Premios y homenajes

Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances

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2010

Margo Glantz

(México, 1930)


Discurso

Me gustaría empezar este discurso recordando algunas palabras de  Nicanor Parra cuando recibió en 1991 este premio, aún llamado Juan Rulfo, como debería llamarse todavía. Forman parte de un largo antipoema del poeta chileno:  
¿Esperaba este premio?
No
Los premios son
Cómo las Dulcineas del Toboso
Mientras + pensamos en ellas
+ lejanas
+ sordas, + enigmáticas.
Los premios son para los espíritus libres 
y para los miembros del Jurado.

Lo imito  y empiezo agradeciendo a los miembros del Jurado por haberme  concedido este alto galardón,  y a Diamela Eltit doblemente,  gran amiga mía y autora de esta magnífica  semblanza, en la que como en cualquier foto o grabación nos cuesta trabajo reconocernos. Agradezco a los organizadores de esta importante Feria del Libro de Guadalajara, y a su Universidad, su magnífico trabajo para mantener en buen estado de salud, tanto a la Feria como al Premio; a Conaculta;  y asimismo quiero mencionar a quienes amablemente me postularon para él: la facultad de FFyL  y la coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, los departamentos de literatura de la UAM Ixtapalapa y del Colegio de México; me congratulo además de estar rodeada de queridísimos amigos y colegas, y last but not leastde mi hija Renata, mi yerno Rodrigo, mi nietecita Amaya  y mi hermana Susana, aquí presentes y, desde Buenos Aires mi hija Alina y mis nietos Sofía y Bruno que espero me estén ahorita vitoreando, así como mis padres , mi hermana Lilly y mi cuñado Jacobo desde el cielo. 
Me gustaría reiterar lo que dije cuando este premio me fue anunciado: obtenerlo tiene un significado cabalístico para mí, en la Academia Mexicana de la Lengua ocupo la silla que ocuparan primero José Gorostiza y luego Juan Rulfo, estamos en su vigésima entrega, soy la tercera mujer que lo recibe, la primera mexicana, y este año cumplí ochenta. Para mí 2010 ha sido maravilloso, aunque  hayan muerto amigos entrañables  y mi país se haya convertido en zona de derrumbe.  Me enorgullece haber sido precedida en este camino por mis admiradas Nélida Piñón, a quien conocí en 1981 y cuyas novelas tanto me interesan, y mi gran amiga, ya fallecida, la poeta argentina Olga Orozco que leía sus maravillosas poesías con una voz ronca y desgarrada como si cantara un blues. Me gustaría pensar que puedo compartir este premio o que lo recibo en nombre de varias escritoras mexicanas y latinoamericanas, Nellie Campobello, Elena Garro, Idea Vilariño, Blanca Varela,  Amanda Berenguer o Marosa di Giorgio, algunas de las cuales murieron casi olvidadas, sin obtener  más que un reconocimiento efímero y local.
2.- Antes de hacer un nuevo ajuste de cuentas conmigo y con mi obra, como suele o quizá debe hacerse cuando se recibe un premio como éste, quisiera hablar de tres escritores mexicanos, piedra de toque de nuestra literatura y a los que admiro y estudio sin cesar, dos son de Jalisco, Juan Rulfo y Juan José Arreola, nacidos en 1918, la tercera es Nellie Campobello, nacida en Durango en 1900.

Conocí a Juan Rulfo cuando regresé de Francia en 1958. Estando en París, hacia 1954, alguna mano providencial me hizo llegar El llano en llamas y Pedro Páramo,  época en que también leía a Stendhal: Rojo y negro y La cartuja de Parma. En México nos veíamos sobre todo a finales de los 60 y principios de los 70, en dos librerías que él frecuentaba y a las que iba a tomar café y a platicar con los amigos,  El ágora, donde también conocí en 1974 a Augusto Roa Bastos,  luego, en El Juglar, cuyo café Rulfo frecuentó casi hasta  su muerte. Allí permanecía en las tardes, muy pálido - ¿un fantasma?-,  sólo ante un café o conversando con los clientes habituales,  nos saludábamos cordialmente, aunque apenas conversábamos.  Era guapo, una manera extraña de serlo, con una mirada borrosa y dulce, también triste, amarrada, medio maligna, como si sólo tuviese vida por dentro,  como si estuviera por encima del tiempo, tiempo que sólo se marcaba preciso en las dos líneas  que le acuchillaban la frente, líneas que se fueron hundiendo cada vez más a medida que pasaban los años;  sus cejas gruesas,  delineadas y la derecha levantada como si estuviese siempre asombrado o preguntándose algo, el pelo lo tenía levemente ondulado,  las orejas muy bien hechas, los labios finos.   
Entre 1961 y 1965 impartí un seminario de literatura mexicana en la preparatoria 5, en Coapa,  mis estudiantes eran buenos lectores y muchos de ellos escribían, y gracias a la generosidad de un amigo, el escritor y periodista Huberto Bátiz, pude publicar dos folletos con cuentos de mis alumnos;  solíamos invitar a escritores para que mis estudiantes los conocieran y en una ocasión invité a Rulfo. Era un día de semana, el taller se iniciaba a las siete de la noche. Por si las dudas, llevé conmigo un disco de Voz Viva de México, con prólogo de Carlos Blanco, uno de sus más acertados y primeros críticos,  allí lee “Díles que no me maten” y “Luvina”. Pasó una hora, dieron las ocho y Rulfo no llegaba, durante la espera leímos y comentamos sus cuentos, puse luego el disco y se empezó a oír su voz ,“rasguñando el aire”, esa  “voz que rasca como si tuviera uñas”, “tenue, espinosa,  seca”: “De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso”. A mitad de una frase se interrumpe, como si estuviera tragando arena, se oye como  bebe: ¿una cerveza? ¿un tequila?, retoma la lectura: como por arte de magia en una de esas pausas “descobijadas” Rulfo  aparece,  desde Toluca, retrasado por el tráfico de la carretera. Un gran silencio se hace, pero al rato la tensión se disipa  y  los muchachos empiezan a interrogarlo y él con gran cortesía y respeto va contestando una a una las preguntas.  Allí nos quedamos hasta muy tarde, “afuera seguía avanzando la noche”. 
Pienso que la radical ambigüedad de la narrativa rulfiana hecha de alusiones y silencios troquela un lenguaje parco capaz de expresar  lo imprescindible, en realidad, el hermetismo de sus personajes y del paisaje calcinado por la geografía y por la historia, ese paisaje que usando sus palabras, es apenas “cola de relámpago, remolino de muertos”.
No, yo no fui una amiga muy cercana de Rulfo, sí de varios de sus amigos, los escritores de aquella época, empezando por Juan José Arreola,  y quien nunca, por razones inexplicables, llegó a ocupar una silla en la Academia Mexicana de la Lengua.

De Arreola puede decirse, quizá con palabras de Borges, a quien tanto  admiró, que su mérito es la diversidad multitudinaria de estilos". Por eso Arreola organiza inventarios, ferias, bestiarios, palíndromos, invenciones varias, y, sobre todo, confabularios. Un vasto universo convocado para recitarlo en discusión, en ocasiones violenta pues confabular es, como dice la Real Academia,"conferir, tratar una cosa entre dos o más personas”: y por ello toda confabulación es por lo menos plural; confabular es también decir o referir fábulas y en esto no hay que abundar pues es clara esa función en los textos de Arreola. Confabular es, en una tercera acepción, ponerse de acuerdo dos o más personas sobre un negocio en que no son ellas solas las interesadas. Tómase, por lo común, dice el apartado enciclopédico, en mala parte" “Por fin, un confabulador es además de un decidor de cuentos y fábulas, cada una de las personas que tratan entre sí algún asunto, principalmente de los que requieren cautela”.
Al decidor de fábulas se añade el que confabula para que su cuento cargue con la malicia colectiva y con su afinada y perpetúa laboriosidad de artesano, al cumplir cada uno de los pasos necesarios para producir un bello objeto, así sea un zapato, un instrumento, una mesa, una golosina o un breve texto. En Arreola se concentran varios oficios, los de los antiguos artesanos, hoy en vías de desaparición, una de las principales tragedias que le han acaecido al hombre contemporáneo, según pensaba Walter Benjamin. Arreola era además un pícaro, cuando confiesa su genealogía, como alguna vez la confesaran sin pudor el Lazarillo de Tormes o el malvado Buscón de Quevedo, arraigándose de entrada en la tradición de nuestra lengua: En “De memoria y olvido”, Arreola advierte “Yo soy el cuarto hijo de unos padres que tuvieron catorce y como ustedes ven no soy un niño consentido. Arreolas y Zúñigas disputan en mi alma como perros su antigua querella doméstica de incrédulos y devotos… Hay historias de familia que valía no contar porque mi apellido se pierde o se gana bíblicamente entre los sefarditas de España. Nadie sabe si Don Juan Abad, mi bisabuelo, se puso el Arreola para borrar una última fama de converso… No se preocupen, no voy a plantar aquí un  árbol genealógico ni a tender la arteria que me traiga la sangre plebeya desde el copista del Cid,  el nombre de la espuria torre de Quevedo. Pero hay nobleza en mi palabra. Palabra de honor. Procedo en línea recta de dos antiquísimos linajes: soy herrero por parte de madre y carpintero a titulo paterno. De allí mi pasión artesanal por el lenguaje...”
Y ser pícaro es un galardón, una formidable proeza, la cercanía con ese pueblo hacedor de proverbios, de lances, de aventuras, ese pueblo que forja la lengua y se la ofrece a sus juglares para que jueguen con ella sabiamente o, como los prestidigitadores y los acróbatas, cuya finura y habilidad estarán siempre en peligro infinito y constante de caer en el abismo, ese abismo tan perfectamente descrito por Arreola. “En otros tiempos yo hubiera sido un juglar, un mendigo, un narrador de cuentos y milagros..”
Y cualquiera de esas profesiones es una profesión popular, al servicio sobre todo de la lengua convertida en materia dúctil, concreta, capaz de ir modelando sabidurías, frases perfectas, proverbiales, síntesis de un conocimiento milenario, en el entrecruzado por hebraísmos, castellanismos, indigenismos, ingenios de feria y resplandor de castillos de pólvora, dispuestos a provocar el asombro por sus juegos de luces y de girándulas. No era posible, por lo tanto, dejar de festejar a este escritor tan significativo y tan fundamental para toda la literatura en lengua castellana, cuya trayectoria ha sido quizá incomprendida por el carácter mismo de su actividad, esa actividad funambulesca, cercana
a la cirquería y humilde como cualquier oficio en una época en que tendemos a sobrevalorar la figura grandiosa de los poetas.

Nellie Campobello escribió relatos muy breves, entrarían quizá ahora en la categoría de micro-relatos, bellísimos y perfectos, sobre todo los coleccionados en su libro Cartucho. La primera edición de 1931 tuvo un tiraje de 1000 ejemplares y fue ilustrada por el conocido grabador mexicano Leopoldo Méndez. Estaba dividida en tres partes, ordenadas por  Lizt Arzubide: “Hombres del Norte” que constaba de siete relatos, “Fusilados”, con veintiuno y en “Fuego” con cinco. En 1940, bajo la supervisión de Martín Luis Guzmán desapareció uno,  intitulado “Villa”, y se agregaron veinticuatro más, es decir un total de cincuenta y seis relatos.

         Cartucho, le explica Campobello a Carballo, se terminó de imprimir en  Jalapa, el 13 de octubre de 1931. Lleva como subtítulo, Relatos de la lucha en el Norte de México. Fue uno de los libros publicados por Ediciones Integrales. Se reedito en 1940. Lo escribí para vengar una injuria. Las novelas que por entonces se escribían, y que narran hechos guerreros, están repletos de mentiras contra los hombre de la revolución, principalmente contra Francisco Villa. Escribí en este libro lo que me consta del villismo, no lo que me han contado.

       -¿Cómo reaccionó la gente frente a esa obra?
-Tu libro debe ser muy bueno, porque lo tiene mi viejo en su buró, me dijo la esposa de Calles, recién puesto a la venta Cartucho. López y Fuentes lo guarda, en lugar preferente en su biblioteca. 
Campobello asegura que reprodujo sus visiones de infancia. Por momentos me inclino a pensar que verdaderamente tenía siete años cuando presenció varias escenas relatadas en sus textos. Otras veces, me parece imposible de acuerdo a las peripecias y circunstancias de su vida y su carrera, que haya podido haber nacido en 1909, como ella pretendía. Pero en realidad no importa. Lo que sí importa es que en sus cuentos se adopta de manera indiscutible el punto de vista de  una niña. Una estricta economía del lenguaje es una de sus características, se menciona apenas lo necesario para que el lector rellene los huecos, las palabras contrastan con los silencios, utilizando  una puntuación certera, adecuada, semejante al impacto de una bala inserta en un cartucho. En efecto, sus cuentos tienen la sonoridad que suele tener la poesía: reproducen el sonido de las balas cuando se disparan. Las balas son las verdaderas protagonistas del relato, como puede verse a menudo en las narraciones revolucionarias: las balas no se limitan a tener un papel preponderante en su obra, son el verdadero hilván textual. Creo que ninguno de los de los novelistas que escribieron sobre la revolución logró tamaña perfección. Las balas en el texto cosen al hombre, como las mujeres de la casa cosen los botones descosidos de las camisas de los soldados que las visitan entre escaramuza y escaramuza en esos momentos en que la revolución se había convertido casi en guerra de guerrillas y Pancho Villa había recobrado su carácter de bandolero, los hombres que pronto morirán y quienes durante la treguas juegan, aunque también suspiren por el amor de la mujer por quien se han metido en la contienda.  No es casual entonces que Campobello haya escogido como apertura de su libro un texto llamado Cartucho.    Cuando de verdad las balas suenan, las casas antes siempre abiertas para recibir a los soldados se cierran herméticamente. La narración adquiere otras dimensiones y empiezan a poblarla numerosas voces,  algunas  más arcaicas y solemnes le otorgan al relato  una dimensión de sacralidad y destino ineludibles, representado en algunos de sus personajes: “Los ojos exactos de un perro amarillo. Hablaba sintéticamente. Pensaba con la Biblia en la punta del rifle... ” Como en la mayoría de sus textos, se ha producido de repente y sin transición aparente una revolución narrativa: la tregua, el juego, la estética impoluta, el coqueteo amoroso se interrumpen  cuando la guerra, siempre en acecho, reaparece.
3.- Y, para finalizar, un breve ajuste de cuentas narrativo y personal: 
haber obtenido  este premio significa  el reconocimiento a un tipo de escritura, por ejemplo la de Saña, mi último libro publicado, que se instala conscientemente en una frontera difusa de géneros literarios, tiende a la fragmentación, al inventario, a las alianzas inusitadas, a los cambios súbitos de tono y de humor,  un libro que, como varios de mis otros libros, es nómada porque hasta el conocimiento mismo, la identidad y la memoria son vacilantes. Trabajo con lo mixto y lo misceláneo, la juntura de cosas aparentemente inconexas e incorporo otras textualidades, las cito, las intervengo, se conforma un encuentro entre textos construido a manera de un mosaico o un  emblema.
El proceso de la escritura de ficción es muy diferente al trabajo de investigación ensayístico, es sobre todo un proceso más difícil de cernir conscientemente, pero ambos proceden para mí de las mismas fuentes. Hay un núcleo informe que puede ser objeto de ficcionalización, pero ¿cómo darle una estructura? ¿de qué manera ciertas obsesiones convergen de repente y puede lograrse que se resuelvan de manera armónica? Quizá enamorándose de un cuerpo o de la escritura, del proceso mismo de formularla, de caligrafiarla, de volverla asimismo un cuerpo; un escritor -ya sea de ensayo crítico, de ficción o de poesía- es siempre un enamorado y también un loco. ¿No decía Sebald, refiriéndose a Rousseau, que de todas las enfermedades del pensamiento, la más incurable era la del escritor?  ¿Cómo no serlo si la “saña” no sólo alude al hecho de encarnizarse, al odio y a la crueldad, como en el caso del nazismo y sus brutales campos de concentración, sino también al sentimiento que impulsa a pintar, a escribir y a componer música. Vuelvo a concordar con Sebald cuando afirma que una de las características de nuestra época, “en términos de evolución.. es que vivimos exactamente sobre la línea de fractura entre el mundo y la naturaleza de la que se nos ha exiliado, y de la que nosotros mismos nos hemos excluido…y agrega, es evidente que esta línea de fractura atraviesa nuestra constitución física y psíquica”.

Por eso pienso que la escritura podría ser una gran metáfora sobre la crueldad y la furia que la literatura requiere para develarse, impulso que me motivó a escribir Saña. ¿Es posible encontrar la belleza en las manifestaciones más horrorosas de la humanidad: el holocausto, las enfermedades, las modelos anoréxicas, el dolor, la guerra, las mutilaciones, la tortura? Pienso que son imposibles de soportar, pero en contra de Adorno, creo que es necesario hablar de ellas sin sentimentalismos, con sobriedad, atemperándolas mediante la ironía  y con otro tipo de saña, la de la escritura.

En todo el libro, finalmente lo que resalta es la historia de los cuerpos humanos y sus manifestaciones. El grito, el dolor, la muerte, los pies, los pelos, las manos, las cabezas mutiladas, la orina, la defecación, la desnudez. En efecto, emprendo también operaciones textuales  para desmontar – a lo femenino- los mecanismos que actúan entre lo erótico y lo biológico, los desplazamientos de sentido y  los desplazamientos corporales, así como la fragmentación del cuerpo y sus zonas erógenas y, específicamente, su relación con la enfermedad y lo animal.  Parecería casi obsceno ocuparse de estos temas, pero basta leer los periódicos para ver cuerpos mutilados, escombros, suciedad, pobreza, ignorarlo me parece inútil y absurdo. Las religiones y muchos regímenes de corte fascista, antes y después de la letra, abominan de las imperfecciones corporales y prohíben el acceso de los que llevan esas marcas a los lugares sagrados. Ir a la India, me demostró con violencia que la discriminación contra los mutilados es considerada como algo natural. 

Para mí, escribir quiere decir en el fondo, y por razones etimológicas, “cortar, rasgar, desgarrar”. En todo acto de escritura quien escribe se destruye a sí mismo al "cortar paño sobre su propio traje, o al desgarrarlo en el acto mismo de la autobiografía”, como hace mucho tiempo escribí refiriéndome a Tito Monterroso, uno de mis  antecesores en ganar este premio, así como Carlos Monsiváis, a quienes echamos muchísimo de menos”".

Muchas gracias.