áridos territorios.

La de la antigua Nueva Segovia, hoy Barquisimeto, es una topografía encrucijada y estratégica, crucero y eje de diversos paisajes, ámbito del que, como ha sabido indicar el narrador José Balza, participa su propia obra poética que cabe cifrar en las imágenes del páramo desierto de suelos calcáreos, escasas precipitaciones pluviales y vegetación xerófila y del feraz oasis.

En 1936 la ciudad tenía 36,421 habitantes, uno de ellos era el niño taciturno que salía a hacerse querer y cuyos deseos se cumplían como de milagro, sin que él apenas abriera la boca; otro, su estricto contemporáneo, el historiador Manuel Caballero, aquí presente.

Cabe evocar la silueta de un padre viajero y dedicado al comercio que lleva libros y revistas a aquella casona solariega de Barquisimeto, donde se abre el germen entusiasta de la lectura y la escritura en aquel niño despierto, Cadenas, quien crece envuelto por la afectuosa sombra de los padres y por una red de hermanos, primos, tíos, con quienes, por cierto, jugaba beisbol en el patio de la casa; incluida una suerte de nodriza o de aya indígena –que nos recuerda a Pushkin-, que gravita en aquella residencia solariega donde el niño precoz, ya desde los doce años, pasa al estado escrito las cartas dirigidas al gobierno pidiendo una pensión por los servicios prestados que su abuelo, general militar relegado y castigado por la pobreza, le va dictando al niño al par que le cuenta anécdotas sobre su propia vida accidentada y le refiere argumentos de obras: Hamlet, Don Juan Tenorio, Los miserables, que Rafael salía a comprar luego a la librería a la ciudad.

A esos años que la distancia volvería íntimos, habrá que remontar algunas de las voces iniciales de los rasgos sintácticos e ideas recurrentes que conformarán la fisonomía verbal del poeta. Su infancia concluye al trasladarse a Caracas, donde ingresa a la universidad, participa en la oposición a la dictadura y milita, como algunos otros jóvenes de entonces, en el partido comunista. Pronto y a pulso se gana el destierro que transcurre en la algarabía animada de la isla de Trinidad. Aunque el lugar no está muy lejos, la isla del Caribe donde predomina la cultura británica será una verdadera expatriación cosmopolita, desarraigo decisivo, de ahí saldrán sus dos primeros deslumbrantes libros de juventud: Una isla, 1958, publicado a los 28 años, y Los cuadernos del destierro, 1960, publicado a los 30. Aunque hay que decir que ya en 46 un Rafael Cadenas poeta, niño de 16 años, daba la estampa en una plaquette de catorce páginas, hoy inencontrable, titulada Cantos iniciales.

El destierro en la isla de Trinidad no será áspero sino benéfico para su formación, ahí cristalizarán las herramientas lingüísticas que en adelante le harán el camino real de la poesía y de la literatura escrita en inglés. Al trasladarse a Caracas dará cursos sobre algunos poetas norteamericanos y españoles en la Universidad Central de Venezuela, poetas que no solo enseñará, sino que sabrá apropiarse en su obra como son Robert Graves, Robert Creeley, D. H. Lawrence, Walt Whitman, John Keats, William Blake, Nijinsky, Pessoa, Cavafis, entre muchos otros. Al igual que Stéphane Mallarmé y James Joyce, Cadenas se fraguará como poeta al par que da cursos de lengua inglesa.
Ana Nuño, la crítica venezolana, ha señalado con perspicacia cómo en estos dos primeros libros, Cadenas además agota los registros de un yo lírico expansivo, platónico, proliferante, hijo más o menos declarado de Whitman. Esta primera persona, o primera máscara del sujeto elocuente figurado por Cadenas, procederá a hacer el inventario del paisaje poético que más lo toca; y en esa suerte de repaso testamentario del poeta y su paisaje sigue la consigna de T. S. Elliot: “Set my lands in order”, deslinde deslumbrante lo que deslumbra.

Los cuadernos del destierro aspiran a romper con la ruptura, a desafiar el desafío fácil y exaltado que se embriaga con su propia marginalidad. De ahí la ambigüedad de la recepción clamorosa que suscitó este poemario, saludado tanto como un non plus ultra de las Iluminaciones de Arthur Rimbaud leídas por Ramos Sucre, como descartado por parecer un suntuoso andamiaje no exento de arcaísmo. Dice Cadenas en un poema que como dice Ana Nuño, todo venezolano bien nacido sabe de memoria:

“Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor. Pero mi raza era de distinto linaje. Escrito está y lo saben -o lo suponen- quienes se ocupan de leer signos no expresamente manifestados que su austeridad tenía carácter proverbial. Era dable advertirla, hurgando un poco la historia de los derrumbes humanos, en los portones de sus casas, en sus trajes, en sus vocablos. De ella me viene el gusto por las alcobas sombrías, las puertas a medio cerrar, los muebles primorosamente labrados, los sótanos guarnecidos, las cuevas fatigantes, los naipes donde el rostro de un rey como en exilio se fastidia”.

Publicado en 1966, a los 36 años y una década después de haber regresado a Venezuela en su destierro, Falsas maniobras inicia la primera la primera madurez del poeta, el título es ya elocuente de la autoconciencia y de la implacable severidad que anima al sujeto verbal del nuevo poemario: Falsas maniobras. La fórmula puede evocar el mundo de la guerra, donde sí hay falsas maniobras para distraer o divertir al enemigo, de ahí el pregusto irónico que permeará los poemas. Falsas maniobras, el título expresa la conciencia que el poeta o su yo poético tiene en la retórica de la maquinaria y de la maquinación literaria que por lo demás en el terreno de la prosa de ficción ha sentado sus reales en los espacios enrarecidos de la narrativa de vanguardia que le es coetánea a Cadenas, como por ejemplo, en la novela País portátil, de Adriano González León.

Los 23 poemas que arman este escenario o paisaje de las batallas interiores de la autoobservación, ya están marcados por lo que podría llamarse los sacudimientos del inminente segundo nacimiento del poeta, señalados por los temblores de la segunda persona de este Rafael de arcangélico y terapéutico nombre: recordemos que la etimología hebrea de Rafael es el sanador, y que no en vano Cadenas se apellida en plural, Rafael el que salva de las cadenas.

Y ya en la nueva gramática se advierten ecos de la lectura acuciosa, entrañada, interiorizada, de los Diarios, de Franz Kafka y de Soren Kiekergaard, también empiezan a aflorar las huellas frescas de la lección religiosa y de la lectura de textos de budismo zen, como evidencias, por ejemplo, los poemas “Mirar” o “Satori”. Dice un fragmento de “Mirar”:

“Veo otra ruta, la ruta del instante, la ruta de la atención, despierta, incisiva, ¡sagitaria!, pico de víscera, diamante extremo, halcón, ruta, relámpago, ruta de mil ojos, ruta de magnificencia, ruta de línea que va al sol, reflejo del rayo vigilancia, del rayo ahora, ahora del rayo esto, ruta real con su legión de frutos vivos cuyo remate en ese lugar y en todas partes y ninguna”.

Estos poemas inscribirán al poeta, o a su discurso, en una familia de otros cantores hispanoamericanos también atraídos por la lección budista, por la lección de la sabiduría oriental -para nosotros en México occidental-, como pueden ser Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Sergio Mondragón, Elsa Cross, Alberto Blanco, José Coser, Severo Sarduy, por sólo mencionar algunos. Y ¡sorpresa!, en Falsas maniobras va a aparecer claro y rotundo el sentido del humor, la risa con que según Max Brod, citado por Gille Deleuze, Franz Kafka sabía leer algunos de sus cuentos.

Así, Rafael Cadenas se autorretrata entre corrosivo y compasivo como aspirante a santo que practica la meditación budista en un suburbio caraqueño. Dice Rafael Cadenas:
“Mi pequeño gimnasio”

“Consta de una almohadilla que golpeo con acompañamiento musical. Un saco de arena donde descargo todo el peso de la calle. Una esterilla para hacer contorsiones que producen olvido. Un hueco en triángulo donde me oculto para no ver. Una cuerda que me castigo por toda la prudencia del día. Un artefacto en forma de ‘o’ en el que me doblo para evitar los reclamos de mi conciencia. Una barra horizontal sobre la cual me río de mis intenciones. Una tabla donde doy golpes innecesarios que podrían estar mejor dirigidos. Un pequeño extensor de idiota que me estira por todos los frutos que no tomé, los actos que no hice, las palabras que no me atreví a decir. Una soga donde extorsiono mi brazo derecho por todas mis indecisiones, olvidos, cambios. El resto lo compone el ajuar ordinario de todo deportista”.

Falsas maniobras contiene, además, otros autorretratos, otras viñetas donde el poeta pone al descubierto las herramientas de su taller entrañado, el contemplador contemplado se pone ante el espejo y con el título de “Imago”, por ejemplo que evoca tanto a José Lezama Lima como a la psicología de Carl Gustav Jung y el léxico de la alquimia, pasa al estado escrito estos protocolos del autodiagnóstico. Sólo una línea: “Cuando un rostro se vuelve amenazante, lo desdibujo pacientemente”.
            El motivo del desollamiento recorre la obra de Rafael Cadenas, como ha sabido ver con agudeza el poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo, quien invita a leer “El monstruo” como una descripción conversada casual y nonchalant del desollamiento. Dice el principio del poema en prosa, “El monstruo” de Rafael Cadenas:
“El hombre sin piel se levanta tarde, evita los comunes tropiezos, rehúye toda relación. Cualquier rozamiento que en nosotros no pasa de producir cierta sensación de pérdida, a él se le puede transformar en un desarreglo prolongado. No es hombre de una pieza sino una máquina al desnudo con todos sus engranajes, mecanismo, trucos descubiertos.
(…)
“Este hombre inconcluso se desenvuelve con cierta soltura. Resulta difícil reconocerlo a primera vista. Es conmovedoramente común, pero le falta la piel, la piel adiestrada, la piel enseñada en los textos, lo que le da una cualidad límite, pero lo hace fácilmente inexpugnable”.

A partir de Intemperie seguirá pronunciando el triple sendero que recorre Cadenas: en primer término, el refinamiento del proceso introspectivo que lo lleva a ver y traducir, con precisión y exactitud, los modos en que la conciencia se replica sin perder de vista nunca la puntuación de una exigencia interior de limpieza y pulcritud. En una segunda instancia, y derivado de lo anterior, se va a delinear el proyecto de una escritura que se sabe humildemente amanuense de un logos celoso, del lugar de la palabra en la vida, en la cultura y en la ciudad. En tercer lugar, y desprendiéndose de los dos movimientos anteriores, se da un arranque amoroso y devoto la bella despiadada, la belle dame sans merci, la señora de la palabra de la que el poeta se siente y se vive como un humildísimo celador. Si Barquisimeto es ciudad devota de la Divina Pastora, Cadenas ronda y ruega en torno a esa otra pastora inasible, la Beatriz de interior que es la diosa blanca, la compasiva y despiadada señora del silencio y del lenguaje, que gobierna las obras poéticas de otros autores hispanoamericanos afines a Rafael Cadenas como pueden ser Alberto Girri, Roberto Juarroz y Emilio Adolfo Westphalen, por la lúcida voracidad de su concisión.

Este proceso va a culminar en los libros Nupcias y Amante más recientes, la amorosa iniciación que evoca el espectro del poeta romántico, hermético lituano O. V. Milosz, participa de una carga mística, bajo su luz podrá el poeta ir reuniendo los fragmentos de su niño interior y reajustar, y reconciliar los del exterior a través de una cartografía de los afectos, una cart du tendre al estilo de la Madame de Scudéry que le permitirá ir más allá del nihilismo y más allá de la incredulidad. Esto le permitirá a Cadenas escribir, por ejemplo, un “Después de abandonar el valle del desaliento” –que no deja de recordarnos en pagano y protestante modo El progreso del peregrino del escritor protestante John Bunyan-, dice Cadenas: “Después de abandonar el Valle del Desaliento/ –nigredo cruel-/ su decir/ se deshizo/ en ofrenda”.

La tarea poética de Rafael Cadenas se asume como un oficio ético - “nuestra tarea es despertar”, reitera-, como un hacer y decir lo que es. Este enunciar que la palabra de la cual se es portador quiere que se diga, es uno de los rasgos de la identidad profética de la identidad inspirada por la que tan equívocamente se llama comúnmente mística; y no extraña que Cadenas, autor de la sólida obra poética que se acompaña de la consistente creación ensayística, se haya interesado tanto y tan bien por la figura de Juan de Yepes, mejor conocido como San Juan de la Cruz y autor del Cántico espiritual que la poesía de los últimos libros de Rafael Cadenas desvelados por la búsqueda de una espiritualidad terrena -como ha sabido señalar su compatriota Gustavo Guerrero-, merodee esos espacios sublimes hoy inaferrables, que cultiva y asedia desde la actitud interior la disponibilidad atenta. Y no deja de recordar cierta poesía mística del islam, como la de los poemas de Rumi, o en la tradición occidental los libros de los quietistas, como los del conocido escritor anónimo del siglo XVIII, el de L'Abandon à la Providence Divined'une dame de Lorraine del siglo XVIII, las Cartas espirituales, de Jean Pierre de Caussade.

Tampoco va a extrañar que la figura rotunda del escritor vienés Karl Kraus, anime con vivacidad y fuego alzado el vuelo de la poesía como de la crítica del poeta venezolano, pero vuelo, nos diría el poeta, que es una de las pocas formas de resistencia. En ese horizonte, sus reflexiones sobre la mala -y se diría voluntariamente maligna y perversa- enseñanza de la poesía y de la literatura en las Américas españolas es acertada y, si cabe, adelantada dentro de lo desalentador de sus diagnósticos y se inscribe en otra tradición hispanoamericana preocupada por el bien leer y bien escribir que va de Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y Octavio Paz a Gabriel Said.

En forma creciente, y casi se diría ineluctable, Cadenas va alzando poemas como lámparas votivas a Donne, Mandelstam, Arquíloco, Rilke, nombres de poetas que ha nuestro cantor se le vuelven carne, se le vuelven talismán, lugar crucial para poder enfrentar, encarar el diálogo, ángulos de la sensibilidad ética y moral que delinean la partitura del porvenir, lugares de libertad interior donde es posible respirar fuera del opresivo y agobiante mundo que nos rodea.

Esta es, pues, la poderosa tendencia que señala la palabra poética de Cadenas, el texto persuade al lector, pues lo convence de su otredad irreductible ayudándolo a reconciliarse con ella y en ella. El Premio conferido por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en esta su vigésima tercera edición a Rafael Cadenas, es quizá un indicio de que una pared hecha de comas bien puestas se puede alzar como el muro más firme de la casa que está por venir.

Muchas gracias.