Si repasamos el listado de los ganadores del Premio Strega, el premio literario italiano más prestigioso de los últimos diez años, nos encontramos a menudo con libros de no ficción, situados en el confín entre los géneros literarios, con novelas anómalas que entremezclan el ensayo, el reportaje y la autobiografía.
La ficción pura ya no logra representar la complejidad del mundo, la así llamada modernidad líquida (cada vez más inalcanzable). Pero también los premios Nobel otorgados a Naipaul, a Pamuk, a Alexiévich, y este año a Annie Ernaux, parecen ir en la misma dirección. La novela –el género híbrido, por definición, de la modernidad– se ve obligada a ampliar ulteriormente su estatuto y sus límites, para transformarse en algo más. Pero no puede limitarse a inventar una historia. La literatura se redefine constantemente para poder sobrevivir.
Desde el punto de vista del mero entretenimiento, hoy en día tiene una competencia demasiado aguerrida (ante todo, las series televisivas), y, por tanto, debe incorporar un elemento autorreflexivo, de indagación crítica y de documentación, de interpretación de la realidad, de excavación de la experiencia (tal como había sido anticipado, en parte, por las grandes novelas modernistas del siglo XX, de Mann a Proust y Musil). La “docufiction”, el reportaje narrativo, el diario íntimo, el retrato moral, etcétera, contribuyen a esta redefinición, necesaria y, al mismo tiempo, arriesgada, porque a veces corre el riesgo de perder el propio centro de la literatura.